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PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO

La Peña del Castro desvela cómo era la vida cotidiana en León hace 2.800 años

El primer castro excavado en la Montaña Oriental revela un cuidado urbanismo y hasta casas de colores. Sus habitantes criaban sobre todo ovejas y caballos en un poblado que terminó arrasado por el fuego

EMILIO GANCEDO | LA ERCINA
15/04/2015

 
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Es un paisaje digno de cualquier episodio de Juego de tronos: una gran mole caliza que se alza a 1.350 metros de altitud entre taludes de piedra que la van cerrando desde casi todos los ángulos a modo de sucesivas fortificaciones naturales. «El lugar idóneo para establecer un poblado de la Edad del Hierro...», susurra uno de los arquéologos encargados del estudio. Le llaman la Peña del Castro, está en La Ercina y aunque en la zona siempre se contaron historias sobre las gentes que aquí arriba moraban —y atesoraban «calderos de oro»—, jamás había sido excavado. Como ninguno de los numerosos castros que coronan las cimas de la Montaña Oriental leonesa.

Hace pocos días, los expertos Víctor Bejega y Fernando Muñoz depositaban en la Delegación de la Junta la memoria de la última campaña de trabajos desarrollados en un recinto que llegó a contar con cerca de dos hectáreas de extensión. Documentos que atestiguan la enorme riqueza arqueológica y los muchos datos sobre vida cotidiana que han aflorado en las laderas y la cumbre de esta especie de inmensa proa pedregosa alzada sobre las cabeceras del Esla y el Porma.

«El proyecto surgió por iniciativa de los vecinos y del Ayuntamiento de La Ercina, que querían conocer y poner en valor la Peña del Castro como recurso cultural y turístico. A partir de entonces comenzamos a trabajar para hacer realidad la intervención arqueológica en el lugar pero también para dotarla de un contenido mucho más amplio, basado en la llamada ‘arqueología abierta’, de modo que no fuese una mera excavación», explica Víctor Bejega.

Gracias a esa filosofía de trabajo, personas de la comarca y aficionados a la historia participaron, bajo supervisión de los especialistas, en las labores de sondeo y extracción de materiales. Pero además, los dos años de campaña han venido acompañados de una programación de charlas a cargo de expertos, filandones, debates... y hasta de recreaciones de batallas entre romanos y vadinienses.

«Tras un intenso trabajo previo de documentación —indica Bejega—, en 2013 realizamos una primera intervención que constaba de un sondeo de diez por veinte metros en el recinto inferior y otro más reducido en la zona alta. El primero nos permitió documentar la muralla y varias estructuras de la II Edad del Hierro mientras que el segundo presentaba algunos materiales con cronologías más antiguas, en torno al final de la Edad del Bronce e inicios de la I Edad del Hierro».

La segunda campaña, realizada el año pasado, se centró principalmente en la ampliación del sondeo del recinto inferior, y permitió al equipo de Bejega documentar un mayor tramo de muralla y una puerta de acceso, así como una calle y varias estructuras, tanto de vivienda como comunales. «En esta campaña también realizamos otros sondeos que nos permitieron conocer aspectos de los sistemas de fortificación de la ladera norte y del recinto superior del yacimiento», precisa.

Pero, ¿qué rastros del pasado encontraron con la capacidad de hablarnos de la vida diaria de aquellas gentes? «Entre los hallazgos más importantes podemos destacar varios: por un lado, los vinculados al urbanismo, entre los que destacan casas ovales y rectangulares construidas con un zócalo de piedra, paredes de entramado vegetal y barro y cubierta vegetal... pero también una gran construcción de carácter comunal donde los habitantes del castro realizarían reuniones y diferentes actos rituales y simbólicos».

