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CORNADA DE LOBO

Los que no saben

 

PEDRO TRAPIELLO
08/01/2017

Otra vez metió al baile Sócrates Valdueza esa simpleza envenenada que dice «Sólo hay dos clases de gente: la que quiere dinero y la que no sabe lo que quiere».

Analiza, Octavito.

En el corrillo pusimos la oreja.

El dinero es básicamente de derechas, dijo. La derecha es la que entiende al dinero, se mueve desde el origen de los tiempos por instinto de acumulación y, si puede o le dejan, tiende al monopolio, al oligopolio, al expolio... o al capitolio (caben miles de Trumps en la historia del hombre... y de la mujer, que tampoco Cleopatra era manca apañando). Y concluyó: Los «conservadores» saben que en realidad sólo son «conservaduros». El capital es su capital.

¿Y la izquierda?, Octavito.

La derecha se mueve por interés y la izquierda no tiene interés en moverse. Si hay tocino, la derecha no perrea entre sí, pero la izquierda no deja de discutir y le gusta más que a un tonto un pirulí fragmentarse en siglas o dogmas. La derecha parece tener una sola idea, pero la izquierda, que va de leída y librepensadora, se pierde teniendo diez o quince para empezar. No es que la izquierda no sepa lo que quiere, pues también quiere dinero exigiendo repartirlo de otro modo, pero entonces el dinero gordo que engrasa a los países huye dejando a sus gobiernos obligados al recorte, al parche y a la ocurrencia, lo que les lleva a revolcón en las urnas para que la derecha y el dinero vuelvan a su anchura (¿quién le iba a decir a Rajoy que a mayor corrupción, más votos?). Al dinero no le gusta repartirse, dividirse... lo peor.

Bravo, Octavito, pero si la derecha sabe lo que quiere y la izquierda también, ¿quiénes son entonces los que no saben lo que quieren?...

El envidioso y el cazurro... ahí vamos todos como aquel que encontró un genio en su lampara y le ofreció cuanto imaginara, pero advirtiéndole que, de lo que pidiera, le concedería el doble a su vecino, a lo que contestó raudo ¡pues que me quede tuerto!... ah, y mis sobrinos y tus nietos, que no salen de la duda con tanto como abarrota el escaparate digital de sus deseos confesados y sus sueños inconfesables.

   
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