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CORNADA DE LOBO

Indiecitas

 

GARCÍA TRAPIELLO
10/03/2018

Quedaron aquellas imágenes huecograbadas en mi memoria al ser las primeras tetas al aire que fijó esta retina llena entonces de estupor... y de cierto espanto, todo hay que decirlo; tenía ya once años (qué tarde) y eran las primeras fotos con mujeres reales desnudas de torso, diapositivas proyectadas en la pantalla del salón colegial, lo que engrandecía el hallazgo obsceno bendiciéndolo, y comentadas por alguno de los misioneros que nos daban charlas sobre su campo de misión, aquí la alta Amazonía peruana con los ríos Urubamba y Madre de Dios alojando tribus indígenas casi primitivas aún, los machiguengas y los pichas (risitas en el salón, normal), clanes familiares de poblado breve y mucha canoa; y allí aparecían ellas siempre en peras... o dando de mamar a su criatura... o dando a la vez el otro pecho a un monito que un día crecería para acabar asado como un celebrado manjar en su dieta escasa en carne, algo cuasicaníbal. Pero lo que esas imágenes tenían de hallazgo lo tuvieron también de asombrada decepción: eran mujeres nada agraciadas, cortas de talla y pescuezo, sin cintura, con pechos despeñados como faltriqueras vacías que en nada se parecían a los turgentes senos que esperábamos al tener muy vistas las diosas de mármol y venus griegas que fijaban el canon de la belleza clásica en los libros de Arte y, con más lujo, en los tomos de la Gran Enciclopedia.

¿Y qué era aquello?... indiecitas, decía el páter, así que deduje que no podía ser pecado mirar unos pechos que eran más bien un remedium concupiscentiae. Pero tanta carne en cueros mueve a debilidad humana al funcionario o solitario misionero en su confín y, tiempo después, supimos de abusos viles, pero también de algún caso formalizable o con hijos reconocidos (a lo hecho, pecho), algo nada visto hoy en la cascada de delitos sexuales de oenegés o cascos azules por esos mundos agónicos, temiéndose que sean sólo punta de iceberg. El secreto lo ampara. Y cierta impunidad. Casi han logrado diluir en gran medida el tamaño y número del delito llamándolo sencillamente «conductas inapropiadas».






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