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250 AÑOS DE LA CATEDRAL DE LA MONTAÑA

«Lois fue la universidad de nuestra Montaña»

Marta Prieto firma una exhaustiva monografía, editada por Rimpego, sobre el pueblo ilustrado por excelencia del Norte de León

E. GANCEDO | LEÓN
25/08/2014

 

Durante siglos, haber estudiado en Lois era sinónimo inmediato de prestigio. La luz de educación, cultura e ilustración que irradió esta pequeña localidad aupada a lo más alto del valle del río Dueñas, en plena Montaña Oriental leonesa, fue célebre en una comarca enriscada y de difícil transito. «Estudió en la cátedra», se decía de este o de aquel antepasado, y la gente asentía en silencio y con respeto. Porque gracias a ella, los hijos de los labradores y los pastores tuvieron ocasión —casi imposible de otro modo— de formarse y alcanzar conocimientos. Y aunque el pueblo carezca ya de la vieja y famosa cátedra, su activa asociación cultural y la mucha gente entusiasta vinculada a este rincón hacen que, de alguna forma, esté recuperando su brillo o, al menos, rinda buen homenaje a su legado. Al recuerdo, hace un año, de dos montañeses pioneros en la creación de la RAE, se sumó este sábado la celebración del 250 aniversario de la consagración de su iglesia, ‘la catedral de la Montaña’, y la presentación de un muy exhaustivo libro sobre la localidad, obra de la investigadora y profesora Marta Prieto Sarro.

«He ido construyendo este libro a lo largo de los años, convencida de que la historia y los personajes de Lois lo merecían», explicó Prieto sobre una obra publicada por la editorial leonesa Rimpego. «De hecho, algunos capítulos tienen como punto de partida artículos periodísticos que fueron viendo la luz poco a poco —continuó—, pero en un momento determinado me di cuenta de que era posible conformar un libro y ha salido éste: ha habido que escoger mucho (el siglo XVIII ha servido grosso modo para articularlo), y se ha quedado otro tanto en el tintero».

Recuerda Marta Prieto que a la cátedra de Lois siempre le llamaron «la universidad de la Montaña» porque fue «un referente educativo insoslayable en lo que hoy llamamos la Montaña Oriental y aun fuera de ella. Estudiar allí era importante por su prestigio», comenta, y rememora que la cátedra echó a andar en 1744, «constituida por disposición testamentaria de Jerónimo Rodríguez Castañón, que murió siendo capellán de los Reyes Nuevos de Toledo (Pedro Calderón de la Barca también lo fue). Con sus ahorros dispuso fundar esta institución educativa en su pueblo, Lois, y no en otro lugar, donde por cierto ya existía desde principios de siglo una escuela de primeras letras fundada por su pariente Pedro Rodríguez Castañón». El volumen, editado a todo color, relata cómo allí recibían enseñanza gratuita los muchachos de Lois y de Maraña y que para los demás tenía un coste mínimo, perfectamente asumible. Los chicos de fuera de Lois vivían en las casas de los vecinos del pueblo «en una suerte de intercambio-pensionado muy interesante».

La senda del estudio

Preguntada por si hubo o no unos ‘años dorados’ para Lois, reflexiona la escritora y colaboradora de este periódico que hay unos años «que van desde finales del XIX y los años 40 del siglo XX, en los que salen de la cátedra un nutrido número de personas que conocemos muy bien y que en su tiempo fueron importantes. Pero tal vez lo que ocurre es que aún no le hemos seguido la pista a gentes que estudiaron en ella en otros tiempos. En cualquier caso, todos los años de vida de la cátedra fueron una maravilla en el sentido de que permitieron el acceso a la enseñanza a todo aquel que quisiera estudiar (siempre en masculino, claro). Y junto con otras instituciones semejantes, contribuyó además a crear esa conciencia, tan extendida en León —e inexistente en otros lugares— de que el camino era estudiar, de que estudiar merecía (y mucho) la pena».

La obra también muestra a algunos de los más ilustres personajes relacionados con este pueblo y sus instituciones. Por orden cronológico, destaca Marta Prieto a Francisco Rodríguez Castañón (obispo de Orense y Calahorra), Pedro Rodríguez Castañón (penitenciario de Valladolid y fundador de la escuela de primeras letras de Lois), Alonso Rodríguez Castañón (catedrático en el colegio mayor de San Ildefonso, fiscal en Sevilla y académico de la Lengua); Jerónimo Rodríguez Castañón (fundador de la cátedra de latín de Lois), Pedro M. Álvarez Acevedo (académico de la Lengua); Juan Manuel Rodríguez Castañón (obispo de Tuy y artífice de la construcción de la nueva iglesia de Lois), Tomás Álvarez Acevedo (regente de la Audiencia de Chile)... «Nos paramos sin agotar la lista ¡y eso sin sobrepasar el siglo XVIII!», avisa.

En cuanto a su elemento patrimonial más representativo, la imponente iglesia de Santa María, la autora califica su construcción de «acto de voluntad colectivo que daba respuesta a un deseo arrastrado desde el siglo XVII. En concreto, desde el primer intento del obispo Francisco Rodríguez Castañón que el tiempo y otras gentes (como el obispo de la Orden de Santiago Antonio Álvarez Acevedo y el propio Jerónimo Rodríguez Castañón) habían ido alimentando. Y resultó un magnífico edificio de fantásticas proporciones y hermosura deslumbrante». En cuanto a otros inmuebles dignos de mención o interesantes del lugar, enumera Prieto la formidable casa de Baltasar Reyero Acevedo, la casa de los Álvarez Acevedo, la actualmente restaurada casa del humo, la escuela, el edificio de la cátedra...

Ubicado en un paraje de extraordinaria belleza natural, nadie puede sustraerse a pensar en la suerte turística que podría haber corrido este enclave de no haber sido construido el inmediato pantano de Riaño. «De haberse conservado tal como era, la comarca constituiría, hoy, un destino turístico de primer orden, comparable, por poner un ejemplo, con los Pirineos, tanto españoles como franceses —dice la autora—. Destruir estos maravillosos valles y pueblos ha ocasionado una pérdida que solo son capaces de comprender quienes los conocieron. Ahora hay una barrera insalvable entre lugares que siempre tuvieron comunicación. Y yo cierro los ojos y me veo, de niña, en la chopera de Burón. O caminando por las calles de Riaño. O en Éscaro, La Puerta, Pedrosa, Anciles... Tal vez en Lois me siento como cuando era niña».

 

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