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Encierros y muertes en la minería

 

Encierros y muertes en la minería - RAMIRO LÓPEZ

19/03/2017

camino gallego | león

El 21 de mayo de 2012 ocho mineros del pozo Santa Cruz de Uminsa (Segundo Porto, José Antonio Pérez, José Pérez, Víctor Manuel Almeida, José Araújo, Eduardo González —abandonaría a los 18 días por una bronquitis—, Alfredo Carro y Primitivo Basalo) no dejaron el tajo cuando terminó su turno. Decidieron que no volverían a ver la luz del día «hasta que se garantice un plan de futuro que concrete las toneladas extraíbles y a quién se deben vender». Estaban a 25 minutos de la bocamina en vagoneta, en un sitio resguardado de las corrientes y de la humedad. Sus compañeros les construyeron una mesa y ocho camastros donde dormirían mientras estuvieran encerrados. La solidaridad fue total, pero el tiempo pasaba y el conflicto no se resolvía. A los quince días en León había manifestaciones y otros seis mineros se encerraban en la Diputación. En el Bierzo se cortaba la A-6 y había batalla campal en San Román de Bembibre. El 12 de junio hubo manifestación nocturna en León, con casco y lámpara y al día siguiente se iniciaron sendas marchas mineras desde Toreno, Fabero, Cerredo y Villablino que iban hasta Santa Cruz del Sil y desde La Robla que se dirigió a la Diputación en apoyo de los encerrados en esos dos lugares. El 19 de junio hubo huelga general en los 24 municipios mineros de la provincia, que dejaron sus calles vacías para acudir a la protesta organizada en la capital. Los 8 de Santa Cruz llevaban 33 días encerrados cuando 70 mineros se pusieron a andar desde Villablino a Madrid en la III Marcha Negra. Periodistas de todo el planeta entrevistan a los de Santa Cruz, cuyo encierro tuvo repercusión mundial. La III Marcha llega a Madrid el 11 de julio tras 20 etapas, cuando los de Santa Cruz llevan 53 días encerrados y deciden abandonar el pozo, siendo reemplazados por cinco compañeros (Eliseo Otero, José Antonio Páez, Luis Ángel Castañeda, Miguel Ángel González e Ivo Nitkov). La situación se crispa en Ciñera, con batallas de mineros y antidisturbios. El 6 de agosto, tras 26 días encerrados, abandonan el pozo los cinco de Santa Cruz y Uminsa vota ir a la huelga contra Victorino Alonso, por modificar turnos y rebajar sueldos. El empresario despide a los catorce que integran el Comité de Huelga y hay división entre los trabajadores, volviendo el día 20 algunos al tajo, escoltados por la Guardia Civil. Al final Alonso no ejecutó los despidos y se volvió al trabajo, pero la minería leonesa sufrió un durísimo golpe. Era el 21 de septiembre, tras cuatro meses de encierros, enfrentamientos y marchas que no sirvieron para nada.

Un escape repentino de grisú, el 28 de octubre de 2013, dejó seis muertos y cinco heridos en la planta séptima (a 694 metros de profundidad) del pozo Emilio del Valle que la Hullera Vasco Leonesa tiene en Llombera. Los fallecidos fueron Juan Carlos Pérez, Manuel Moure, Antonio Blanco, Orlando González, José Luis Arias y Roberto Álvarez, de entre 36 y 45 años, nacidos en Paradilla, Ciñera, Fontanos, Robles de la Valcueva, Bembibre y Pola de Lena, por lo que todas las cuencas leonesas y la asturiana estuvieron de luto. El accidente se produjo poco antes de las 14.00 horas, cuando un derrabe en el taller provocó un súbito escape de gas que alcanzó de lleno a los once que en ese momento se encontraban en el taller, aunque dentro de la mina había unos 150 trabajadores, que lograron abandonarla sin sufrir daño. Las muertes pudieron producirse por asfixia de metano, principal componente del grisú, ya que las víctimas no tenían señales de deflagración o quemaduras. Los sindicatos convocaron paro general de la minería y una concentración en La Pola de Gordón. El obispo ofició en Santa Lucía el funeral por las víctimas dos días después, cuando también se dio el alta a cuatro de los heridos, mientras el más grave, Juan Manuel Méndez Montero (que no estaba en la mina cuando se produjo el accidente, pero resultó herido al acudir al rescate de las víctimas) evolucionaba favorablemente. Las familias esperaban saber por qué murieron. En la fotografía, el padre de Manuel Moure, casi en el suelo, roto por el dolor tras conocer el fallecimiento de su hijo.



RAMIRO LÓPEZ

   
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