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De Valporquero al presidio

La investigadora leonesa Araceli González relata en un libro un curioso ‘caso de corrupción’ en el siglo XIX El fraile montañés Hipólito tuvo que emprender un largo pleito para demostrar que no había robado 100 onzas de oro de su convento.

 

Araceli González, abogada e investigadora, frente a la iglesia del pueblo de Valporquero. DL -

Portada de la obra. DL -

16/01/2017

e. gancedo | león

«Ésta es la historia de Hipólito González, un montañés de Valporquero que decidió no traicionar su compromiso religioso aun a expensas de perder su bien más preciado:? la honra». La síntesis del caso es perfecta, y la pronuncia Araceli González, abogada e investigadora leonesa residente en Málaga desde hace muchos años que acaba de sacar a la luz un nuevo y singular hecho histórico relacionado con su pueblo natal, ese que alberga, en forma de fantásticas cuevas, una de las maravillas geológicas más sorprendentes de España.

En De Valporquero al presidio, libro que se suma a, entre otros, Valporquero: donde todos eran hijosdalgo y El karst de Valporquero, la autora analiza la sufrida historia y largo pleito de Hipólito González, o ‘Hipólito de Jesús María’ en la religión, vecino de la aldea argollana que, después de ingresar en los Franciscanos Descalzos de la villa de Ampudia (Palencia), donde llegó a prosíndico, una especie de administrador, se vio envuelto en un enrevesado proceso judicial al ser denunciado por el comisario de la Inquisición y cura del cercano pueblo de Abarca, Juan Antonio Prieto, quien le acusaba de no haberle devuelto «las 100 onzas de oro que le había dado a guardar».

Araceli González tuvo noticia de este suceso —datado a principios del siglo XIX— mientras buscaba en los archivos de San Isidoro, Simancas, Indias y Chancillería de Valladolid datos de interés sobre Valporquero y sus habitantes, y donde lleva localizados, desde 1490, muy distintos temas hasta ahora ocultos. «El pleito me llamó la atención por su vertiente jurídica, claramente una deformación profesional. Y después de una primera lectura me pareció oportuno dejar constancia de su peripecia con los suyos y con la administración de justicia de la época», explicó al Diario.

ENCARGADO DE LAS compraS

En concreto, Hipólito González era el encargado de realizar la compra de alimentos para su comunidadad y para otros conventos de los alrededores, «ejerciendo también esa actividad para algunos vecinos de la zona que se lo encargaban», contextualiza la escritora. De ahí que el hombre mantuviese una relación muy estrecha con la montaña leonesa, Asturias y Tierra de Campos, donde hacía los acopios. Como tantos otros argollanos, gente tradicionalmente arriera y mercante, «estaba muy dotado para esta actividad comercial, oficio por lo demás elegido de manera recurrente por los vecinos de Valporquero cuando emigraban a otros lugares, principalmente a Oviedo donde hay muchos ejemplos», añade Araceli González.

Hipólito guardó en su celda, durante más de siete años, el dinero del cura de Abarca hasta que, a petición del síndico de su convento y con objeto de solventar ciertas dificultades económicas de la comunidad, «abrieron el cofre y utilizaron algunas cantidades para el auxilio del colectivo con la intención de devolverlo más tarde —repasa la autora—. Posteriormente sufrió robos que disminuyeron en gran medida la cantidad depositada. Y justamente cuando sacaron el dinero fue el momento elegido por el cura de Abarca para reclamarle la devolución del depósito, comenzando así el calvario de Hipólito: el presbítero, de hecho, no admitía más que una devolución inmediata de las 100 onzas en su totalidad, sin entregas a cuenta».

Araceli González, que es miembro de la Academia Malagueña de Ciencias y ha ocupado diferentes cargos de responsabilidad pública en aquella ciudad —fue concejala de Medio Ambiente, por ejemplo—, comenta que su libro revela «la vida cotidiana en un convento de pueblo a principios del siglo XIX, las relaciones entre sus moradores, su economía y los recelos entre unos y otros; amén, en este caso, de la estrecha relación de los frailes con el cura de Abarca, al que visitaban a menudo y que probablemente debía conocer todo lo que ocurría en la comunidad... Lo más curioso es que ninguno de los frailes, en las sucesivas pesquisas llevadas a cabo, recordaba nada respecto al dinero y su uso». Pero, además, la obra evidencia los continuos obstáculos que encontraron los jueces para llevar a cabo la investigación «y sobre todo el abandono a su suerte del protagonista, que, mantenido con grilletes en las prisiones donde estuvo detenido, guardó silencio para no perjudicar a los suyos, quedando en la soledad y en el desamparo más absoluto frente a la maquinaria judicial».

¿Y qué fue, al final, de Hipólito de Jesús María? «La última parte del pleito está más deteriorada a causa de la humedad, por lo que sólo conocemos sucintamente el testimonio de su condena. No sabemos si definitivamente tuvo que ir a la cárcel a cumplirla aunque mi sospecha, al no haber apelado la sentencia y al faltarle pocos meses para que se cumplieran los cuatro años a que fue condenado, es que pudo haberlos pasado en Valladolid».

Para ella, claro inocente

En su calidad de abogada y jurista, Araceli González no se sustrae a valorar la culpabilidad o inocencia del protagonista. «No es un ejercicio arriesgado —reflexiona—. Siguiendo la vida de la comunidad a través del pleito y conociendo el comportamiento de sus compañeros y sus clamorosos silencios, estimo que allí todos eran conocedores de lo que había ocurrido con el dinero depositado por el cura de Abarca y en qué se había empleado. Y no me cabe la menor duda de que él, en este asunto, actuó en todo momento con el conocimiento de sus superiores y en favor de la comunidad».

«Del resto de su vida nada sabemos por falta de datos, y tenemos que imaginarlos —concluye la investigadora, abogada y colaboradora de medios de comunicación—. Seguro que volvería a Valporquero, donde estaban los suyos, y dada su facilidad para el comercio podría haber continuado ejerciendo esa profesión. O bien pudo dedicarse a la trashumancia, como otros muchos habitantes del pueblo. Pero su final deberemos escribirlo cada uno de nosotros».

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