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MINORÍAS ABSOLUTAS

La tristeza

 

RAFAEL SARAVIA
11/01/2017

La tristeza… o contado de otra manera: «Huyen/ despavoridos los fantasmas./ Suenan/ al unísono todos los relojes/ y vuelve a suceder lo sucedido». De esta otra manera uno entiende por qué la tristeza va a ser definición del mes de enero del año 2017. De esta manera afina la sensación Angelina Gatell en su libro Ceniza en los labios (Bartleby, 2011) y con ella sucumbo al conflicto ineludible de saber que vuelve a suceder lo sucedido.

Lo sucedido no es otra cosa que la despedida importante. La despedida este sábado día 7 de enero de una de las poetas esenciales en la voz que ejerce la verdad. Angelina Gatell se nos fue cargada de poema y conciencia, como hizo durante toda su existencia, al amparo de su propia escritura y en pro de una lucha por la dignidad que estuvo presente hasta el final de sus días. Fueron muchos los que respetaron con fervor su pedagogía vital: Celaya, José Hierro, Blas de Otero… sin embargo pocas instituciones la reconocieron y se nos fue con el testimonio bien anclado en sus lectores pero dejando en feo a aquellos que no fueron capaces de representar una verdad, el merecidísimo Premio Nacional para una mujer que marcó la poesía del siglo XX en nuestro país.

Pero la tristeza se pronuncia con redoble de tambor y repique de dolor. Porque a la pérdida de una poeta como Angelina Gatell, que lo dio todo desde la Guerra Civil hasta nuestros días, se une el dolor y la incomprensión por la pérdida de un poeta que estaba conformando el siglo XXI de la poesía de nuestro país. El domingo 8 de enero, con tan sólo 37 años de edad, mi querido José Ignacio Montoto dejó de latir. Toda palabra para designar esta injusticia se queda corta. Nacho Montoto era vida y tan ajeno a la palabra fin que se me hace difícil construir estas líneas. Un poeta con la pasión encendida por la palabra sentir. Un gestor cultural que en sus últimos años dio esplendor y diferencia a un festival que ya sabía a lo mismo. Un hombre que todavía prendía los días con la ilusión de niño. O como decían sus versos: «Rota nuestra bóveda, mi cuerpo languidece. Apenas habitan en mí un par de cicatrices abiertas de las que brotan pequeñas luciérnagas con cara de niño».

La tristeza se ha apoderado de este enero. Después de Gatell, después de la injusticia que supone la partida de Montoto; aún se nos va más la pérdida de lo pensable. Anteayer, lunes 9 de enero, se apagó la voz que conformó una de las líneas de pensamiento actual más críticas y luminosas con la sociedad de consumo actual. Zygmunt Bauman, el filósofo y sociólogo polaco que fue ejemplo de la convulsión que han supuesto los fundamentalismos del siglo XX, dejó un legado que sin duda podrá ayudarnos a corregir los desvaríos que las redes sociales y la ausencia de compromiso mutuo veraz están ahondando en nuestro mundo actual.

Un enero que no se ha mediado y ya apunta a catástrofe. Un enero triste que nos deja una cojera emocional y vivencial difícil de superar. Tres pérdidas y un sólo consuelo, todos ellos nos dejan sus libros como herencia perpetua.

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