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La señorita de Benllera sí tenía tesoros

Esteban Álvarez Castañón, joven investigador de la poderosa casa señorial de Tusinos, pide ayuda para mostrar un abultado patrimonio que incluye arte, libros, colmillos de mamut y un pleito de tres siglos. Sus dominios se extendían desde la playa del Sardinero hasta la enorme quinta de El Abrojo, en Valladolid, y la última moradora del palacio se enorgullecía de haber dormido, cada noche de su vida, «en terreno de mi propiedad». Se trata de la familia Álvarez de las Cuevas, de múltiples ramas englobadas bajo el nombre de Casa de Tusinos. Hoy, su administrador quiere divulgar un legado de obras dispersas, alguna hasta en el Museo del Prado, y busca crear el museo de esas nobles que en Omaña y Luna llaman ‘las señoritas’.

emilio gancedo | león
24/01/2014

 

«Señorita de Benllera/ ¿quién te dio ese don?/ Una cabra rebeca/ en las Peñas del Pradón/ Riqueza llama a riqueza/ de casta le viene al galgo/ Y el rey Pelayo la otorgó». La tradición oral de los valles de Luna y Omaña abunda en referencias a una poderosa casa señorial ramificada en múltiples ramas y apellidos pero cuyo primer solar puede rastrearse hasta el lugar de Cuevas de Viñayo y su amplio valle, el de Tusinos. La familia de los Álvarez de las Cuevas se extendió por diversos lugares del Norte y el Centro peninsular sembrándolos de obras de arte, libros incunables, muebles antiguos y numerosas sorpresas. Y célebre entre sus muchos miembros fue Manuela Álvarez de Miranda y Cuenllas, conocida como La señorita, hija de doña Bernarda Cuenllas, cuyas posesiones se extendían desde el Sardinero hasta Valladolid y la última moradora de la residencia más señera de esta saga, el palacio de Benllera.

Entusiasta investigador de todas las cosas de la familia, Esteban Álvarez Castañón, nombrado por doña Rosalía, la última descendiente de la casa, «guardián y dueño del patrimonio de los Tusinos» («por vínculo de estirpe al concurrir en mí los apellidos de Álvarez y Castañon», aclara), está empeñado en divulgar el amplio patrimonio histórico y artístico que esta poderosa casa leonesa fue acumulando. Para ello, plantea a las instituciones varias posibilidades, desde la cesión de determinadas piezas para una exposición «que, quizá, podría tener lugar en el Museo de León» o la más ambiciosa, la creación de un ‘Museo de la Señorita’ con la mayor cantidad posible de obras de arte familiares.

Lugar idóneo para su ubicación sería el palacio de Benllera, aunque hace ya tiempo fue comprado por un particular. «De todas maneras, con una parte de esa casona bastaría, quizá uno de los torreones», propone Álvarez Castañón, quien es capaz de hablar horas y horas de los Tusinos a pesar de su insultante juventud: con sólo 26 años lleva más de tres completamente volcado en la investigación de este asombroso legado. «Todo está perfectamente referenciado y documentado», avisa sobre la gran cantidad de legajos que ha revisado en la Chancillería de Valladolid, en el Archivo Histórico de León... eso sí, con la ayuda profesional de la historiadora María Teresa Díez.

Entre ese patrimonio, Esteban Álvarez destaca piezas «como el escudo de madera de nogal de los Tusinos, tallado hace 200 años; y el enorme trono de doña Bernarda, así como su retrato y el despacho entero; la coleccion de bargueños de los siglos XVII, XVIII y XIX; una acreditada pinacoteca en la cual pueden encontrarse obras de pintores como Eduardo Cano de la Peña, de la escuela de Carreño de Miranda; la famosa arca de los Tusinos, una colección de marfiles de mamut... y la extensa documentación y archivo de la casa». Objetos todos ellos guardados en inmuebles de Omaña y Luna, amén de Madrid, donde reside doña Rosalía, y que se unen a otros en la ‘diáspora’ como una bandeja de plata que expone el Museo de San Isidoro de León y que representa la legendaria batalla de Camposagrado, o el llamado ‘retablo de los Tusinos’ de Carrocera que se encuentra en el Museo del Prado.

En cuanto a documentación, libros y legajos, la cosa daría para varias tesis doctorales, aunque, de tener que quedarse con algunos, Esteban Álvarez Castañón reseñaría «la fe de armas, que data de 1584 y está firmada por Felipe I, y el pleito con el Marqués de Astorga apoyado por los marqueses de Inicio-Villalcampo y la Casa de Alvar, que es con lo que más he trabajado». Un litigio descomunal surgido a causa de determinados préstamos no devueltos que duró más de tres siglos —de 1500 a 1867— y en el que, como recuerda Álvarez, se puso «medio marquesado de Astorga» como garantía. Pero además existe un misal que data de 1696 y un árbol genealógico que se remonta a la época de los primeros reyes asturleoneses... una documentación de la que nunca se separa el joven ‘guardián de la casa’. «Siempre viajan conmigo», asegura.

«La casa solariega de los Álvarez de las Cuevas estuvo originalmente en Cuevas de Viñayo, era la que llamaban ‘la casa blanca de Cuevas en Tusinos’, de la que hoy sólo quedan algunos restos —repasa Esteban— pero después sus moradores y descendientes se trasladaron a la casona de Benllera al casarse María Álvarez de las Cuevas con Domingo Fernández de Colinas y Zúñiga, y también pasaron con ellos los escudos de armas y parte de la capilla». Pero la familia contaba con más residencias y propiedades, «entre ellas el palacio de Folloso, la ‘casona del manco’ de Cuevas, la casona de Sorribos de Alba, el edificio que se alzaba en el número 8 de la calle Cardenal Landázuri de León y que hoy es parte de Nuestra Señora de Regla y del colegio de las Carmelitas, el palacio de los Cuenllas en La Cueta de Babia, barrio de Cacabillo... más 1.734 fincas repartidas por 23 ayuntamientos de la provincia de las que hoy solo quedan en manos de la familia 78, divididas entre los diversos herederos».

De cualquier modo, y al menos a corto plazo, el primer movimiento de Esteban Álvarez Castañón será la puesta en marcha de una página web en la que irá ‘colgando’ documentos, textos e imágenes relacionadas con este formidable linaje. Lo que no sería posible, objeta, son las donaciones, ya que el grueso principal del patrimonio «no se puede vender, donar ni dividir, aunque sí son factibles las cesiones, siempre por un periodo determinado y regresando de nuevo a la familia: ese es el deseo de la firmante del último vínculo, que el legado no se desmembre y quede como parte de la historia leonesa para su estudio y conservación».

«Para mí, no hay duda —conluye el ‘guardián’—: fue la casa más importante de León y parte de Castilla por su entronque con otros célebres linajes como los Castañones de Monroy y los Rodríguez-Castañón, con la casa de Medina-Sidonia y la casa de Alba, con los marqueses de Inicio, con los de Villalcampo, con el Marquesado de Astorga... y hasta con el mismísimo Enrique de Trastámara».

La leyenda popular dice que la riqueza de la familia provenía de un fabuloso tesoro que encontraron en el monte. Al final los Tusinos sí tenían tesoros, pero eran de otra índole.

 

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