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CULTURA

«Frank Sinatra quiso matar a Woody Allen»

El escritor David Evanier desvela en su libro ‘Woody’ cómo el cantante, ex marido de Mia Farrow, intentó acabar con él director de cine por su romance con Soon-Yub

 

Frank Sinatra. - MANUEL LÓPEZ CONTERAS

24/01/2017

álvaro soto | madrid

Cuando Mia Farrow supo que su entonces pareja, Woody Allen, mantenía un romance con una de sus hijas adoptivas, Soon-Yi, se volvió loca de ira. Intentó hundir su reputación, poner en contra del director a todos sus hijos y arruinarlo en los tribunales con demandas millonarias. Y no solo eso. Su exmarido Frank Sinatra, que nunca dejó de quererla y con quien la actriz hablaba todos los días, le dijo que quería «quitar de la circulación» a Allen.

‘La Voz’ no estaba bromeando: tocó a sus contactos en el mundo del hampa para ver qué posibilidades había de matar al cineasta. «Frank de verdad quería acabar con él. Lo odiaba. Pero no podía hacerlo él mismo y nadie estaba dispuesto a hacerle el favor. No es que estemos hablando de la gente con más escrúpulos del mundo, pero tampoco iban a matar a un director de cine famoso solo porque hubiera engañado a la exmujer de otro tipo. Woody estaba muerto de miedo». La tormentosa relación entre el cineasta y Mia Farrow es uno de los capítulos más jugosos de Woody (Turner), la biografía del director neoyorquino escrita por el periodista David Evanier y que acaba de llegar a España.

Pero el libro es mucho más que una compilación de cotilleos, que también los hay. Evanier se sumerge en la vida de Allen para descubrir en él a una persona distinta al personaje que aparece en la pantalla de cine. Woody Allen es el nombre artístico de Allan Stewart Konigsberg, nacido en 1935 en el seno de una familia judía de Brooklyn. Allen fue un niño conflictivo que se escapaba de la escuela, que admiraba con distancia a su padre y que hacía la vida imposible a su madre con todo tipo de bromas pesadas. En sus últimos días, con 100 y 95 años, aún culpaban a su hijo por haberse dedicado al cine, y no a una profesión seria, como farmacéutico. «Ellos criaron a un genio que estaba mucho más allá de sus ideas preconcebidas», destaca Evarnier. Este niño inquieto, líder de su grupo de amigos, pronto mostró su predisposición a ganarse la vida de una manera fuera de lo convencional gracias a su talento.

Allen era un buscavidas que ganaba dinero con pequeños timos en apuestas, y a los 16 años comenzó a moverse en el mundillo del humor judío de Nueva York, primero preparando chistes para otros artistas y después, superando sus miedos al escenario, interpretándolos él mismo. Influenciado por Groucho Marx y Bob Hope, su éxito le abrió las puertas de la televisión y de allí al cine, aunque una mala experiencia en Hollywood le llevó a proclamar que él nunca saldría de su amada ciudad, Nueva York, para hacer películas. La tesis del autor es que el Allen verdadero no es un schlemiel, palabra judía que designa a los seres inseguros y con mala suerte. «Allen ha explotado un aspecto de su personalidad y lo ha inflado por un propósito artístico. Él sabe reírse de sí mismo. Pero en realidad, es una persona fuerte, resuelta, productiva y centrada en su trabajo», cuenta Evanier. «Y sin embargo, su retrato de hombre vulnerable ha calado porque rellenaba un vacío», continúa; «en sus películas, él empezó a hablar de los miedos y las ansiedades de los hombres, miedos que hasta entonces no se expresaban abiertamente».

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