Cada edificio, un color

Esa cabaña comunal fue construida en piedra roja para diferenciarla tanto de la muralla, levantada en caliza blanca, como de las casas erigidas con barro, remarcando aún más su carácter excepcional. «Durante la excavación de 2014 pudimos documentar en uno de los límites del yacimiento, al otro lado de la calle, lo que parece otra gran construcción utilizando arenisca amarilla, de nuevo jugando con los colores como mecanismo de diferenciación», aporta Muñoz, quien hace ver que la piedra roja la traían de una cantera ubicada a unos 800 metros de distancia y la amarilla, a otra situada a kilómetro y medio.

En cuanto al día a día, «son muchos los restos documentados en la Peña del Castro, y gracias a ellos podemos saber que su economía se basaba en la agricultura y la ganadería, ésta principalmente de ovejas, cabras y vacas, aunque también aparecen huesos de animales de caza y de caballos, algo que resulta muy poco frecuente, para este período, en Galicia y Asturias». «La presencia de molinos y herramientas como legonas o arados evidencian el trabajo agrario —añade—. Y también parece que desarrollan un importante comercio, presente en materiales cerámicos y metálicos cuyos paralelos se encuentran en zonas de meseta».

En cuanto a las armas, estas gentes de hace entre 2.800 y 2.000 años no empleaban espadas pero sí lanzas, «de las que encontramos una punta y varias conteras o regatones (la parte opuesta), además de cuchillos afalcatados, cortos, que irían colgados de tahalís».

En este punto, una pregunta concreta se impone necesariamente. ¿Cómo terminó sus días el castro? Responde Bejega: «Durante la excavación, varios hallazgos comenzaron a sugerir una hipótesis para explicar su final. Existe un colapso durante el cambio de Era, posiblemente asimilable a la ocupación romana del territorio durante las llamadas guerras astur-cántabras y el período inmediatamente posterior. El yacimiento se encontraba sellado por un nivel de carbones y ceniza vinculado a un gran incendio, con los tejados de las casas quemados y caídos al suelo, huesos de animales calcinados en plena calle… La temperatura fue tan elevada que, en la puerta, la caliza de la piedra se convirtió en cal. Sobre los restos de ese incendio jamás se volvió a habitar la terraza inferior del yacimiento, pues sobre las cenizas se encuentran los derrumbes de las estructuras. La muralla, por ejemplo, parece que fue destruida de forma intencionada, ya que presenta algunas huellas en el lienzo exterior que recuerdan a los métodos empleados por el ejército romano para destruir murallas, por ejemplo como los descritos por Julio César en la toma de Marsella. Además, el derrumbe masivo de la estructura apenas presenta restos de tierra, en lo que parece una caída rápida y simultánea de todo el recinto».

Unas evidencias a las que se suma la aparición de tachuelas, posiblemente de las sandalias de los legionarios, así como una esfera de piedra identificada como un proyectil de ballista romana. «Sin embargo, no podemos precisar si esta destrucción y abandono se debe a un asedio y conquista romana o a una acción de ‘tierra quemada’ de los habitantes que, en su huída ante el avance romano, incendiaron el castro», objeta el experto.

Además de ser el primer castro excavado en los valles orientales —con una riqueza que no esperaban los investigadores—, otra novedad de la Peña del Castro reside en su carácter abierto al público, de forma que hoy día resulta perfectamente visitable: se ha colocado un panel explicativo y en breve se instalarán más. También es del todo inusual el presupuesto de las campañas, superior a 60.000 euros, conseguidos gracias al apoyo de ayuntamiento, Junta y la Asociación de Desarrollo de Sabero, Cistierna y La Ercina (Adsacier) con fondos europeos. «Pero nuestra intención es que el proyecto continúe creciendo y que no sólo contemos con financiación pública sino también con aportes privados...».

Una búsqueda alternativa de valor añadido, de turismo y de empleo pero basada en la historia y en la cultura, algo que, a pesar de la ingente diversidad patrimonial leonesa, suele brillar por su ausencia en estas tierras.

 

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