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Los pecados de Rita Hayworth yacen en Cacabelos

Se llamaba Pedro Peñamil, era sacerdote, de origen berciano, y por azares de la vida llegó a entablar amistad íntima con una de las actrices más icónicas de la historia del cine, de la que fue cómplice y confesor. Escribió libros y quiso morir como los santos. Está enterrado en Cacabelos pero hoy ninguna placa, calle o letrero le tributan recuerdo. .


03/09/2017

 

E. GANCEDO | LEÓN

Mientras medio país se escandalizaba y el otro medio se extasiaba ante el más glamuroso y sugerente striptease de la historia del cine clásico —y breve, porque sólo se quitaba un guante—, pocos españoles podían imaginar que un compatriota tenía el privilegio, o la responsabilidad, de compartir con la actriz Rita Hayworth momentos de una gran intimidad, vedada al común de los mortales. Eso sí, no hablamos de intimidad física en uno de los más grandes mitos eróticos de los años cuarenta sino, en principio, de índole emocional y espiritual.

Esa persona se llamaba Pedro Peñamil Potes, y aunque había nacido en Buenos Aires a principios del siglo XX, siendo un niño regresaría a la comarca berciana de la que procedían sus padres, naturales de la localidad de Villadecanes. Y a pesar de la amistad estrechísima que entabló con una de las mayores divas del séptimo arte, y de otros talentos y aperturas que hicieron de él un sacerdote inusual, todo un personaje, casi nadie hoy, salvando el estricto ámbito familiar, conoce su historia. Ni una placa, un busto o una calle le rinden recuerdo y homenaje.

De entre los que sí se acuerdan hay que nombrar a Carlos de Francisco, responsable del blog Castro Ventosa, centrado en temas de Cacabelos y el Bierzo, y que ofrece una completa biografía de Pedro Peñamil, acompañada de imágenes históricas cedidas por la familia que también ilustran este reportaje. Otro de sus valedores es el profesor e investigador José Antonio Balboa. «Hará unos seis o siete años, un sobrino de este sacerdote, llamado Rubén, ya muy mayor y que vivía en una residencia de ancianos en Madrid, me llamó porque pretendía que a su tío se le hiciese algún homenaje en Cacabelos o se le dedicase una calle. Fue entonces cuando me contó su historia, que un primo dominico me completó».

Aquel acto público no llegó a celebrarse pero al menos sirvió para que el autor de numerosos libros sobre el patrimonio histórico berciano y leonés en general ejerciese cierta labor de difusión de la vida de Peñamil. Contó el episodio, por ejemplo, a Miguel Varela, director del Teatro Bérgidum, quien en uno de sus textos Fronterizos que publicaba en este periódico refirió que «en la tierra vieja de esa villa reposan para la eternidad los pecados de Margarita Carmen Cansino, que cuando enamoró al mundo con un guante ya se llamaba Rita Hayworth», y hace unas semanas lo recordaba también en medios radiofónicos.

Chispazos informativos que podrían ayudar a que la vida y obras de Peñamil Potes vayan alcanzando niveles públicos, aunque de momento quien más ha trabajado en este sentido es Carlos de Francisco a través de su medio digital. En él recuerda cómo sus padres Manuel y Elvira se vieron obligados a viajar a Argentina ante el maltrecho estado de la economía en el Bierzo («debilitada por la filoxera, aún no había comenzado a sentir los beneficios de la minería»). Pedro nacería a los pocos meses de llegar a Buenos Aires, pero allí habría de compartir alimento materno con otros bebés: para salir adelante, doña Elvira se empleaba como ‘ama de cría’ entre la burguesía bonaerense. Frustradas sus expectativas de una vida mejor, el matrimonio regresa a la comarca. En Villadecanes, Pedro ayuda a las faenas del campo y por ello pierde muchos días de escuela, pero como los maestros alertan a la familia de su talento natural, es enviado a estudiar al Seminario de Astorga. Allí avanza en sus estudios pero aflora en él un carácter «crítico y rebelde», como anota De Francisco, que le enfrenta a la férrea dirección del centro. Unos «poemas satíricos» distribuidos entre sus compañeros provocan que sea trasladado al Seminario de Cuenca, y es en este punto en que uno de los sobrinos de Peñamil, Antonio, amplía la información y aclara por qué pasó, de esa ciudad, a México. «Allí se encontraban unos mexicanos seminaristas que venían huyendo de la persecución que el político Plutarco Elías Calles estaba llevando a cabo contra los religiosos, y cuando ésta cesó, se marchó con ellos a México», dice. En el país azteca culmina sus estudios de Teología y Sociología, y es ordenado sacerdote.

Íntimamente preocupado por la formación de los jóvenes, será aquel Estado latinoamericano su plataforma de lanzamiento hacia Estados Unidos, ya que acabó siendo nombrado director de Acción Católica de Los Ángeles tras haberse desempeñado a fondo en delegaciones mexicanas de esa institución, y también comienza a trabajar como profesor de Literatura Española en la Universidad de Loyola. En Los Ángeles y su célebre distrito de Hollywood participa de una muy intensa vida cultural y conoce a directores, guionistas, actores... y también actrices, entre ellas Margarita Carmen Cansino Hayworth, hija de un bailarín sevillano y de una bailarina de orígenes irlandés e inglés. Carlos de Francisco defiende que fue «confesor y confidente» de la ya diva americana, y que tanto le hablaba del Bierzo que ésta quiso visitarlo «aprovechando una de las visitas que él haría a su ya anciana madre y al resto de la familia, pero el rodaje de una nueva película se lo impidió».

Antonio R. Peñamil, que conoció en su niñez al reverendo Pedro, confirma «la gran amistad» que tenía con la actriz por todo cuanto hablaba de ella, «pero que fuera confesor oficial, eso no lo puedo decir al cien por cien. Pudo serlo perfectamente, porque la complicidad debió de ser muy grande», expresa al Diario.

Peñamil escribió libros de apoyo y guía a la juventud como Corazón de acero o Antonio y Félix, y otros más novelados (Don Justo el Imprudente), amén de La marquesa del tricornio o vida de mujeres célebres y el poemario Espirales y volutas. Ninguno ha sido reeditado y sólo pueden encontrarse en librerías de viejo. Por su labor cultural, social y divulgativa fue galardonado con el Gobierno de España con algunas de las más altas distinciones del Estado, como la Medalla al Mérito en el Trabajo, la Cruz de San Raimundo de Peñafort y la Encomienda de Isabel la Católica. Aquejado de una enfermedad irreversible, y sabedor de ello, decidió regresar a la comarca tras su paso por la Clínica Ruber de Madrid y la Casa del Perpetuo Socorro. A las seis horas de haber llegado, falleció. Era 1951 y contaba con 44 años. Con él se iban también los secretos, pecados y faltas de la que el periodismo de la época calificó como ‘diosa del amor’.

 

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