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Malditos rusos

 

CORNADA DE LOBO GARCÍA TRAPIELLO
01/07/2018

Mi fútbol de infancia era juego sin campo, sin balón, sin porterías, sin árbitro... y al fuera de juego le decíamos «orsai», castellanización pedera y eficaz del «out side» de los inventores de este deporte.

Era fútbol en las calles sin coches del barrio de San Esteban o en las Eras de Renueva, jugábamos con pelotas de toda hechura y tamaño porque el balón «de reglamento» era privativo de guajes con posibles y las botas de futbolista un lujo, así que lo normal era calzar alpargatas o playeras... y chirucas los leñeros de carnet.

Lo más curioso es que nadie nos enseñó los rudimentos y estrategias de este de deporte de equipo con sus distintos papeles porque, como en tantas cosas de aquella vida, «a capar se aprendía capando»; y nunca había defensa, media o delantera, sino un enjambre de piernas tras la pelota y todos con ganas de ser delantero-centro. Las faltas, claro está, no existían, una rodilla desollada era medalla de guerra con postilla y ganar era la única obsesión.

En el patio de las escuelas de El Cid jugábamos al fútbol con una pelota no mayor que una bola de tenis de imposible precisión en el tiro y con garantías de cristal roto (me tocó pagar dos). Otra cosa fue el bachillerato con los dominicos en La Virgen, allí había balones de cuero y cuatro campos de fúbol, cuatro, pero con matiz: no eran de hierba, sino de arcilla y grijo, viejas viñas explanadas, así, sin más, desolladero seguro si te ibas al suelo; o sin irte, pues aquellos balones exigían embadurnarlos bien de grasa y de esta forma se rebozaban de piedrecillas al comienzo del partido para que cualquier balonazo te levantara la piel como lija del 32; hubo uno al que no perdoné; y dirán los teólogos de este deporte que el fútbol hace amigos, pero enemigos ni te cuento. Y a cuento viene todo esto porque hoy no hay siesta en España, algo inédito: se juega contra Rusia y la maldición anfitriona. Peláez barrunta gafura y un ¡malditos rusos! temiendo que, si nos va mal, la grada coree esos ooolés que hoy, imitando a los españoles, copia todo país cuando los suyos se ponen a burear al otro a base de pase burlón... (¡Peláez, cenizo!).

   
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