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La última ■ El retrovisor

León en el cuaderno de Dalrymple

 

Una imagen de folclore leonés - Jesús F. Salvadores

Alberto Flecha Pérez
18/02/2018

He notado aquí una gran alteración en el lenguaje, apenas sí podía comprender a las gentes del pueblo bajo, tan corrompido está su dialecto.» Con estas palabras se refería el joven militar inglés Whiteford Dalrymple a la lengua de las gentes que se encontró a su paso por la provincia de León. Dalrymple, conocido por su importante papel en el deshonroso Convenio de Sintra (1808), durante la Guerra de Independencia, por el que los ingleses permitieron el embarque hacia Francia de las tropas napoleónicas a pesar de haberlas derrotado previamente, dejó algunas jugosas impresiones de nuestra tierra en su obra Viaje a España y Portugal, durante un viaje hecho por la península varios años antes, en 1774.

Hombre de natural inquieto, aprovechó su paso desde Gibraltar hacia los astilleros del Ferrol para ir anotando impresiones de todo tipo. Por ejemplo, a su paso por León, se vio sorprendido por la organización concejil de los pueblos maragatos: «todos unidos por una especie de acuerdo y sometidos a reglas fijas de las que nadie se aparta». También el inglés prestó atención a costumbres como «el pago del piso»: «Todos sus matrimonios se hacen entre ellos. Si alguno se apartase de esos usos y de esas costumbres, sería echado de la sociedad (…) Cuando una muchacha está comprometida no puede ya hablar con ningún otro mozo más que con su prentendiente, y eso bajo la pena de una multa que se paga en vino».

Estas notas son particularmente interesantes. Y es que , a pesar de llevar colgado el sambenito de tierra de paso, León no ha sido tradicionalmente destino de viajeros extranjeros. Si exceptuamos los peregrinos a Compostela, el noroeste de la península ha quedado como un recodo olvidado en el camino de los que pasaron los Pirineos atraídos por lugares que estimulaban más la imaginación de los europeos. Dalrymple, es cierto, no se aparta de muchas de esas visiones condicionadas por los tópicos. La búsqueda de referencias en el Quijote o en «costumbres orientales» lo delatan como un viajero que ya se asoma a ese Romanticismo que hace de España un país atractivo por su exotismo. También lo hacen sus referencias constantes a León como parte de una gran Castilla emplazada en el paisaje de la Meseta. Sin embargo, a la vez, su mirada no dejará pasar jugosos detalles que lo alertan de que se encuentra en un lugar distinto. Subiendo desde Astorga hacia Foncebadón se detiene a contemplar un baile y nos cuenta: «No había allí ni capa, ni sombrero, ni guitarra, ni seguidilla, nada que recordase las costumbres de Andalucía, de la Mancha y de Castilla; excepto la lengua, pero esa también en un dialecto muy malo. Sorprendido de esa diferencia me había detenido para contemplarlos y ellos, por su parte, se congregaban a mi alrededor; pero mi caballo se asustó de aquellas sonajas, lo que me obligó a seguir adelante».






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