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FEMINISMO, ARTE Y SEXUALIDAD

Guía básica de postporno para principiantes

La próxima directora de comunicación del Ayuntamiento de Barcelona, Águeda Bañón, participó en la escena postporno de la ciudad, una corriente feminista en la que toman la palabra los cuerpos y sexualidades que el porno denigra. Aquí algunas pistas.

NURIA MARRÓN
06/07/2015

 

Si lleva una semana escuchando la palabra postporno en bares y tertulias y aún no sabe exactamente qué es, aquí tiene una guía para empezar a adentrarse en este complejo boscaje que, según sus defensores, es la auténtica revolución sexual pendiente.

Annie Sprinkle: podría decirse que esta mujer que ejerció la prostitución y que participó en más de 50 películas de cine porno comercial es el gran útero del postporno. Y podría afirmarse casi de forma literal. A principios de los 90, le bastó una sola performance, Public Cervix Announcement –documentada, por cierto, en el Brooklyn Museum y en The New York Times–,
para desmitificar ese gran fetiche que son los genitales y el cuerpo femenino. En ella, aparece vestida y maquillada a lo pin-up. Melena crepada. Taconazos. Lencería. Peca pintarrajeada en el pómulo. Pero en sus contoneos hay un crescendo chirriante que empieza con su edad –su cuerpo no es el adecuado para una starlett–, sigue con una charla educativa sobre sexo, y culmina cuando invita al público a que mire por su cavidad uterina con un espéculo ginecológico. «¡Miren, esto es sexo puro! ¡No tiene dientes! Conozca el coño –Sprinkle siempre ha tenido mucho sentido del humor–, ¡es su amigo!».

Luego escribió el libro Post-porn modernist, tomando prestada la palabra del también artista Wink van Kempen, que la había usado para aludir a contenidos sexuales más críticos e irónicos que excitantes. Y se ha pasado los últimos 20 años impartiendo charlas y talleres en universidades, escribiendo libros y firmando grabaciones y performances en las que lo mismo ha celebrado un ritual masturbatorio vindicando el orgasmo femenino que ha mantenido sexo con transexuales o personas con diversidad funcional, tradicionalmente representados desde lo abyecto. «Con sentido del humor y mucha honradez, Sprinkle convierte todo lo que toca en una celebración de la dignidad del deseo», dice de ella Beatriz Preciado.

Beatriz Preciado: cuando en el 2003 organizó la Maratón Postporno en el Macba de Barcelona, una facción del feminismo punk local vivió una especie de epifanía. Profesora de historia política del cuerpo y de teoría del género en la Universidad de París VIII, se pasó aquellos días locos de junio abriendo compuertas insospechadas: se le escuchó decir que los géneros y las identidades sexuales no eran más que papeles, performance, de los que se podía entrar y salir. Que no se sentía ni hombre, ni mujer, ni heterosexual, ni homosexual, ni transexual. Que fuera corsés. Que no había deseo prohibido ni cuerpo indigno. Y que esa era la gran revolución pendiente.«La sexualidad es como las lenguas, todos podemos aprender varias», ha dicho este referente de la teoría queer y el transfeminismo, corriente que se ha hecho fuerte en el activismo, la universidad y los centros de arte contemporáneo.

¿Que nunca habían oído hablar de todo esto pero su nombre les suena? Es posible: Preciado, que ahora se hace llamar Paul y ha escrito los influyentes Manifiesto contrasexual, Testo yonqui y Pornotopía, fue comisario de la muestra del Macba en la que aparecía una obra que evocaba al rey Juan Carlos montado por la líder obrera y feminista boliviana Domitila Barrios, a su vez era sodomizada por un perro. Comisarios y director, Bartomeu Marí, acabaron en la calle.

Escena postporno. A todo esto, dirán y con razón, ¿qué es el postporno? ¿Es pornografía? ¿Política? ¿Subvierte? ¿Excita? Sus artífices explican que en él toman la palabra cuerpos, prácticas y sexualidades que el porno convencional o invisibiliza o denigra. Y ahí entran –hagan sitio– mujeres, gordos, transexuales, transgénero, viejos, personas con diversidad funcional e incluso ¡madres! Así lo explicaba la escritora y activista Helen Torres en la presentación de sus Cuentos marranos: «Por un lado, tenemos la representación de la sexualidad oficial que es la del porno. Y por el otro, el secreto total. Así que en tus primeras experiencias, ¿qué herramientas tienes para interpretar tu deseo o sentirte a gusto con tu cuerpo? Pocas, porque lo que no está representado no existe. La única información a tu alcance es la de un cuerpo maravilloso que se lo pasa fantástico haciendo cosas que se supone que deben realizarse. Y luego nada tiene que ver con esa perfección».

Para estas hackers del porno convencional, la heterosexualidad tiene un montón de pautas que se conocen aunque no hayas tenido sexo nunca. «Ahora tienes que hacer esto. Ahora lo otro. Sabes qué se espera de ti. Hasta dónde puedes llegar –seguía–. Pero cuando te olvidas de la norma, ¿qué sale? Pues vas a flipar, porque ante ti tienes el infinito».

