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| Crónica | In memoriam |

La extraña familia Panero

 

Verónica Viñas - león
Verónica Viñas 17/03/2004

La historia de los Panero no habría sido la misma sin El de- sencanto , dirigida en 1975 por Jaime Chávarri. El propio Michi Panero llegó a reconocerlo en Astorga durante la proyección del filme, un 7 de febrero. La película provocó una auténtica conmoción en la sociedad española, que asistió atónita al «destape» de una familia que, con absoluta crudeza, exhibió públicamente sus miserias. Cuentan las crónicas que en la capital maragata, días después del estreno, apareció una silla boca abajo junto en la escultura del padre, el poeta Lepoldo Panero. Veinte años después, el clan volvería a reunirse ante las cámaras, esta vez a las órdenes de Ricardo Franco ( Después de tantos años ), para mostrar las cicatrices que el tiempo había dejado en sus difíciles relaciones. Ciertamente, la vida del pequeño de los tres hermanos Panero quedaría marcada para siempre. Escritor impenitente, deja centenares de cuartillas que nunca vieron la luz editorial. Las agencias de información anunciaban ayer la muerte de «Miguel Panero». Y es que muy pocos sabían que su auténtico nombre era José Moisés; un nombre que al propio padre debió antojársele difícil, ya que desde muy temprana edad comenzó a llamarle por el apelativo de Mocheles , no del agrado de los hermanos, quienes pronto lo tornaron por el de Mochi y, finalmente, por el de Michi. Hace dos años, decidió regresar a sus raíces. Había dejado atrás dos matrimonios, un cáncer, un largo periplo por hospitales, una familia rota y una cirrosis crónica. También fue él quien «liquidó» al mejor postor el legado paterno conservado en la madrileña calle Ibiza, domicilio familiar de los Panero; un piso donde cuentan que era fácil seguir el rastro del tiempo, por los objetos que el descuido fue acumulando. Y volvió a Astorga con el propósito de rescatar del secular olvido la memoria de su padre y el chalé familiar. Se instaló en un apartamento del emblemático edificio del Hotel Moderno. A sus 52 años tenía en el rostro el castigo de una edad apurada hasta el límite. Intentó convivir con su hermano Lepoldo en Las Palmas, a quien el largo itinerario por varios manicomios había convertido en un ser literariamente apasionante, pero humanamente «insoportable». Y de aquel retrato de Chávarri, tras la muerte de la matriarca, Felicidad Blanc, y ahora de Michi Panero, sólo quedan dos sombras y la leyenda...

   
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