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Protectora y valedora de Maragatería

 

Protectora y valedora de Maragatería -

Marifé Santiago Bolaños. Escritora, Profesora de Estética y Teoría de las Artes
23/08/2016

Una nube suave y benefactora en el verano, protectora del tiempo y sutil en la aparición, así recuerdo a Concha Casado este 22 de agosto, en el que las noticias nos hablan de su muerte. En mi memoria, estamos en Maragatería, en La Cepeda, estamos en León. Puede que sea agosto. Compartimos jornada, amigos, amigas. Son encuentros de un afable saber, herederos sin tregua de aquellos días en los que maestros y maestras, que lo eran o que llegarían a serlo, convertían cualquier rincón oscurecido por la historia en una lámpara luminosa. Concha llega pausada en su pasión, inamovible en su calma, trae un talismán cuyo poder se va demostrando en sus palabras: la importancia de conservar eso que se ignora de tan próximo, en lo que no se repara aunque sostiene el cielo de nuestras vidas. Porque, en la discreción del hábito, acabamos creyendo que esa cesta de mimbre ya ajada, que esa cazuela alfarera, que la pared de piedra o el palomar estaban ahí desde antes de poder decir ‘ahora’, como lo están los ríos o la montaña que a fuerza de cuidarnos acaba siendo sagrada.

En cada ocasión que nos encontramos, Concha Casado iba señalándonos la huella de las manos que, una vez, dialogaban con el mimbre y con la arcilla, con el adobe y con las aguas que calman la sed al mundo. Guiarnos hasta allí permitía, entonces, que la cesta y la cazuela y la pared y la techumbre, noble en su precariedad elemental, trajeran el acento de los hombres y las mujeres poseedores del don de hacer humana la vida humana siempre por hacer. Como Julio Caro Baroja o como Dámaso Alonso, por mencionar dos nombres indiscutibles que abrieron sendas a la cultura universal, con quienes estuviera unida académica y profesionalmente, Concha Casado ha dedicado su vida casi centenaria a atesorar la riqueza de lo que, en ocasiones, devaluamos al catalogarlo en el territorio de lo popular. Etnógrafa brillante, doctora en Filosofía y Letras, investigadora en el CSIC, desveladora exquisita de la parte oculta del patrimonio lingüístico o artesanal —sobre todo de León y sus lugares—, pertenecía, por formación y por vocación, a esa escogida pléyade de buscadoras de universos simbólicos desde los que mostrar cómo las raíces más aparentemente diferenciadoras que lo popular expresa son patrimonio de la humanidad. Me atrevo a decir que cuando la identidad lo es, deja de ser patria que separa y se convierte en matria que acoge y une. Esas raíces no atan; más bien al contrario, es por ellas, por la savia que las alimenta, por las que los seres humanos nos reconocemos en la cercanía, construyendo espacios de lo común desde la necesidad de establecer pactos de convivencia y futuro. Si tuviera que destacar alguno de los reconocimientos a su trabajo, de los premios que han ido llegando para agradecer su empeño infatigable, he de señalar que fue la primera mujer Leonesa del Año, o que la Asociación Ronda Segoviana y la Fundación don Juan de Borbón le otorgaron el prestigioso Premio Nacional de Folklore ‘Agapito Marazuela’. Y que se la nombró Protectora y Valedora de Maragatería.

Aquí me detengo. Estoy escribiendo en el País de los Maragatos. Concha Casado ya no está. No vamos a volver a encontrarnos. En estos tiempos, donde empieza a hablarse de la necesidad de metodologías científicas que yo llamo “del respeto”, como aportar una perspectiva de género a la investigación, creo que lo popular, que el lenguaje que lo nombra y forma, tienen mucho que enseñarnos. Esas manos artesanas, o la voz y la memoria que preservaba cantos, palabras para decir sentimientos y deseos, pertenece muchísimas veces a las mujeres cuyo anonimato representa el anonimato al que lo oficial somete sin réplica. Nos enseñaba, nos comprometía a seguir guardando esos tesoros, a sembrar de universos simbólicos la tierra que da, como fruto, dignidades. Una nube suave y benefactora en el verano, protectora del tiempo y sutil en la aparición. Así era.

Gracias, amiga. Séate la tierra ligera.