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MINORÍAS ABSOLUTAS

Grano a grano (II)

 

rafael saravia
18/01/2017

Grano a grano se satura el aguante, y grano a grano se colma y agranda el estertor ciudadano ante la falta de escucha por parte de las autoridades. Con esta frase comenzaba hace exactamente dos años una columna que hablaba de la reivindicación popular que se despertaba en varios puntos de España para ser partícipes de la organización de los espacios públicos por parte de los ciudadanos. Esa excelsa voluntad de los habitantes de un lugar para responsabilizarse y ejercer su derecho a mejorar y conservar lo que para ellos es un bien común es algo que hace falta en muchísimos aspectos cívicos. Pero al igual que hace dos años lo hacía el barrio de Gamonal en Burgos, en nuestra ciudad, un movimiento ciudadano, ha dado el paso para afrontar de manera participativa las reformas y variaciones que su entorno necesita.

Desde hace varios años esta lucha se ha resuelto contra una corporación municipal que lejos de escuchar y representar a los colectivos de nuestra ciudad, se ha encabezonado en llevar un proyecto a cabo que no gusta a nadie más que a sí mismos.

La plataforma ciudadana ha reunido casi 11 mil firmas en contra del proyecto municipal, mientras que los afines al proyecto de reforma integral de la Plaza apenas se cuentan por unas decenas. Creo que la dicción democrática está más que consolidada en favor de la plataforma Salvemos la Plaza del Grano.

No obstante pudiera decirse que no siempre la mayoría tiene la cualificación técnica para avalar ciertas decisiones, pero da la casualidad que en ese cúmulo de miles de firmas están recogidas las voces de arqueólogos, arquitectos, técnicos e intelectuales que no se mueven de manera baladí en favor de una moda o por el simple hecho de llevarle la contraria a una corporación municipal concreta. No es esta una reivindicación de siglas, es una reivindicación de carácter «patriótico» —permítanme esta chanza que no lo es tanto— en favor de un bien cultural que nos identifica como pueblo y como garantes de una cultura en vías de extinción.

Es realmente paradójico que habiendo propuestas consensuadas por un colectivo tan grande, en el que se plantean alternativas con ejecución técnica impecable (la propuesta de la hacendera popular con la dirección técnica de los hermanos Seoane, que ya participaron en el proyecto de restauración a finales de los 80) y que hasta organismos como el Procurador del Común ve al menos «estudiable», se tengan ninguneadas y se siga en el empecinamiento de reforma con un gasto de cientos de miles de euros para conformar una obra pública que el público no quiere.

Al final, con catas costosas y demás auspicios técnicos, las disquisiciones se centran en si es medieval, renacentista o fruto de la «tardo-movida» de los ochenta. Pero lo verdaderamente importante es que los ciudadanos, los dueños legítimos de su patrimonio, quieren involucrarse en una solución que los representantes de los ciudadanos —véase la paradoja— vetan constantemente.

La solución es sencilla, querido equipo municipal... escuchen a sus representados.

   
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