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CORNADA DE LOBO

La grada andante

 

GARCÍA TRAPIELLO
11/03/2018

Una genuflexión rindiendo espada o pirula y reconociendo la goleada es lo mínimo que se exige a todo caballero con estilo tras la masiva manifestación que colmó cada plaza de esta España con mujeres en pie. Levantando la voz. Serenas. Con razones de sobra. Así que hoy les sobra razón para la euforia. Fue un desembarco masivo, un Día F a partir del cual empieza una cuenta atrás. Y si el reloj no anda listo, lo siguiente deberá ser una justa rebelión.

Para muchas fue emoción de bautismo. Y la riada, un Jordán. Jamás lo olvidarán. Ahí se les infundió la gracia de su salvación viéndola en tantas otras mujeres. Y ya lo ven más claro. Hasta la Virgen se coló de tapadillo y no pocas monjas hicieron ese día su coro en la manifa, amén de las tantas «católicas de veras» que nunca se vieron en otra que no fuera contra el aborto... ¿sabrá agradecer el feminismo radical la bendición que dieron unos obispos atizando la justicia de este grito y la huelga de aviso llamando a jaleo?...

Hoy el sentimiento es unánime: ha nacido la Mujer Nación y, por su globalidad, La Internacional Mujer... ¡Arriba, kelys de la Tierra, en pie la bragada legión, nosotras somos el futuro!... vengan banderas cárdenas, púrpuras, lilas, en marcha, empoderaos, tomad la calle del patriarcado, «bajo sus adoquines está el mar», sólo hay que arrancarlos y lanzarlos contra el techo de cristal.

Toda manifestación es una grada con patas que resuena y corea consignas o cánticos como el estadio donde sólo ruge un obsesivo pensamiento colectivo: derrotar al contrario, machacarlo y, si cuadra, humillarlo. Toda grada necesita tambor. Otro tanto la manifestación, es una marcha. El tambor marca el paso a la timorata infantería que arrojan a peón contra las balas o al desfile que uniforma el paso y las ideas.

Es muy importante el tambor y todo país tiene en sus guerras de independencia algún heroico tamborilero. Pero el tambor del 8-M fue de batucada brasilona, moda obligada últimamente. Por eso en León se echó mucho en falta (o se agradeció) que las muchas paponas que acudieron no llevaran también sus tambores.






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