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Videoclips de los ochenta

 

02/01/2014

Crítica de televisión miguel labastida

La muerte de German Coppini sirvió para que muchos recuperásemos ese videoclip, medio cutre pero con encanto, que con la canción Cena recalentada se hizo en La bola de cristal. «Cena recalentada cuando llego tarde a casa. La imbécil de mi hermana que me pica y que se pasa. La loca de tu madre que me chilla y no se cansa...» se convirtió en un himno entre miles de jóvenes que se identificaban con la letra y con las imágenes de un muchacho enamorisqueado que no puede ni echarse a la boca la sopa y al que le entran por un oído y le salen por el otro las recriminaciones de su madre. Hablar de las virtudes del programa de Alaska y los electroduendes es casi de mal gusto, de tantas veces que ha sido repetida la reivindicación. Por su carácter revulsivo, por tratar al espectador de manera inteligente, por acercar a los jóvenes a la cultura... El fallecimiento del líder de Golpes Bajos nos recordó además la importancia que la televisión tuvo en tiempos pretéritos para la música.

Los videoclips apenas habían tenido recorrido en España hasta que la pequeña pantalla decidió ponerse al servicio de los grupos y ofrecerles un mecanismo de promoción y crecimiento que en otros lugares, como Estados Unidos, estaba muy arraigado. Los primeros intentos los hicieron, a principios de los ochenta, en el programa ‘Pista libre’ con unos jóvenes Mecano, perdidos en su habitación y que sólo querían vivir en la ciudad. La bola de cristal apostó firmemente por el formato, que hoy en día es un testimonio impagable de aquella época. Auserón se metió en la cama para rodar sus Sueños en televisión, los Gabinete Galigari pasearon La sangre de tu tristeza entre indigentes, y El Último de la Fila entró en combate con Querida Milagros. Era televisión pública al rescate de una industria también en crisis en esos tiempos y que servía de impulso para un montón de rostros desconocidos que hoy son historia de la música. Aquella utilidad se perdió. Los talentos emergentes sólo encuentran hoy hueco en las parrillas para competir en concursos más preocupados por el espectáculo que por las carreras de los músicos. Malos tiempos para la lírica.