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CORNADA DE LOBO

Maldita errata

 

GARCÍA TRAPIELLO
10/06/2018

En todo lugar cuecen erratas; y en mi casa a calderadas. Nadie se libra del gazapo cruel ni de las brujas. Errare humanum est.

Cuando surge en la tertulia el tema recurrente de las erratas, la cuadrilla se dispone al desternille al tener cada cual una ristra o alguna joya. Mis tres primores son patrimonio de este periódico, mi Diario en el que anduve cuando andaba a pedales... la rotativa... y yo. Las propongo siempre en primera instancia porque en este asunto hay que andarse humilde.

La primera es vieja, y la firmaba don Filemón de la Cuesta, canónigo historiante y entonces director. En los 60 escribió un artículo sobre la costumbre de besarse o andar en arrumacos las parejas de novios por la calle, algo que él consideraba indecoroso, naturalmente, y se lamentaba: «a dónde iremos a parar con estas jóvenes de hoy en día que tienen a sus novios sorbido el sexo» (pues bien adelantadas estaban en oralidad aquellas cazurras pimpollas de la España reprimida).

La segunda es de 1983; en portada aparecían dos noticiones: las pruebas de resistencia del viaducto «Fdez. Casado» del embalse del Luna y, al lado, a una columna, «Dimite el obispo de León», monseñor Sebastián Aguilar, al que colocaron el subtitular que correspondía al viaducto y que quizá orientaba sobre las razones de su dimisión, «Resistió un peso superior a las 2.700 toneladas».

La tercera es mi preferida, demuestra que a veces la errata más grave la logra una sola letra. También en portada, años 90, en el sumario de noticias provinciales, se titulaba un incidente registrado en los montes de Boca de Huérgano: «Detenidas 17 vascas por pastar ilegalmente»... qué raras esas vascas, ¿eran quizá una excursión que se olvidó los bocatas y se tiraron al pasto creyendo seguramente que «todo el monte era orgasmo»?... lástima que el texto desmientiera después el sorprendente titular, naturalmente eran vacas... y el embajador de Euskadi en Cazurrandia tuvo la gentileza de no elevar notas de protesta.

Y a veces la errata es hija del teclista canalla: ¿Torra?, pon Porra, que le cabe.