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CULTURA

El fotógrafo que escribe con la luz

El Albéitar acoge el retorno a la patria íntima de José Manuel Navia con ‘Nostos’

ANA GAITERO | LEÓN
19/10/2014

 

El niño cumplió con sus tareas y le ofrecieron un regalo.

—Quiero una bicicleta—dijo desde la estatura de sus doce años.

A su madre le pareció un juguete demasiado arriesgado. Vivían en La Prospe, un popular barrio madrileño, aunque sus orígenes estaban en los extremos del país. La sangre andaluza corría por las venas de la familia materna. La mujer era exageradamente protectora y temía que el chaval se hiciera daño con la bici. Ya ves. En los años 60,cuando aún casi ni había coches en la calle. El padre era un panadero de Galicia y el niño hijo único.

La mujer tuvo la idea de cambiar la bici por un curso de fotografía. El chico se entusiasmó y olvidó el vehículo de dos ruedas. Era un curso por correspondencia que se publicitaba con un sencillo eslogan –fotografía fácil– pero constaba de diez tomos bien tochos. «Anda, que si llega a poner difícil», pensó. Así nació el fotógrafo José Manuel Navia. Hoy tiene más o menos la misma estatura que cuando quería una bicicleta. «Es uno de los grandes fotógrafos vivos de España» afirmó Julio Llamazares en El Albéitar, donde Navia ha traído su exposición Nostos gracias a la tarifa plana de la amistad del escritor leonés con el fotógrafo madrileño. El fotógrafo Gus Berrueta fue el muñidor de la idea. Nostos se presentó en el Círculo de Bellas Artes y próximamente irá a Francia. Es un viaje interior por la vida de Navia a través de una selección de fotografías positivadas a un tamaño humilde, como fotogramas de la película de su vida. Es un viaje escrito con la luz. Porque Navia, en realidad, quería ser escritor y ha encontrado en la fotografía su lenguaje, su manera de estar «al lado del membrillo» a lo Antonio López. Ama el misterio de las palabras. Por eso ha elegido un vocablo griego para titular la exposición.

Nostos es viaje, regreso al origen... El punto de partida es una lata de membrillo con las fotos en blanco y negro del álbum familiar. Luego regresa a casa desde lugares lejanos. En la salita de una vivienda Armenia encuentra el mismo papel pintado que había en el hogar familiar de La Prospe. A la casa donde nació también regresó con su cámara. Su mirada queda clavada en la luz del portal, que ilumina los baldosines estampados y escaleras de madera.

Se puede regresar al origen en cualquier lugar del mundo e incluso trascender el tiempo. La nieve, la niebla, la escarcha, la ropa vieja, las esculturas desconchadas pero vivas, las pinturas desdibujadas donde el mar y los remos se transforman en figuras caprichosas, tal vez pájaros. «El paisaje es memoria», dice haciendo suya una cita de El río del olvido, de Julio Llamazares.

El paso del tiempo, la memoria, el territorio, la mano del hombre. el cuerpo femenino fragmentado, la mirada de una madre abrazada a sus dos hijos durante la guerra de Nagorno Karabaj que podrían ser las de una antepasada en la guerra civil española. O unas botas cubiertas de escarcha que evocan el cerco de Estalingrado o el abandono de los pueblos españoles. Son emociones, universales como la humanidad. La fotografía de Navia escribe en la superficie de la piel de las cosas, pero con tal intensidad que penetra en las grietas que se abren inevitablemente en su discurrir. Y las ilumina. La charla comenzó con el primer reportaje que Julio Llamazares y José Manuel Navia hicieron juntos. Bolivia, 1997. Tras las huellas del Che. Luego hicieron muchos trabajos juntos, incluida una serie sobre lugares que nadie cree que existen pero son reales como Babia o Jauja, o reportajes sobre la descolonización de Macao o las tierras altas de Soria que a Llamazares le inspiró una de sus obras cumbre, La lluvia amarilla, sobre el derrumbe del mundo rural.

 

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