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CORNADA DE LOBO

Ningún iletrado

 

GARCÍA TRAPIELLO
22/02/2018

Nunca en la vida leyó el vulgo tanto como lee hoy. Mucha de la mitad de españoles que confiesa no leer un libro jamás se pasa hoy leyendo todo el día. Como te lo cuento.

Se diría que es un milagro. Se encarga de ello una buena pantalla en el salón cada vez más plagada de letras sobre imagen, otra pantallita más en el bolsillo con chismes o un «ola k ase» y, a mayores, un buzón lleno de propagandas y tentadoras ofertas de lo que sea, o sea, que aquellas que no se leen al menos se ojean.

Nuestros ojos no dejan de beber letra pura a lo largo del día, letra de manantial tenderil, letra mineral... las calles están llenas de letra y grito rotulado, los comercios se llenan de letreros y los bares tapizan la pared de versos y cartelería a maza... incluso a nuestros sueños les salen subtítulos alguna vez.

Tomad y leed.

Es ya mucha gente la que se pasa más de tres horas al día sólo leyendo todas las biblias que salen en su teléfonillo. Inimaginable tanto afán por la lectura hace tan sólo treinta años, quién podría imaginarlo... Conclusión: ya no hay iletrados en este mundo versado. Los analfabetos, como los leprosos, van camino a la extinción.

¿Y qué ocurre cuando ya no hay iletrados y todos son letrados?...

Pues pleito seguro... y mucha ansiedad por denunciar, sobran mentes rencorosas y ya todos saben leyes pudiendo hacer a la vez de polis, jueces... y verdugos. No es que tengan ya opinión formada sobre los casos que juzgan, pero les sobra dónde pillar opiniones, plagiar sentencias a la carta o montar guillotina en toda plaza y red. Denunciar o retuitear denuncias es moda fiscalera y hasta una lombriz maltratada tiene abogado; jamás antes la gente pudo denunciar tanto y clavar sus gritos en el Cielo que informáticamente se llama ahora la Nube. Así que cualquiera puede verse juez, aunque sólo sea alguacilillo de juzgado (o corrida) repartiendo notificaciones y edictos que le permiten recetar megustas o teodios a discreción. Ah, y nos engañarán una y mil veces con noticias falsas y huevos de víbora. A este miedo ya lo llaman «¡¡que vienen los rusos!!».

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