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Cuando Boñar era Gran Hotel

Hoy es un caserón que se cae a pedazos pero en el pasado fue uno de los establecimientos hoteleros más conocidos y punteros de León. Al Gran Hotel de Boñar, abierto en 1905, lo acabaron convirtiendo en seminario, colonia de verano y hasta en ‘morgue’ de tuberculosos.


24/04/2016

 
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emilio gancedo | león

«Con profusión de escupideras y luz eléctrica en todas las dependencias». Así se daba a conocer el Gran Hotel de Boñar en los anuncios publicitarios de la época, repasando, uno por uno, los muchos adelantos y comodidades que ponía a disposición de sus huéspedes. La lista también especificaba cómo el establecimiento ofrecía «WC en todos los pisos, y abundancia de agua corriente», y estos detalles no eran en absoluto triviales dado que hablamos de la primera década del siglo pasado, cuando las instalaciones de electricidad y conducción de aguas sólo estaban al alcance de unos pocos, en estos valles y en el país entero.

Cantidad de viajeros, vecinos y senderistas transitan la carretera que serpentea paralela al Porma, y pasan al lado del hoy desventrado corpachón del edificio que en su día acogió aquel formidable equipamiento hotelero, así que son muchos los que se preguntan por su origen y deploran su estado actual. Algunas respuestas las ofrece el investigador, editor y coleccionista Gregorio Fernández Castañón, incansable perseguidor de documentos antiguos y cuya revista de difusión cultural Camparredonda incluye un relato de su historia y unas poco conocidas fotografías relacionadas con el hotel. El nuevo número de la publicación se dio a conocer el pasado 20 de abril en un abarrotado salón de actos del Musac junto a la recopilación de relatos de Antonio Toribios Juegos de artificio, editada por Los Libros de Camparredonda, y evento que incluyó la entrega del premio La Armonía de las Letras al catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez por, además de una vida de investigación y docencia, haber convertido la panadería familiar de su Abelgas de Luna natal en nutrida biblioteca.



Vista del balneario y estación. G.F. CASTAÑÓN

Tras muchos rastreos y algunas compras, Fernández Castañón dio con imágenes, anuncios e impresos relacionados con el hotel elevado para dar alojamiento preferente a quienes llegaban a la villa montañesa atraídos por la calidad de las aguas medicinales que surgen justo enfrente —de hecho, el propio nombre de Boñar viene del latín Balneare, lugar de baños—, donde se alzó un edificio también hoy en desuso. Entre ellos se encuentra un folleto publicitario del balneario que señala precios, características y acepciones: «Estación climatoterápica, de altura 1.000 metros. Aguas bicarbonatado-sódico-cálcicas-nitrogenadas. Las más nitrogenadas de España», indicadas, continúa, para combatir «el artritismo, reumatismo, anemia, trastornos de la nutrición y muy especialmente las afecciones del aparato respiratorio (...); adquiriendo el enfermo cierta inmunidad o resistencia orgánica para los ataques sucesivos con el uso de las aguas y estancia en Boñar de una temporada de verano».

La propaganda no olvida las bellezas del Alto Porma («pueden los bañistas que lo deseen y su estado lo permita, hacer excursiones a la montaña próxima y a sitios tan pintorescos como el pinar de Lillo, el puerto de San Isidro, etc.») y deja bien claro precios y condumios: «Habitaciones, de una a cinco pesetas por día y persona; comedor, de nueve a diez pesetas por día y persona». El folleto es anterior a la apertura del Gran Hotel y por eso advertía de que «existen en el pueblo de Boñar, que sólo dista medio kilómetro, varias fondas y casas de huéspedes a precios económicos».

Pero las aguas adquirieron tanta fama y, sobre todo, la moda de los balnearios alcanzó tal auge a finales del XIX y principios del XX —testimonios de un incipiente turismo que sólo podían permitirse las clases acomodadas— que un grupo de empresarios entre los que se encontraba José Arroyo Laso acometió el proyecto de elevar, frente al lugar donde brotan las aguas, un moderno y espacioso hotel, bautizado como Gran Hotel de Boñar. No se debió reparar en gastos, y encargado de su diseño fue Ricardo Velázquez Bosco, arquitecto madrileño perteneciente a la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Varios pisos, estancias de techos altos, grandes puertas y ventanas, huerta ubérrima y una airosa galería acristalada abierta poco después —el edificio se inauguró en 1905— era lo que encontraban los veraneantes nada más llegar al lugar, en tren la inmensa mayoría (y en la propia estación les esperaban coches de caballos con el letrero de ‘Caldas de Boñar’ bien visible). Allí pasaban la temporada estival —la temporada oficial iba del 20 de junio al 30 de septiembre—, como en imitación de los personajes de Proust o de Dostoievski. «A decir verdad, mucha cara de enfermos no se aprecia en las personas que aparecen en todas estas fotografías —reflexiona Fernández Castañón—, lo que confirma que a este balneario se acudía, sobre todo, a relajarse y disfrutar».

Este ‘artesano de la edición’ también recupera en la revista un librito de 1927, Memoria del establecimiento balneario de Boñar, del doctor Clemente Cilleruelo, que refiere los extraordinarios avances técnicos presentes en el ediiicio, aunque suenen tan raros como «los nebulizadores Inhabad, individuales y colectivos, última palabra de la atmiatría y maravilla del arte, con los que se consigue llevar las aguas hasta las últimas ramificaciones bronquiales».

En 1933, los Presupuestos del Estado contemplaron la construcción de un Sanatorio Antituberculoso —temida enfermedad, mortal entonces en casi todos los casos registrados— y que acabó por instalarse en el balneario, acondicionado para tal fin. Una nueva etapa, más oscura, que encaró nada más terminada la guerra y que enmarca la memoria de muchos montañeses del Porma. Mantuvo esa actividad hasta el año 1960, cuando comienza a abarcar toda una ristra de usos variopintos —Seminario de los Agustinos, sus actuales propietarios; Centro de la Naturaleza; sede de colonias, de la Cruz Roja comarcal y de empresas de actividades deportivas...— que ha desembocado en el completo abandono actual.

Y enfrente continúan las fuentes de Las Caldas manando a 26 grados centígrados, 64 litros por segundo de caudal medio.

 

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