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Noche incandescente en el Auditorio

El respetable, puesto en pie, premió el extraordinario trabajo de pianistas y directores en el tercer Curso de Eutherpe

 

El pianista cubano William Villaverde, uno de los protagonistas -

Miguel Ángel Nepomuceno - león
Miguel Ángel Nepomuceno 18/07/2006

No cabe duda de que algo especial tiene la asociación pianística Eutherpe para que, como al vino, todos, excepto algunos visionarios de las administraciones, la ponderen, mimen y bendigan. Pero los resultados, por si alguien todavía lo pone en duda, están ahí. Tal vez mi pluma, de tanto repetirlo, no tenga ya la credibilidad deseada a la hora de significar las cualidades de una obra que hay que verla para creerla, pero voces y plumas más autorizadas que la de este cronista se han hecho eco estos días en los medios, tanto internacionales, nacionales y locales, para destacar la extraordinaria labor llevada a cabo por Margarita Morais  convocando estos cursos de piano y dirección de orquesta, únicos hasta la fecha, en su formato, en los cinco continentes. Ayer, en esta misma columna, mi colega en las labores de la crítica durante tantos años, José Luis Téllez, escribía con su habitual diafanidad, refiriéndose al modelo introducido por Eutherpe, que era «de una productiva originalidad que carece de precedentes en España, al hacer trabajar en la más estrecha colaboración a jóvenes pianistas con jóvenes directores, anticipando lo que habrá de constituir un segmento importante de su futura práctica profesional, mostrando además ante el público el resultado de su trabajo». Después del concierto del domingo los resultados han sido aún mejores, si cabe. Las lecturas ofrecidas por la pianista búlgara Anna Petrova, del concierto K. 271 de Mozart, junto a la orquesta Iuventas, con Francisco Valero en el podio, fueron otra forma de entender un lenguaje universal en términos expositivos. Limpieza en el fraseo, precisión en el ataque, cuidado uso del pedal, con el fin de trabajar la masa sonora hasta convertirla en un concepto tan personal como riguroso, fueron las premisas de esta joven pianista que tuvo una vez más en la orquesta su mejor respuesta gracias a la puntillosa y exigente batuta de Francisco Valero. Beethoven no tuvo la altura de Mozart en su temido Emperador , pero la frescura que Fabiana Claure le otorgó en el allegro y adagio contrastó la segura y cuidada lectura que Pedro Casals  realizó en el rondó. Aunque la apoteosis del curso llegó de la mano del director siciliano Paolo Carbone junto al maravilloso pianista cubano William Villaverde, alumnos directos de Aprea, el primero y de Achúcarro, el segundo. Fue tal la compenetración entre ambos, la seguridad en el podio de Carbone, que no dejó de marcar cada nota, cada matiz, cada tensión, con una gestualidad arrebatadora por su limpieza, metiendo el brazo en su preciso momento para expresar las tensiones a las que Listz sometió este maravilloso concierto para piano y orquesta nº1, que pocas veces se ve y se escucha algo parecido ni de la mano de los más grandes. Villaverde no tocó, diseccionó cada uno de los cuatro  movimientos y fraseo, expuso y recreó hasta conseguir una de las mejores lecturas de las que este cronista tiene memoria por la frescura y vitalidad que otorgó a toda su exposición, equilibrada, brillante y cristalina. El resultado: un Auditorio puesto en pie que no cesaba de gritar, patalear, vitorear a tan excelentes intérpretes. Algo para repetir, apoyar y consolidar.