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LA ENTREVISTA

«Los políticos son muy malos actores»

Lola Herrera, una de las grandes damas de la escena, llega mañana al Auditorio con todas las entradas vendidas. Protagoniza junto a Juanjo Artero ‘La velocidad del otoño’, una historia conmovedora sobre la fragilidad de la vida

 

La veterana actriz Lola Herrera pondrá en escena mañana en el Auditorio ‘La velocidad del otoño’, tras años sin actuar en León. DANIEL DICENTA HERRERA -

VERÓNICA VIÑAS | LEÓN
14/02/2018

—¿Cómo se lleva con Alejandra, su personaje en ‘La velocidad del otoño’?

—Divinamente, porque entiendo muy bien su manera de funcionar y de reaccionar. La entiendo muy bien.

—¿Tiene mucho de usted?

—Alejandra es una mujer que ha sido pintora, que ha recorrido el mundo en una época en la que la gente no se movía y, especialmente, las mujeres, con una amplia mirada de lo que es la vida. Una mujer que, con los años que tiene, sigue luchando. Somos mujeres, somos creativas, somos luchadoras, todo eso lo tenemos, aunque las circunstancias son distintas.

—¿Es una rebelde?

—No, yo no la llamaría rebelde. Es una mujer que defiende su libertad, cosa que no debería estar mal vista, sino todo lo contrario. Nadie tiene por qué decidir sobre su vida, porque tiene la cabeza en su sitio, y quiere una serie de cosas a las que una parte de los hijos se oponen. Ella lucha de la manera que puede, pero, cuando no puede con la palabra, decide tomar otro camino.

—¿La vejez está minusvalorada?

—Sí, por supuesto. Vivimos en una sociedad en la que ser viejo es como no existir. Es bastante horrible, no sólo para los viejos, sino para el resto de la gente, que también va a ser vieja; y lo que siembras es lo que recoges. Se han perdido el respeto y las gratitudes. Hay que respetar la vida de los demás. La vida de todos es una rueda y, si no te mueres antes, tienes que llegar.

—¿Es difícil encontrar papeles femeninos a partir de cierta edad?

—Sí, sobre todo a partir de los 40 años; pero en el mundo entero. Hay muchísimos personajes de hombres y, sin embargo, las mujeres, a partir de cierta edad, es como si ya no sirvieran. Es una estupidez enorme. El cine y el teatro son un reflejo de la vida y en la vida hay gente de todas las edades, de todos los tamaños, hay gente fea y guapa... Lo que se vende es la juventud, la belleza e ir bien vestidos. Me parece demencial el mundo en el que vivimos.

—Apoya entonces la reivindicación que hubo en los Goya y habrá en los Oscar por dar mayor visibilidad a las mujeres...

—Todo lo que venga de las mujeres lo respaldo, porque soy mujer. Me ha tocado ser mujer en un momento muy difícil. Ahora tengo 82 años, pero vengo de una época en la que la mujer no era nada. Tenemos que hacer visible todo lo que nos atañe y batallar para que no se repita.

—En los últimos años está volcada en el teatro, ¿ha aparcado el cine y la televisión?

—No he hecho casi cine en mi vida. He hecho teatro siempre, una función detrás de otra; y televisión hice mucha hasta los 80, luego hubo un parón y volví en los 90. El teatro es lo que realmente me apasiona, lo otro es parte de la profesión. Lo que realmente me encanta es el directo, que es el teatro.

—Ahora se están haciendo buenas series, ¿no le gustaría participar en alguna?

—No, porque hay que madrugar mucho. No quiero madrugar tanto ni quiero estudiar tanto.

—¿Cuál es la velocidad del otoño?

—En el otoño ves pasar el tiempo a mayor velocidad que cuando estás en el camino. Cuando se cumplen los 40 coges velocidad; pero a los 80, un patinete y al otro lado.

—¿Se considera una mujer combativa?

