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Postilla de verano

 

CORNADA DE LOBO GARCÍA TRAPIELLO
05/09/2018

Que el verano trae heridas lo saben todos. Los críos las descubren y los viejos las coleccionan. No digo sólo heridas en los sentimientos o relaciones (¡cuántos divorcios se hornean en verano!), me refiero a heridas comunes, rasponazos con algo de sangre jugando al balón, cocotazos en la piscina, cortes con cualquier cosa, una caída guapa de la bici o del patín... el crío grita o berra un rato según el daño o trompazo, se le cura fácil y al cabo de siete días lo que fue fuentecilla de sangre se convierte en postilla dura como el lacre que en breve comienza a cosquillear picores provocando a los dedos para que vayan a ella como sigilosos zapadores rascando alrededor y probando hasta dónde pide ser levantada esa costra; muchas veces nos adelantamos a las vísperas arrancándola toda ella de golpe y dejando al aire el pequeño cráter de la herida, lo no curado aún, carnecita viva y sanguinolenta... ¡ayyyy, escuece!... tranquilo, volverá una nueva postilla... y las ganas de rascar.

Las bicis, las moscas y las postillas son para el verano.

De críos desconfiábamos del chaval que no presentara en rodillas, codos o pelota alguna señal de viejas heridas porque no era el conmilitón indicado para correrías, pedreas, saltar tapias o fechorías propias de la edad. No tener señales era opositar a nenaza.

A base de pequeñas heridas el niño aprende; y algún mayor no escarmienta, pues a mis años, ¡al fin!, pude hacerme una brechita en la ceja que requirió sólo tres puntos, cosa que me hizo mucha ilusión al no haber experimentado jamás qué era eso de coserte el pellejo, los puntos, algo que vivamente deseé desde temprana edad al ver el mimo y regalitos que se ganó un hermano mío por sufrir estas costuras. De ahí el orgullo que me cupo días atrás al exhibir mi postilla de verano cosida a crucetilla, porque una postilla es, al fin y al cabo, honrosa medalla de batalla ganada, aunque el timorato te enmiende con el clásico «p’haberte matao».

Parecida es la postilla de la «brecha catalana». Sin sutura y rascándola todos, sigue abierta y es de temer que no sea fácil cicatrizarla algún día.

a b

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