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Un artista en tierra de nadie

Pierre Gonnord descendió a los abismos de León para revelar la luz de la mina

cristina fanjul | león
18/11/2013

 

«El retrato es una fórmula de vida. Una experiencia que implica el encuentro con los demás. Sentir, cuestionar y expresar. Es un acto vital de confianza y amor. Pienso siempre en imágenes que nos tendrán que sobrevivir en una lucha contra el olvido....»

Cuando contemplamos uno de los retratos de Pierre Gonnord la soledad te inunda el alma. Hace casi nueve años, el Musac mostraba en León la obra de este francés que ha sido comparado con Velázquez. Su serie de mendigos sepultaban en silencio la sala en la que compartían espacio con Enrique Marty y conseguían convertirse en una tierra de frontera dentro de la muestra.

Hace algún tiempo, el artista regresó a León para captar la mirada de los mineros en un trabajo que tituló Tierra de nadie, un mundo que tan sólo regresa a la realidad cuando el duro ciclo de la vida se interrumpe de manera trágica.

Algunas de las historias que conoció están en estas páginas, «miembros de largas sagas obreras desde hace generaciones, gente luchadora y orgullosa de lo que son y han sido, preocupados por su porvenir». Rememora a un lavador de carbón a punto de jubilarse y que retrató al acabar la larga jornada con los ojos llenos de nostalgia, a dos jóvenes inmigrantes recién llegados, Lackowski de Polonia y Glushenko de Georgia... «Me acuerdo de sus rostros valientes, de sus miradas y la dureza del desarraigo, lejos de su país, en un trabajo difícil pero con la fuerza de la juventud.

Pierre Gonnord bajó a la cuenca de Ponferrada y a la de Villablino, y se convirtió en uno de ellos, trabajando día y noche, aguardando los relevos de los turnos para conocer a aquellos cuya mirada devolvería meses después.

El viaje creativo de Pierre Gonnord se aventura a través de grupos humanos con fuerte identidad cultural y en peligro de extinción. Humillados y ofendidos, por lo tanto, aunque él prefiera decir que no sólo. «No sólo», pero su régard siempre se posa sobre individuos pertenecientes a un grupo con raíces bien arraigadas en una historia ancestral, seguro de su identidad «mientras la nuestra se vuelve borrosa». Es, por la tanto, la búsqueda de la eternidad frente a la fugacidad y el espíritu caduco imperante en la sociedad global. «Me interesa la comunidad minera del norte de España porque sus rostros brillan con una luz distinta y explorar esos márgenes es mi manera de reconocer la importancia del silencio construido socialmente, del riesgo de colapso, de desaparición pero sobre todo de rendir homenaje a esos ‘otros nosotros’, personas habitadas por una extraordinaria fuerza vital», destaca.

El artista asegura que la luz de la mina aún persiste en su memoria, tamizada por la consciencia del trabajo bien hecho, de la solidaridad entre hombres, de su identidad inquebrantable. Todas estos valores, obviados por la uniformidad de una sociedad anclada en lo banal, nos retan desde el otro lado de la imagen, y lo hacen con la fuerza cerval del calor de esa tierra de nadie, de ese mundo germinal que sólo sigue gracias a ellos.

«Retratar es conocer y compartir vivencias, episodios cómplices de las vida y, a la fuerza, me han hecho más rico en humanidad, ayundándome a romper barreras, ganar en confianza en lo que somos, de qué somos capaces los seres humanos con buena voluntad», sostiene el artista.  

El proceso creativo de Pierre Gonnord es una suerte de sacerdocio, un afán que no puede separarse del resto de facetas. Desde su primera intuición artística, estableció una forma de vida y de trabajo en el encuentro de los demás, «de otras realidades que me importan y que también me unen a una única condición universal». En plena vorágine de ferocidad individualista, reivindica la celebración del hecho de estar vivo, comprometiéndose con la sociedad, expresando a sus contemporáneos su propia visión de las realidades. «El retrato es ante todo una comunión y apropiación de dignidad, fuerza moral, fragilidad, y belleza que nos asemeja a todos. En un sentido más amplio, es como rebelarse por un instante contra el drama de existir, de vivir y morir». 

Pero, ¿de qué manera ha ido evolucionando y depurándose le técnica para llegar a traspasar la realidad con tanta fidelidad? y, sobre todo, ¿la elección es premeditada? «Invito a determinadas personas al ritual del retrato porque su carisma, su carácter y propia historia me parecen dignos de narrar», reflexiona Gonnord, que explica que siempre trata de expresar la visión personal que el universo psicológico del modelo le inspira en el encuentro, y recuerda las palabras de Wilde: «Todo retrato que haya sido pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo». De esta manera, se confiesa, dejando al desnudo el propósito de todo creador: «Con cada obra estoy más cerca de mí mismo, a pesar de que —paradójicamente— estoy retratando rostros ajenos». Y es que todo artista aspira a que sus creaciones perduren, resistan al paso del tiempo; todo artista anhela vencer la náusea dejando parte de sí en su obra: «La certeza de que ésta evoluciona más allá de la persona que la produjo es la mejor garantía posible para asegurar su inmortalidad en un acto de transfiguración», resume Gonnord que, por lo tanto, recuerda la importancia capital que en esta contemplación de la propia subjetividad tiene la figura del espectador. «Para que nazca verdaderamente un retrato hace falta un tercer elemento: el espectador que proyectará su propia historia a la hora de enfrentarse a ese nuevo ‘yo’», defiende.

Heterodoxo, quita la razón a los que buscan en su creación el retrato del alma: «No —insiste—, la intimidad del otro sólo pertenece a ese otro. Un rostro, un retrato vincula y reúne a las tres intimidades tanto del modelo, como del autor y del espectador, convirtiéndole en un espejo misterioso, abierto a todas las visiones y sueños posibles», subraya.

La parada actual del artista se llama El sueño va sobre el tiempo, una serie de imágenes que se exponen en el Ceart y que fueron realizadas por el artista en El Alentejo. Cuenta Pierre Gonnord que en los días que pasó en León leyó de manera compulsiva a William Faulker y a Anton Chéjov, parabolistas de la decadencia y la pérdida. Absalon Absalon y En la llanura, Tío Vania… «retratos implacables sobre la condición humana desde la infancia hasta la vejez», el hombre, la suma de sus desdichas... La pregunta es cuánto podemos resistir sin cerrar(nos) los ojos.

 

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