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LEÓN ■ PATRIMONIO

La ciudad de las almas en pena

Espectros que solicitan recuerdo o ayuda, casas visitadas por sus huéspedes fallecidos o extrañas caricias en mitad de la noche pueblan algunas de las historias de fantasmas recogidas en León a lo largo de los años por Pepe Muñiz. Sugestiones, casualidades y rumores de casi imposible aclaración que el veterano coleccionista y divulgador entiende también como parte inseparable de la memoria ciudadana

 

Planta baja de la Casa Zuloaga, en la calle Sierra Pambley, con los célebres azulejos y la leyenda sobre un fantasma en la casa en la que se suicidó Fernando Merino. - RAMIRO

Pepe Muñiz, coleccionista, investigador, escritor, abogado... RAMIRO -

17/12/2017

e. gancedo | león

No parece tema habitual de investigaciones ni de tesis doctorales, pero Pepe Muñiz no es persona que esquive asunto alguno relacionado con la memoria de la vieja ciudad. El veterano abogado, coleccionista, investigador, divulgador, rastreador de rarezas y aventurero leonés lleva también muchos años reuniendo historias que se escapan de los márgenes de lo cotidiano, y las casas con raro inquilino o imposible suceso grapado a sus muros forman una nada despreciable parte de ellas. Poco amigo de dar a la imprenta sus hallazgos e indagaciones —prefiere las ondas y las tabernas—, el capítulo de las ánimas leonesas bien podría integrar un exitoso volumen, y la prueba es que prepara un libro, por encargo, en torno a los fantasmas que rondan los pasillos y torres de la siempre novelesca Casa Botines.

En cuanto a los demás relatos, se avecinan en lugares muy céntricos y transitados de la capital, en ceñudas casonas abandonadas o en palacios repletos de años e historias, y los hay para todos los gustos. Muñiz encuentra especialmente sugestivas las relacionadas con apariciones femeninas, como la que abordó a un cura en la calle Ancha para que subiese a dar la extremaunción a su marido sin que le estorbase el impedimento de llevar diez años muerta, o aquel tiempo, en los años 40, en el que los clientes del Hotel París (entonces ubicado en el Palacio de Villasinda) «hablaban de pasos y de la sensación de que una mujer se metía con ellos en la cama», repasa Muñiz, y lo vincula con la sangrienta figura de Pamela-Leonor, hermanastra del dueño del inmueble —Alonso Henríquez de Acuña, conde de Valencia de don Juan—, y mujer de desmedidos instintos sexuales y criminales. «Se dice que apenas había saciado sus deseos en su palacio de Alcuetas, arrojaba a los hombres a una trampa erizada de clavos, pero eso fue hasta que uno de ellos, defendiéndose, le arrastró con él hasta el foso. Desde entonces se escucharon lamentos y alaridos en el lugar», comenta.

También sugerente es la que atañe a la bellísima —y tristemente desolada— casa neomudéjar de la calle Alcázar de Toledo, mandada construir por un próspero empresario minero. «Allí vivió también un conocido abogado del Estado que había defendido al líder de la Revolución de Octubre en León, y que, parece ser, acabó fusilado por los falangistas —narra—. Desde entonces la leyenda de un fantasma envuelve el palacete. Hace años un albañil que se ocupaba de tareas de mantenimiento contaba que la primera vez que entró allí comprobó, atónito, cómo las alfombras, cuadros y otros objetos estaban en perfecto estado, y hasta los radiadores despedían calor pese a llevar décadas vacío. Y la primera noche que durmió allí vio a un hombre barbudo, tiznado de negro, deslizarse por el torreón, el jardín y las galerías...».

Las casualidades asombrosas o imposibles también anidan en sus cuartillas. Lo hacen en la historia de la Casa Zuloaga, propiedad que fuera del poderoso Fernando Merino, que se suicidó en el 29 y cuyos ruidos y temblores analizó el programa Cuarto milenio, pero también en el caso del número 4 de Ordoño II, donde vivió una anciana a quien nadie creía cuando hablaba de su belleza perdida. «Su fantasma, de faz hermosísima, se fue apareciendo a los vecinos; pero es que no hace mucho también murió allí mismo, sola, la última inquilina del edificio», anota Pepe Muñiz, y desliza la idea de que una ruta a la vez turística y insólita podría hilvanar todos estos inquietantes lugares.

