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Adiós al genio del corazón rojo

Pintor, diseñador, activista cultural y luchador comprometido con el progreso, Manuel Jular dejó ayer a los leoneses huérfanos de su creatividad siempre intrépida, de su conversación inteligente y de su estampa entrañable. Se va un hombre tan grande en lo artístico como en lo humano. .


29/01/2017

 
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Es momento de recordar a un joven pintor, Manuel Jular, que acompañado de otro incipiente artista, García Zurdo, pintaba sobre el pedregoso terreno de la Sobarriba los pueblos de adobe, de tierra, surgidos del suelo y diluyéndose en él. Sucedió hace muchos años. Después, el joven artista, Manuel Jular, sería copartícipe, con Alejandro Vargas, de la primera exposición pictórica en la que el expresionismo abstracto sorprendió a los santones de la capital del Viejo Reino. Sucedió en los vetustos salones del Palacio de los Guzmanes.

Posteriormente Jular fue más conocido por su militancia política, porque la brigada político-social le perseguía de garito en garito del Húmedo, como a todos los que se atrevían a mostrarse desafectos al régimen imperante. Eran tiempos en los que leer ‘Mundo Obrero’ al abrigo de las sombras de cualquier callejón de la provinciana ciudad leonesa podía llevarte directamente a los calabozos de la calle de Villa Benavente.

Y se fue, y se casó, o se casó y se fue, y volvió y comenzó su larguísima aventura en el mundo de la publicidad gráfica. A él debemos algunos de los anuncios más sugerentes y divertidos aparecidos en la vieja prensa, en Proa, La Hora o Diario de León, que nacieron en los tableros de dibujo de Pubarde o Rodríguez & Jular. Sus pinceles se dedicaban preferentemente en ese momento a retratar mitológicos toros llenos de dinámica fuerza que recordaban a las pinturas de Altamira y que decoraban oscuros reservados de elegantes establecimientos de hostelería.

Y tuvo hijas y marchó y regreso nuevamente. Pintaba entonces unos cuadros saturados de materia, casi bajorrelieves, en los que insertaba la colorista geometría de intrigantes dianas. Inventaba, además, una hoja volandera que llamó ‘El Grajo’, en la que se contaban divertidas historias de acontecer ciudadano. El emblema de la publicación era un pajarraco volando a la vera de las milenarias murallas de la villa, foto impresionante de Manolo Martín.

En aquel tiempo dibujó un cartel que sería un hito importante en su carrera: se trataba de publicitar las fiestas de San Froilán. Jular pintó un santo-obispo con su báculo y un sumiso lobo portando varios libros en unas alforjas que el artista tuvo la inspiración milagrosa de decorar con los colores de la bandera republicana. Aquello fue un escándalo en la nación entera. Los catecúmenos editorialistas de la revista ‘Fuerza nueva’ escribieron un larguísimo artículo en el que se glosaba el cartel como si se tratara de una obra de interés mundial, como ‘Las Meninas’ o el ‘Guernica’. Descubrieron tanta doctrina en apenas un folio que Manolo se consagró como uno de los grandes teóricos de las nuevas formas políticas que estaban a punto de dar a luz la Democracia.

Y volvió a marchar y vivió en Madrid, donde se inició en el mundo digital y se convirtió en diseñador gráfico de varias revistas de tirada nacional. Pero antes, y vamos a contarlo porque muchos no la saben, Manolo Jular colaboró en la radio. Primero con ‘El Grajo’, versión sonora de la alegre revista, un programa en el que, con el patrocinio de la Diputación, se recorrieron muchos pueblos de la provincia con la intención de rescatar lo que quedara en ellos de folclore y tradición. Se emitía los domingos en ‘La Voz de León’ y tuvo su reflejo en las páginas del Diario. Hizo también el papel de Hipopótamo Impaciente en una audición mañanera en la emisora que dirigía Ramón Villot. Y Villot recibía una mañana sí y otra también la llamada admonitoria del Gobierno Civil que sacaba tarjetas amarillas a lo comentado en el programa, que Villot transmitía a un servidor, partícipe en el evento, porque no se atrevía a «reñir» a Jular.

ABRAZAR LAS TECNOLOGÍAS

Y regresó a la ciudad y ya no pintaba casas de adobe, ni toros mitológicos, ni dianas, ni era perseguido por sus ideas. Llegó para asentarse y mostrar en una larga serie de exposiciones su pintura sin pintura. El ordenador le descubrió un mundo nuevo en el que todo era posible sin mancharse las manos ni llenar la casa de olor a trementina. Y en esta última etapa de su pintura volcó todo su enorme caudal intelectual en unas obras que requieren profundo estudio. Pero sin dejar nunca de incordiar al mundo. Si antes había dibujado caricaturas y tiras cómicas de todos los políticos de la transición y buena parte de la democracia felizmente imperante, ahora derramaba todo su ingenio y mala leche en las redes sociales, de las que se hizo singular paladín.

Pero posiblemente la gran pasión de Jular fue siempre la música desde los tiempos, allá por los cincuenta del pasado siglo, en los que se dedicaba a escuchar óperas sin descanso en el tocadiscos de José Luis Chiverto, poeta maldito que se fue muy pronto, hasta sus continuos viajes de los últimos tiempos para disfrutar de grandes orquestas y solistas. Creo que nunca llegó a tocar un instrumento, pero amaba la música y la disfrutaba con deleite.

Pero dejemos de hurgar en los recuerdos, porque podría escribirse sobre ellos un extenso libro, y digamos que también para él llegarán tarde los reconocimientos, si es que llegan. Jular promovió, hace no mucho tiempo, el también tardío homenaje al pintor Eloy Vázquez, su compañero de trabajo durante muchos años, y ahora alguien tendrá que catalogar la obra de Jular y reunir sus cuadros y volver a rescatar sus divertidos dibujos.

Pero eso es ya otra historia que él vivirá con un vaso de vino en la mano desde el Paraíso de los artistas con el corazón rojo.

 

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