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PATRIMONIO

De torre olvidada a atalaya comarcal

Mucha gente se ha preguntado por lo que es realmente el torreón de Fresno de la Valduerna, una de las estampas más misteriosas y fotografiadas de León al que se ha buscado orígenes en casi todas las épocas. En realidad es cuanto queda de Vega, un pueblo desaparecido, y ahora será rehabilitado con 82.800 euros para crear un singular mirador

 

Carlos Anta señala la torre aislada de Fresno, testigo de una iglesia de buenas proporciones y cuya estructura sería similar a la de Velilla de la Valduerna. - MARCIANO PÉREZ.

Enterramiento antiguo. - MARCIANO PÉREZ

E. GANCEDO | FRESNO DE LA VALDUERNA
08/11/2018

Quiso el azar, o la suerte, o el hecho de que acudir a lugares pequeños en apariencia y grandes en historia siempre depara cosas provechosas, que un hombre paseara cerca de la vieja y misteriosa torre, y al preguntarle si era vecino del pueblo, respondiese que sí... y añadiese que su abuelo fue «el último sacristán de esa iglesia». Y procediera a contar las leyendas e historias que rodean este torreón aislado en medio de la Valduerna que no ha parado de hacer girar en torno a su enigmática silueta todo tipo de teorías sobre su esencia y origen.

Se trata de un sólido vigía cercano a Fresno de la Valduerna, objetivo de muchas fotografías por su situación retirada y su sugerente, romántico aspecto, y cuya consolidación ha sido aprobada por la Diputación leonesa dentro de su Plan de Recuperación del Patrimonio con 82.800 euros. El proyecto lo impulsa el Ayuntamiento de Villamontán y su responsable técnico es el arquitecto bañezano Carlos Anta Arias, en cuya documentación hay referencias a cuanto se sabe de este curioso lugar. Así, en declaraciones al Diario recordó que la torre fue declarada Bien de Interés Cultural en 1949, que su construcción revela una excelente factura y que es cuanto queda de la iglesia de un pueblo desaparecido.

«En muchos lugares se habla de ella como ‘torre romana’, y aunque en la zona hay huellas abundantes relacionadas con el pasado romano, como la lápida de Villalís y los vestigios de la minería del oro, no puede hablarse de tal, aunque quién sabe sobre qué anteriores edificios pudo elevarse. ¿Pudieron serlo sus cimientos?», se pregunta Anta, y en el proyecto hace constar cuantas teorías y explicaciones ha encontrado. Por ejemplo, la Dirección General de Patrimonio Cultural la describe como «una iglesia bajo medieval-moderna, en ruinas, de la que se conserva la torre». Y Carlos Anta cita al catedrático de la ULE Laureano Rubio, que además es natural de la comarca, para dejar asentado que la iglesia perteneció a un pueblo que, «por alguna razón», fue despoblándose para acabar desapareciendo por completo. «Fresno debía de ser un barrio de esa localidad, creció en torno a una capilla que hoy es la iglesia parroquial y actualmente es el núcleo que subsiste, mientras que el otro hace tiempo que no», comenta el responsable de un proyecto que aún tendrá que atravesar diversos trámites burocráticos antes de que las obras den comienzo, previsiblemente ya entrada la primavera de 2019.

La torre parece brotar de la oscura tierra valdornesa, entre sembrados de patatas y cereal, y «sin ninguna referencia ni elemento que la contamine visualmente, más allá del caserío de Fresno, distante a más de 500 metros», puede leerse en la memoria, donde también consta que su planta es rectangular y que cuenta con unas dimensiones de 5,90 por 6,17 y una altura total, hoy, de 16,68 metros. «Se llevarán a cabo tres catas arqueológicas para conocer dónde estaba el nivel original del suelo, algo esencial para conocer las dimensiones del templo, que debían de ser importantes», comenta Carlos Anta, a la vez que resalta el hecho de que el edificio, de gruesos, excelentes muros, no presenta patologías más allá de la pérdida de materiales en el arco de acceso, seguramente fruto de expolios. La actuación que plantea el proyecto, aún a expensas de su aprobación por parte de la Comisión de Patrimonio, prevé abrir los huecos cegados y hacer la torre accesible, convirtiéndola en un singular mirador. «Tiene como finalidad atajar el deterioro de la torre y garantizarle un futuro al restaurar todos los elementos de los que tenemos constancia de que existieron», reza el documento, y los concreta en la «reconstrucción de la cubierta empleando materiales, diseño y soluciones tradicionales»; en la «reconstrucción de los forjados en los niveles que existieron»; en el hecho de que se restaurarán «dos arcos de la planta baja, reparándolos con mampostería» y en que se ejecutarán «obras de urbanización de acceso para garantizar su accesibilidad y facilitar su visita y puesta en valor como foco de desarrollo del entorno».

Y mientras Carlos Anta desgranaba su documento técnico, Herminio López, vecino de Fresno, comparecía para aportar cuanto a nivel popular se dice del lugar, comentarios que en gran medida vienen a respaldar las afirmaciones del catedrático Laureano Rubio. «Aquí había otro pueblo, Vega de la Valduerna, pero una epidemia acabó con la mayoría de sus vecinos; dicen que de 120 que eran, quedaron diez o doce». Y apuntala la noticia recordando que la gente que trabaja las tierras de alrededor «suele sacar mucho cimiento de paredes». Este hombre siempre escuchó que los supervivientes «se acercaron al agua», al río Peces, para acabar reuniéndose en torno a la capilla de Santa Marta de Fresno, entonces «una aldea», como lo denomina. También deja constancia de los restos humanos que surgieron cuando se excavó para meter ciertas tuberías de agua... restos que, de hecho, siguen emergiendo: Carlos Anta muestra un enterramiento con huesos aún visibles bajo una gran losa de piedra y al pie de los caídos muros de la iglesia, cuya ubicación se sigue intuyendo por la acumulación de escombros. «Es un enterramiento antiguo, no es del XIX», observa Anta, y confirma esas periódicas apariciones tanto dentro del recinto como fuera, en el antiguo cementerio. Herminio López refiere que su bisabuelo Gregorio fue precisamente «el último sacristán de la iglesia», «allá por 1850», y que su suegra aún recordaba ver las paredes del templo en pie, aunque ya sin cubierta. «También era maestro, y fíjate, les decía a sus hijas que no fueran a la escuela, que para qué iban a ir. ¡Lo que han cambiado las cosas», reflexiona.

Y condensa Anta el espíritu de su restauración al decir que la torre no será otra cosa que lo que ha venido siendo: «Un elemento icónico del paisaje».




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