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El CSIC descubre que el frente de Lillo retrasó la victoria de Franco

Las investigaciones revelan cómo se trazó la articulación de la línea republicana y cuál era su disposición.

 

Imagen de un tramo de galeria, en Castiltejón. -

cristina fanjul | león
06/02/2012

«No se han encontrado muertos, pero hemos hablado con gente que asegura haber visto cuerpos en posiciones avanzadas de campaña». Víctor Bejega acaba de presentar las conclusiones de la investigación que —junto a Eduardo González y Alfredo González— ha realizado en la zona arqueológica de Cueto de Castiltejón (Lillo) acerca del frente de campaña republicano. Financiado con fondos del CSIC y la Norwegian Research Council, el trabajo ha conseguido demostrar la importancia real del Frente Norte y, concretamente, del Frente de los Puertos —entre Leitariegos y El Pontón— frenando el avance franquista y permitiendo a la República aguantar la ofensiva. Y es que con la caída del norte, el ejército de Franco se hizo con las minas de carbón, la industria siderúgica, puertos marítimos y la disponibilidad de la mayor parte de efectivos veteranos para emplear en un único frente. El propio Indalecio Prieto diría: «Sé, mejor que nadie, lo que significa la pérdida del Norte, que puede ser un factor muy importante en la pérdida total de la guerra».

Pues bien, los tres investigadores citados han conseguido, después de dos años de trabajo, descubrir cómo se trazó la articulación de la línea republicana y cuál era su disposición. «Ésta se encontraba comprendida por una línea de frente entre los picos de Peña Lázara y el Pico de La Granda y presentaba un conjunto de posiciones fortificadas con trincheras, parapetos y puestos de tirador, entre las que destacaban Peña Lázara, Las Fuentes, Minas de Talco, Pico Runción, Pico Niales y Pico La Granda», destacan los arqueólogos en el informe.

La investigación ha sido tan exhaustiva que ha podido situar incluso el lugar desde el que Sánchez del Arco describe la caída del Puerto de San Isidro en la crónica publicada por ABC el 1 de octubre de 1937: una galería que desemboca en un puesto parapetado, posiblemente un puesto de observación franquista que se encuentra en la sierra de Rebollares.

Las labores han desentrañado que todo el conjunto de posiciones ofrecía una línea de frente que se articulaba a través de un puesto de mando avanzado (en el lugar que en la actualidad ocupa el restaurante La Mina) y que allí mismo había dos polvorines, un centro de mando y un puesto de control de carretera. Desde este punto se organizaban las guardias y se controlaba el frente. Víctor Bejega añade que los flancos del frente se encontraban defendidos por toda una serie de posiciones fortificadas, al oeste de Peña Lázara. «De esta manera, se configuraba una única línea de frente que se unía a la establecida en la Sierra de Valporquero y en el Puerto de Tarna», destaca.

Asimismo, han descubierto que el frente norte contaba con un segundo enclave defensivo y de control, representado principalmente por el Fortín de Alboleya, desde el cual se controlaba el valle del Silván hasta Puebla de Lillo, permitiendo visualizar la gran mayoría de posiciones del Frente. Los investigadores recalcan el hecho de que esta posición se encontraba muy próxima al pueblo de Isoba, en el que se encontraba el puesto de mando de la defensa de San Isidro, cuyo cuartel se encontraba en Moreda de Aller.

Cambio de ‘bando’. La investigación también tuvo luhgar en la Sierra de Rebollares, un lugar en el que se desarrollaron numerosos episodios bélicos, como la toma republicana en mayo de 1937 o la contraofensiva franquista que recuperó la posición. Los arqueólogos consiguieron consiguieron localizar un gran número de estructuras cuya adscripción resulta complicada debido a la ausencia de materiales que den fe del bando que las utilizó. «Sin embargo, consideramos que existe una primera fase de fortificación republicana», destacan. En estas posiciones, se han encontrado trincheras y parapetos orientados principalmente hacia Puebla de Lillo y hacia la Peña de la Cruz. «Entre las evidencias de este lugar destacan los restos de una granada Laffite, habitual en la toma de posiciones de la época, y restos de munición de gran calibre, posiblemente de aviación o artillería», precisan. En este sentido, subrayan que tras la toma del sitio, el ejército franquista reorganiza las fortificaciones y éstas se convierten en posiciones camufladas y protegidas, enfocadas directamente hacia Castiltejón y protegiendo el acceso noroeste. «En este lugar, y a tenor de la información obtenida gracias a los testimonios orales, existió un intento republicano de reconquistar posiciones que se saldó con la muerte de los soldados que intentaron actuar de vanguardia», añaden.

Otro de los elementos llamativos que Víctor Bejega, Eduardo González y Alfredo González han descubierto es la existencia de dos fases de fortificación en el frente. La primera de ellas, vinculada al inicio del conflicto, se basa en la construcción de elementos de carácter defensivo siguiendo los patrones básicos de fortificación, pero empleando las técnicas constructivas del entorno (sistemas mineros de galería, construcción de piedra a hueso, hormigón de malas calidad con gravas...) Sin embargo, en un segundo momento, regulado ya por el Decreto 244 del Ministerio de la Guerra del 29 de octubre de 1936, se moviliza a los hombres de entre 16 y 45 años para las tareas de fortificación, con lo que se crean batallones específicos comandados por ingenieros que desarrollan una planificación de las obras. «En ahora cuando se realizan las construcciones de hormigón encofrado, del tipo de los búnkers de La Granda o del Fortín de Alboleya», destacan.





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