Pepe Muñiz, coleccionista, investigador, escritor, abogado... RAMIRO

1- PAMELA-LEONOR, EL FANTASMA SEXUAL DEL PALACIO DE VILLASINDA

En su día fue propiedad de Alonso Henríquez de Acuña, en cuya heredad de Alcuetas vivió Pamela-Leonor, depredadora sexual que asesinaba a los mozos después de acostarse con ellos. En los años 40, los clientes del Hotel París contaban raras historias sobre visitas femeninas en plena noche...

2- EL RETRATO DOLIENTE DE FERNANDO MERINO EN LA CASA ZULOAGA

Además de sus atractivos arquitectónicos y del hecho de contar en su planta baja con interesantes azulejos de Ignacio Zuloaga, la casa que lleva el nombre del artista vasco es célebre por las historias de susurros, movimientos de muebles y raros sonidos que en ella dicen ocurrir. Fue hogar de Fernando Merino (1857-1929), una de las ‘fuerzas vivas’ de la ciudad en su tiempo, farmacéutico y consorte de la condesa de Sagasta, cuyo declive político y económico, así como la muerte de su esposa, empujó al suicidio. Pepe Muñiz refiere que a finales de los cuarenta, cierto pintor que allí vivía de alquiler solía contar una curiosa historia. «Según él, una señora de avanzada edad le pidió un día que hiciera un retrato de su hijo, y le dejó una antigua fotografía como modelo, que perdió. A partir de entonces empezó a recibir, de noche, la visita de un espectro que le repetía «¡mírame, mírame!», por lo que, de día, pintaba su rostro según lo recordaba. Y cuando se armó de valor para preguntarle al ánima quién era, ésta se esfumó, apareciendo después bajo la cama la pequeña fotografía. El retrato que bosquejó, y que conoció Muñiz, correspondía exactamente con el rostro de Fernando Merino en su edad madura, asegura el investigador.

3- RADIADORES CALIENTES EN UNA CASA NEOMUDÉJAR ABANDONADA

Es una de las historias más curiosas escuchadas por Pepe Muñiz, y se refiere al palacete neomudéjar de Alcázar de Toledo. «Hace años, el albañil que allí hacía obras de mantenimiento vio estancias perfectamente conservadas, rostros fugaces y radiadores calientes, aunque llevaba décadas vacío».

4-  EL ESPECTRO QUE NO FUE TAL EN LA CASONA DEL CORRAL DE VILLAPÉREZ

A veces los supuestos fantasmas lo son de carne y hueso. Sucedió en la casona del Corral de Villapérez, hoy Museo Vela Zanetti, cuando el arrastrar de pasos y la desaparición de la leche en sus botellas alarmaron a los vecinos. Era un mendigo a quien los propietarios dejaban vivir gratis en el desván.

5- LA MUJER FALLECIDA HACÍA 10 AÑOS QUE PIDIÓ LA EXTRAUNCIÓN PARA SU MARIDO

«Un sacerdote con el que solía hablar de estos temas me contó que una vez se le acercó una mujer cuando paseaba por la calle Ancha y le solicitó que acudiese a la casa que le señalaba, en el número 7, pues un hombre tenía necesidad allí de los últimos consuelos religiosos. Subió y entró al piso indicado, y en la cabecera de la cama del enfermo vio colgado el retrato de una mujer igual a la que le había hablado hacía unos minutos en la calle. Preguntó a un pariente que estaba en la habitación por la identidad de la señora del retrato y éste le respondió que era la esposa del moribundo, fallecida justamente diez años antes».

6- EL SACERDOTE UBICUO CAPAZ DE DAR CLASE EN DOS COLEGIOS DISTINTOS

Un profesor jubilado le contaba a Muñiz el caso de un sacerdote que daba clases de Religión en el antiguo instituto Padre Isla —hoy desaparecido—, y que fue sorprendido impartiendo la misma asignatura en otro centro de la capital, el mismo día y a la misma hora. Hubo de intervenir el obispo.

7- LA BELLEZA PERDIDA QUE SE DIO A CONOCER DESPUÉS DE LA MUERTE

En el número 4 de Ordoño II vivía una mujer, muy anciana y ajada por los años, que aseguraba sin que nadie la creyera que en su juventud había sido muy hermosa. Un día murió de repente y durante varios días los vecinos divisaron su fantasma, «envuelto en sudario blanco, y bellísimo».