Éxodo. Una muestra de ese infinito puede verse en el documental Mi sexualidad es una creación artística, de Lucía Egaña, una especie de cartografía de lo que ha sido la escena postporno de Barcelona, a la que, por cierto, llegamos tarde. «Aquí había muchos espacios de encuentro y fiestas autogestionadas que hacían posible que pasara de todo –rememora Torres–. Ahora esa libertad ya no existe, aquellos encuentros ya no son posibles, pero hay artistas que se han profesionalizado y la inquietud ha trascendido. Digamos que el postporno ha salido del gueto».

Además de Egaña, andaban explorando puntos ciegos de la sexualidad artistas y activistas hoy reconocidas como María Llopis, que escribe en Vancouver un libro sobre el poder revolucionario de la maternidad; la performer Diana J. Torres, afincada en México; los colectivos Post Op (su logo, a la izquierda) y Quimera Rosa; la escritora Itziar Ziga, y Patricia Heras, la poeta del 4-F que se arrojó por la ventana en un permiso carcelario. Aquel caso, apuntaba esos días Diana, impulsó quizá la desbandada de la escena, muy ligada al también desaparecido bar La Bata de Boatiné.

Girls who like porno. El blog que esta semana ha descubierto a tertulianos, tuiteros y otros seres infartados que Águeda Bañón tenía un pasado postporno funcionó del 2002 al 2007. Durante este tiempo y en primera persona, Bañón y Llopis desgranaron sus deseos y tensiones, exploraron ese nudo que es el placer y el dolor y orinaron –ya han visto que literalmente– sobre el papel de víctimas o objetos sexuales que la industria suele reservar a las mujeres. «Las leía apasionado porque la sola idea de que unas mujeres se plantearan que otro universo sexual era posible me animaba a repensar el mío propio –escribió el dramaturgo Roger Bernat cuando el blog cerró, a modo de responso–. Replantearse quiénes somos partiendo del ámbito de la sexualidad era finalmente revelador. Girlswholikeporno era un espacio en el que el feminismo dejaba de ser una lucha de género para convertirse en una aspiración humanista representada por las experiencias vitales que todos vivimos en las camas por las que hemos transitado y a las que alguien por fin ponía voz».

Hazlo tú mismo. El deseo, ya hemos visto, no es algo que uno encuentre en la estantería compartimentada –heterosexuales, gays, lesbianas– del sexshop. «Si no os gusta el porno que hay, haced el vuestro», que dijo Annie Sprinkle (la del espéculo, ¿se acuerdan?) cuando colectivos feministas rodeaban los sexshops del Soho de Londres pidiendo su cierre. En el postporno, pues, no hay fantasías prestadas. Aquí los deseos y los sudores son de cada uno. «Las barreras de la sexualidad no las rompes en un despacho universitario –afirma Torres–. Las rompes poniendo el cuerpo. Una cosa es una tesis y otra una performance de Diana J. Torres».

Lady Gaga. No mire a derecha ni a izquierda, que ningún hacker le ha colado este párrafo. Sí, Lady Gaga está donde debería: a 100 líneas de Paul B. Preciado, a quien le ha divertido seguirle el rastro porque, a su parecer, pocos desmontan como ella –y menos desde el corazón de la cultura de masas– la idea de que la feminidad, como la masculinidad, sea algo natural. «Gaga podría ser la hija de Michael Jackson y Madonna obtenida por manipulación genética. Es el tecnocuerpo del siglo XXI: técnicamente construido, casi digitalizado pero al mismo tiempo absolutamente orgánico –ha dejado dicho Preciado–. Parece que nos invite a pensar que la feminidad que vemos ante nosotros y que encontramos deseable es el producto de un complejo entramado de tecnologías quirúrgicas, audiovisuales y mediáticas». ¿Es mujer? ¿Transexual? ¿Extraterrestre? Qué más da: es trans-Gaga. Quién iba a decirles a tertulianos y tuiteros infartados que esta cantante lleva años explorando –y quizá exprimiendo– los mundos que ellos han descubierto esta semana.

Muestra marrana. Quizá no haya mejor barómetro para avalar que, en efecto, el postporno ha salido del gueto que la concurrencia a este festival de producciones postpornográficas experimentales y domésticas que empezó con 70 asistentes y que el año pasado superó el millar. La última edición de esta cita cuyas anfitrionas son Lucía Egaña y Diana J. Torres se celebró en junio en México.

Suciedad. Crudo, explícito y abyecto, el postporno va al final de la experiencia sin adornos y con profusión de orificios, fluidos y hedores. Como respuesta, dicen, al higienismo, los cánones de belleza o el photoshop que maquilla la sexualidad. En sus manifestaciones a menudo también late la rabia, reacción, aseguran, a los férreos mandatos que dictan qué es lo adecuado o lo normal.

Tietisme’. Nombre con el que la izquierda rupturista ha calificado la onda expansiva de indignación, cursilería y risa floja (género caca-culo-pedo) que ha suscitado el pasado artístico y activista de Bañón. El subtexto de los indignados venía a ser más o menos este: el orín callejero de Bañón es al gobierno de Ada Colau lo que las trompetas al apocalipsis.

Yes, we fuck’. Nombre que recibe un documental con seis historias de personas con diversidad funcional en el que erigen en cuerpos deseantes y deseables y entierran la victimización o la abyección con la que suelen ser representados. Se estrenó el pasado abril en el Museo Reina Sofía.

 

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