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MINORÍAS ABSOLUTAS

La gran belleza

 

RAFAEL SARAVIA
13/03/2014

Tal vez la vida, la que realmente importa, se pueda resolver brevemente en esa frase de Celine que abre la espléndida película La Gran Belleza, de Paolo Sorrentino. «Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza. Va de la vida a la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas, todo es inventado. Es una novela, nada más que una historia ficticia. Lo dice Littre, él no se equivoca nunca. Y además, cualquiera puede hacer otro tanto. Basta cerrar los ojos. Está en la otra parte de la vida». Todo lo demás es desilusión y fatiga, nos dice. Y nosotros acabamos creyéndolo. Porque hemos visto el desgarro que hizo la vida en hombres como Leopoldo María Panero. Porque supimos de la desmesura con la que la vida golpeó a este poeta hijo del tránsito y la desolación más abrupta. Y porque cada día, a cada paso que damos, nos encontramos con la piedra y su tropiezo, como avisándonos de que será así día tras día, año tras año hasta el resto de nuestras fuerzas en este mundo.

El desaliento tiene alimento suficiente, nadie lo duda. Hoy en día más que nunca podríamos decir. La negrura se afea por momentos para muchos hombres y mujeres que apenas tienen alternativas en la vida. Losas hipotecarias, concertinas que rasgan lo que la vida deja sin posibilidades, vallas que cercan países y cercos legales que vallan los derechos más básicos de los ciudadanos. Incluso la losa del recuerdo, 11-M incluido.

Y sin embargo, todos acabamos buscando, con la desesperación mística del que vive sin saber sabiendo, a lo Juan de Yepes, la gran belleza. Leopoldo María Panero no era ajeno a esa búsqueda. Y en su pretensión se dejó lo más humano que tenía. Panero supo ya desde muy joven que la vida, esa que se agarra a la gran belleza, se halla efectivamente «en la otra parte de la vida» y a ella, a esa otra parte, se dedicó obsesivamente hasta destruir la parte que se anclaba en esta realidad.

Me fastidia que muchos de los obituarios de estos días en torno a Panero se centren en esa persona destrozada vitalmente, físicamente. Me fastidia que el día de la muerte de una persona como Leopoldo María no se levante la voz de la poesía más demoledora y contundente a vindicar que Panero rozó, de alguna manera, esa tragedia convertida en gran belleza. Esa verdad cercana a lo insufrible. Tal vez por eso el estertor fue más poderoso. Hoy rompo una lanza en favor de la brillantez. En favor de esos héroes que han dado demasiado por o a causa de la belleza imperecedera. El elogio no está en la locura mortal del maestro Leopoldo María Panero, el elogio está en la obra que dejó instalada a orillas de la perfección radical. Porque la verdad del verso está en la otra parte de la vida, o dicho de otra manera, a su manera: «Yo he sabido ver el misterio del verso/ que es el misterio de lo que a sí mismo nombra/ el anzuelo hecho de la nada/ prometido al pez del tiempo/ cuya boca sin dientes muestra el origen del poema».






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1 Comentario
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Por Pilar Merenciano 9:26 - 13.03.2014

No he leído nada mejor sobre Leopoldo María Panero a su muerte. Que en paz descanse. Otro poeta maldito escribía; la tumba, confidente de mi sueño infinito -porque la tumba siempre comprenderá al poeta- en las largas noches en que el sueño es proscrito. (Baudelaire). Un saludo, Rafael.