—Yo siempre he luchado. Me ha tocado, porque soy mujer y porque nací en este país y porque había mucho que reivindicar y que conseguir. No he pertenecido casi nunca a grupos de lucha, pero donde he estado he luchado siempre por la parcela de las mujeres y por los derechos que quería conseguir; y ahí sigo, no he dejado de luchar.

—¿Cuánto hace que no viene a León?

—Bastante. Muchísimo. Antes íbamos con todas las obras que hacíamos. Utilizaré la mañana del jueves para dar un paseo por el centro León, bien abrigada, porque hará mucho frío...

—Ya había trabajado con Juanjo Artero, ¿eso establece cierta complicidad?

—Cuando hicimos Seis clases de baile no nos conocíamos. Rápidamente, en el momento en el que nos pusimos a ensayar, nos entendimos divinamente y fue un disfrute total esos tres años que hicimos la obra; de ahí nació una amistad que ha perdura. Ahora nos hemos reencontrado y Juanjo en la obra está que se sale. Hace un personaje preciosísimo y está maravilloso. Es un partenaire estupendo, porque es muy generoso, es muy creativo y es un compañero estupendo. Los dos nos entendemos muy bien; nos conocemos mucho. Es muy gratificante trabajar con gente que se entrega de esa manera.

—¿Cuál es el secreto para no perder la ilusión por el trabajo?

—El trabajo nuestro no puede ser una ilusión, sino que va unido a una pasión. Las pasiones, si la alimentas, crecen. Piensa que nosotros mudamos de personaje, mudamos de compañeros, de público... Un día no es igual al otro. Es una profesión muy dura, pero, cuando la realizas, gratifica mucho y es muy terapéutica.

—¿La profesión está peor que cuando empezó?

—Es distinto. La profesión, como la sociedad, ha cambiado mucho. Empecé en el año 57 y éramos cuatro gatos y nadie se quería dedicar a esto. Ahora todo el mundo quiere dedicarse a esto y hay miles de personas paradas, pero la industria nuestra no da para tanto. Lo tiene más difícil la gente que empieza ahora.

—Si pudiera elegir, ¿qué papel escogería?

—No tengo sueños imposibles. Me gusta que me sorprendan. Nunca he pensado: quiero hacer este personaje por encima de todo. Cuando he visto algo maravilloso, ya estaba hecho y si ya estaba hecho... Los personajes han ido llegando a mi vida. Unos me han apasionado y otros me han gustado menos, pero me he tomado el trabajo de que me gustasen para poder transmitirlo al público, porque si no defiendes un personaje, no llega al espectador. No tengo ningún personaje colgando por ahí que me gustase y no he hecho. He ido haciendo lo que ha ido llegando y lo cierto es que me lo he pasado muy bien. Me siento una afortunada.

—‘La velocidad del otoño’ también tiene toques de humor...

—Sí. Tiene toques de humor, es tierna, es dura y tiene una serie ingredientes estupendos para encantar al público. Siempre hemos colgado el cartel de ‘no hay entradas’. El público sale encantado de la historia y conmovido.

—Tiene fama de ser una de las actrices que mejor llora...

—Son etiquetas. Alguna hay que tener. A mí no me molesta. Salgo, me pongo delante del público y lo cierto es que te etiquetan. Hay que aguantar ese palo.

—Usted ha dicho que España no va a la velocidad que le gustaría, ¿a qué velocidad tendría que ir?

—No sé si lo he dicho, creo que no. Pienso que esto de que se ha acabado la crisis es una fábula. Hay mucha gente que se ha quedado en la cuneta, se ha deteriorado el mundo laboral, los sueldos son imposibles, la gente ni siquiera llega a principios de mes... Pero a la velocidad a la que tiene que ir España, no lo he dicho.

—¿Cree qué los político interpretan bien sus papeles?

—Interpretan, pero muy mal. Cuentan muchas cosas que, si no son mentiras, no son tampoco verdades y se les nota. Los políticos, en general, son muy malos actores. El nivel es bajo y no tiene arreglo yendo a una escuela de interpretación.