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La muerte de Ordoño «El malo»

Uno de los reyes más pasivos fue Ordoño IV, además de «El malo», también conocido como «El jorobado» o «El intruso»; Sancho regresó a León y lo echó de estas tierras

C. Santos de la Mota - leónC. Santos de la Mota
18/08/2004

 
Sin embargo, Ordoño IV no supuso ninguna panacea para Fernán González, quien, como podemos entender, manejaba mejor que nadie los hilos que movían las decisiones insustanciales y apersonales de los llamados magnates leoneses, que bailaban armoniosa y sumisamente las sinfonías castellanas que emitía el conde desde un poder cada vez mayor, y sobre una debilidad, asimismo, también cada vez más grande. Tanta fortaleza irradiaba, o si queremos entenderlo de otra forma, tanta debilidad y pasividad había en el reino (debe sernos crónico) que si antes ya había casado a una de sus hijas, Urraca de Castilla, con Ordoño III, viuda ya ésta (956), ahora casaba a la misma con Ordoño IV. Había conseguido, pues, que su hija o también podemos decir su influencia se entronizara por dos veces en el pedestal más aupado del reino de León, lo que no nos obliga a hacer un esfuerzo supremo para darnos cuenta del formidable trabajo de maquiavelización, intriga y fuerza desplegada dentro de la mismísima corte, y por ende dentro de la sociedad leonesa quien, probablemente muy a su pesar, crecía en castellanización e iba perdiendo al galope las particularidades leonesas, todo ello con el beneplácito y el consentimiento torpe de aquellos que, con capacidad para decidir, decidían en contra del de dentro, es decir, también en contra de ellos mismos, y a favor del que llegaba de fuera. Pero Ordoño IV como títere que era no fue el rey de Fernán González, prácticamente no fue el rey de nadie. Ordoño IV no fue más que una marioneta sin consistencia ni personalidad que había caído en la silla real porque allí lo habían puesto y que regía el trono poniendo tan sólo su figura física, pero en absoluto imponiendo ni su carácter, del que carecía, ni su personalidad, ausente también, virtudes tan necesarias en una persona, no ya regia, sino normal, cuanto más en un monarca sobre el que recaía la responsabilidad del gobierno de un reino y de una sociedad. Pero cualidades tan elementales nunca formaron parte del bagaje personal del monarca leonés. Nunca mandó, en realidad, ni tampoco sirvió mucho a las expectativas que Fernán González se había imaginado al colocarle en el trono. Por supuesto, tampoco sirvió de nada a cualquiera de las clases sociales leonesas, ni a sus particularismos, tampoco a los cómplices de Fernán González, los magnates y prohombres leoneses, quienes además de ir perdiendo personalidad, dignidad y gas influyente, no habían hecho más que reforzar la injerencia castellana en favor de su propio suicidio identitario, quién sabe si no también otros, y el de toda la sociedad leonesa. A principios del año 958, cuando Sancho I el Craso aún se mantenía en el trono del reino de León, Ordoño ya está reconocido como rey en Galicia, y en marzo de ese mismo año vuelve a aquellas mismas tierras a reiterar distintas ofrendas ante la tumba del apóstol. Con él están su mujer Urraca de Castilla, viuda ya de Ordoño III, es decir, la hija de Fernán González, el propio conde castellano y los condes gallegos Pelayo González y Osorio Gutiérrez, un conde al que llamaban santo, además del obispo san Rosendo. Perverso, adulador y cobarde, así hablan de él en distintas crónicas, no poseía actitudes para conservar el trono, lo que tampoco servía enteramente a los intereses bien definidos de Fernán González, pero éste lograba mantenerlo en el poder pues, aunque si bien no se ajustaba a la medida que el conde esperaba de él, también era un muñeco fácilmente adaptable, y mejor era esto que otro monarca al que no pudiera hincársele el diente. Porque desde el otro lado, atendiendo a otras aspiraciones en las que tenía mucho que decir la reina Toda de Navarra, los sucesos se iban precipitando sin descanso. Sancho I el Craso seguía en Córdoba sometido al régimen prescrito por un médico judío, tan buen médico como político, Hasdai ibn Saprut. Y los acontecimientos llevaban tal aceleración que ya en el año 959 caminaba de vuelta Sancho I acompañado de un ejército poderoso que según los historiadores musulmanes pronto tomó Zamora y en pocas semanas consiguió afirmarse en la llanura leonesa y en Galicia. El 28 de marzo de ese año 959 Sancho I hacía ya una donación a Celanova (Orense), deseando recompensar