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La saga de canteros que bordó la Pulchra

Los hermanos Seoane, maestros canteros que mamaron el oficio de su padre en el taller que hubo en Los Cubos cuando León era primera zona monumental, defienden los trabajos permanentes en el templo como solución a sus males

 

José Andrés, Pelayo y Santiago Seoane orgullosos de que una obra de su padre, la reproducción de la Virgen Blanca, presida la puerta occidental de la joya leonesa - RAMIRO

Andrés Seoane Otero con Antonio Viñayo y un periodista - J.A. SEOANE

ANA GAITERO | LEÓN
29/03/2015

Conocen la piedra de la Catedral como la palma de su mano. Y con sus manos de canteros bordaron la Pulchra en muchas obras de restauración. Santiago, José Andrés, Pelayo, y también Manuel, mamaron el oficio de su padre a los pies del templo gótico. En aquel tiempo, desde finales de los años 50, la provincia de León era primera zona monumental, junto a Zamora y Asturias. Son la saga de los Seoane.

Tenían 14 años cuando se iniciaron como aprendices en el taller de Los Cubos. «Entramos para piedra, madera y pintura, ahora el que hace piedra no sabe hacer otra cosa». Allí empezaron a tratar con las piedras de la Pulchra. También intervienieron en los monasterios de Villaverde de Sandoval y Gradefes y en San Isidoro.

Hicieron la columna trajana de San Isidoro y participaron en el programa de restauración de todas esculturas de la ciudad para el Congreso Eucarístico. Han participado en la restauración de 25 catedrales, la última la de Palencia, que ahora está monitorizada para detectar cualquier problema. En Segovia hicieron pináculos y balaustrada.

Su padre aprendió en Galicia del escultor Gasorey. Los últimos de la saga en incorporarse fueron Pelayo y Manuel, los más pequeños, que nacieron en Asturias mientras su padre hacía las obras del santuario en la cueva de Covadonga. Santiago y José Andrés vinieron al mundo en Santiago de Compostela. «Los talleres de la Catedral y San Isidoro eran nuestra casa, ya conocíamos la piedra», comentan.

«Cuando se quemó la Catedral, en 1966, yo estaba allí abajo con otros dos o tres. Fui al Mansilla, ese bar que estaba en la esquina, (hoy Albany) a llamar por teléfono para avisar a don Luis», comenta Santiago. José Andrés estaba trabajando en el monasterio de Guadalupe. Recuerdan que cuando se restauró San Marcos para parador «vinieron a León muchos canteros que luego se quedaron, como Pedroche».

Fue una época dorada para el patrimonio leonés, con el arquitecto Luis Menéndez Pidal al frente. Recuerdan a un peón adelantado, «Cordero, que era como un gigante», relatan, «que subía a hombros a don Luis cuando se estaba restaurando el hastial sur para que viera las obras pues padecía del corazón».

En aquel tiempo el obispo Almarcha, que fue procurador vitalicio en las cortes franquistas, tenía mando en plaza. «Fue el mejor para el patrimonio», afirman. Los Seoane llegaron a León de la mano del arquitecto que les había contratado para las obras en Asturias. Andrés Seoane Otero tuvo cinco hijos y cuatro de ellos heredaron el oficio. Su primo Manuel Seoane Saavedra, también cantero, hacía las veces de tutor de los vástagos, sobre todo, cuando salían a trabajar fuera de la provincia.

«El de cantero siempre fue un oficio de trashumantes; ahora también, si quieres trabajar te tienes que mover», comentan junto a la copia de la Virgen Blanca que preside la puerta en la fachada occidental de la Catedral. En homenaje a su padre, autor de la escultura, piden ser retratados junto a la Virgen. «Mi padre salvó la Catedral cuando el incendio. Si siguen echando agua la habrían hundido», recalcan.

La huella de los Seoane está reciente en el templo. Santiago Seoane participó en la restauración de la torre sur en 1999, la última gran intervención sobre elementos pétreos en la Catedral. José Andrés estaba en la restauración de San Isidoro. Hace dos meses y medio, el desprendimiento de un vierteaguas de la torre sur disparó todas las alarmas sobre la situación del templo. Se especuló sobre la debilidad de las piedras y se levantó una polvareda en torno a la debilidad del templo. La piedra de Boñar se llevó las culpas.

Los hermanos Seoane sonríen y niegan la mayor. «La piedra no es el problema. Tiene que haber una continuidad y un equipo», alegan. Algo de lo que carece la Pulchra leonina desde que fueron desmantelados aquellos talleres y León dejó de estar en el mapa de las prioridades monumentales.

En los últimos 25 años se han invertido unos 11 millones de euros en el templo gótico. Casi la misma cifra, 11 millones de dólares, que se va a gastar en la próxima restauración de la catedral de Panamá, del siglo XVIII, en la que han ofrecido participar a los Seoane.

Lo que se puso al descubierto fue el olvido de las piedras de la joya leonesa. Los últimos años todos los esfuerzos se han volcado en las vidrieras. Si la piedra es oro molido, las vidrieras son diamantes. Y la joya necesita a las dos partes.

«La Catedral no se va a caer, funciona», afirman los tres hermanos. Y la piedra de Boñar, añaden, «es la mejor para nuestra Catedral; es bonita, buena y es la que mejor pega para el color del cielo de León», apostillan. «Los problemas de la piedra son generales», aclaran. El agua que circula por debajo del templo, añaden, «tiene que influir». La Catedral está encima de las termas romanas. Recuerdan cuando se instaló la calefacción que «no dábamos abasto a recoger agua». Otro problema que acecha a la piedra son algunas técnicas de restauración que se utilizaron en el pasado, como el cosido mediante grapas metálicas: «Las grapas de hierro revientan la piedra», sentencian.

Ellos saben bien que «los materiales de agarre para hacer la restauración son las cales. Hay que meter cal, antes se preparaba aquí mismo y luego se hacía la restauración. Ahora se trae de Francia», explican.

A la piedra hay que conocerla y saber tratarla. «Lo que hace falta es dinero, que lo dejen trabajar y sacar y meter piedra. Un equipo. En la Catedral de León nosotros trabajamos siempre muy agusto», subrayan. La piedra de Boñar «está en todos los monumentos de León y de la provincia. Hasta en Astorga, la Catedral no, pero el edificio del Ayuntamiento tiene piedra de Boñar», alegan en su favor.

«La piedra se debe consolidar sin ningún producto químico y no se puede sacar en invierno porque entonces se machaca», advierten. Palabra de cantero. Son los sabios de la piedra.





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