su adhesión al fundador de este monasterio. Con él interviene su mujer Teresa Ansúrez, con quien hacía poco que se había casado para asegurarse la ayuda de los condes de Monzón. Y entre los magnates cofirman su adhesión dos de los más poderosos condes gallegos: Pelayo González, que en esta ocasión se había dado una vuelta a la chaqueta, y Rodrigo Velázquez, que ya le había sido fiel en su primera entronización. La «reentronización» Así, pues, la reina Toda Aznar de Navarra se dispuso muy bien a reponer a su nieto Sancho I el Craso en el trono de León, para lo que pidió ayuda militar a un primo suyo, musulmán. El ejército cordobés tomó Zamora, como ya hemos visto, y los navarros, que naturalmente defendían la causa de Sancho I el Craso, apresaron a Fernán González, quien defendía la frontera oriental. El conde castellano fue apresado en el año 960, en la iglesia de San Andrés de Cirueña, un pueblo de la Rioja. Y sujeto su principal baluarte, la resistencia fue yugulada y Ordoño IV lo juzgó todo perdido y decidió refugiarse en Asturias poco antes de que Sancho I entrase en León. De allí fue expulsado y marchó a Burgos, Castilla cien por cien desde siempre, donde aún le quedaba un grupo de fieles. Esto, sin embargo, parece que permitió a los navarros alcanzar la llanura leonesa, lo que no es de extrañar que hubiera podido estar facilitado tras un pacto entre éstos y Fernán González que, tras ser reclamado por los musulmanes a los navarros, que lo tenían preso, éstos no solamente no se lo entregaron, sino que lo pusieron en libertad, y con el terreno despejado pudieran añadirse las tropas navarras con las leales a Sancho I. Tras la libertad de Fernán González creyó Ordoño IV poder respirar al fin, en Castilla, un refugio difícil, aunque en algo había que creer, pero también de aquí hubo de salir, expulsado precisamente por el antiguo valedor suyo, Fernán González, a tierras musulmanas, primero a Medinaceli y después camino de Córdoba, errante, buscando algún tipo de alianza, alianza que se encargó de abortar Sancho I el Craso al ratificar un tratado firmado por su padre Ramiro II con los musulmanes y la cesión de diez fortalezas del Duero. «Los burgaleses -dice Sampiro- lo despojaron de su mujer y de sus hijos y le pusieron en la frontera musulmana.» El 8 de abril de 961 entró en Córdoba pidiendo ayuda y prometiendo cosas, y el califa le dio a entender que le mantendría en el trono si Sancho no cumplía sus exigencias, pero luego pensó que era mejor conseguir sus aspiraciones manteniendo al príncipe reinante que reponiendo al destronado. Ordoño IV, pues, títere y cometa de Fernán González, como podría haber sido de cualquier otro, pues las cometas se adaptan a volar en todos los vientos, representante de todos, como de la misma forma representante de nadie, es decir, vagando a ciegas, inútil, siervo de nada ni de nadie, rey de ninguno, acabó cobrando la moneda que deben y deberían cobrar aquellos que, por no adaptarse a uno, se adaptan a todos, es decir, a ninguno, se venden sin valor y acaban siendo valorados de la misma forma que fueron comprados. Fernán González fue su principal valedor, y Fernán González su más duro y cruel final. Sobre el carácter y la personalidad de este castellano elevado a la excesiva dignidad de mito por algún poeta, castellano, naturalmente, y muy inclinado a un parcialidad ostentosa, como es fray Justo Pérez de Urbel, nos encontramos con una semblanza que sobre el propio Fernán hace Claudio Sánchez Albornoz, corrigiendo a Pérez de Urbel y a la que nosotros otorgamos muchísima más credibilidad. Dice así: «Me he formado de éste (Fernán González) una imagen muy distinta de la que ha trazado, con su calor de poeta castellano (Pérez de Urbel), mi caro amigo. Se acerca mucho a la que acuñó de Fernán González el gran polígrafo Menéndez y Pelayo. Le tengo más por astuto y ambicioso, audaz y revoltoso que por heroico y genial¿ No hay en él un solo rasgo de altiva lealtad, un solo heroico sacrificio. Peleó con valor contra los musulmanes; pero, bravo capitán, tampoco nos ha dejado el eco de una grandeza guerrera que le consiga puesto entre los héroes máximos de la raza hispana.» En cuanto a los magnates leoneses que apoyaron la investidura de Ordoño con ayuda del conde castellano, qué decir. Hacía tiempo que habían perdido el sitio, la razón y la perspectiva. De Ordoño IV ya no se volvió a hablar, fue abandonado a su suerte y, olvidado, parece que murió de pena ese mismo año.

 

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