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PESCA

El baile nupcial en los ríos leoneses

El ciclo de la vida. Con el invierno llega el momento del solemne ritual de la reproducción de las truchas leonesas, el denominado desove, convirtiendo los ríos de la provincia en testigos de seducciones y romances..


11/01/2017

 
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miguel aguilar | león

El otoño, inusualmente seco, llega a su fin. Un primer manto de nieve en las montañas, que no tardará en desaparecer, da la bienvenida a la estación invernal. Las puras y cristalinas aguas de los ríos leoneses se visten de gala para recibir un magnífico espectáculo que, cada año por estas fechas, tiene lugar en nuestros cauces: la reproducción de las truchas comunes. Un fascinante episodio del ciclo biológico de las populares pintonas. Otra de tantas riquezas naturales que posee esta maravillosa tierra. Después de meses de espera, llega el momento de la reproducción, llega el momento de perpetuar la especie. El gran instinto de supervivencia con que están dotados estos admirables peces, les hace celebrar este ritual cada nuevo invierno. Solo los ejemplares más fuertes lo conseguirán. Selección natural.

UN MERECIDO DESCANSO

Finalizado el verano la temporada de pesca llega a su fin. Después de meses de asedio y persecución por parte de los apasionados pescadores, las truchas han ganado un merecido descanso. Llega la calma a los ríos. El otoño es armonía, el otoño es tranquilidad, y las truchas parecen contagiarse de este ritmo de vida. Las riberas de los cauces leoneses se convierten en mosaicos de tonos ocres, mudan sus vestimentas regalándonos lienzos naturales de una belleza espectacular. Evocando al novelista Albert Camus, ‘El otoño es una segunda primavera, cuando cada hoja es una flor’.

Desde final de primavera, tanto machos como hembras, comienzan a desarrollar sus órganos sexuales, y ahora llega el momento de hacer acopio de energías, el esfuerzo que les espera no es poco y han de estar pletóricas para cumplir con éxito su objetivo. Tendrán la obligación de perpetuar su especie.

Los rigores del cambio climático hacen que los períodos estivales y otoñales sean cada vez más secos y prolongados. Los ríos leoneses se resienten ante la escasas precipitaciones, y los bajos niveles son el denominador común durante los meses previos al desove. Tanto los cauces naturales, como aquellos regulados por pantano, que ahora mantienen sus compuertas cerradas, se encuentran con unos caudales exiguos.

En estas circunstancias apenas pueden esconder sus tesoros, haciendo más visibles y vulnerables las truchas que moran en sus aguas.

El nivel de alerta de las pintonas es menor que en época de pesca y reponen fuerzas con asiduidad. De hecho, pueden estar todo el día alimentándose. Acercarse al río y ver las truchas comer en superficie es todo un espectáculo.

Docenas de anillos mágicos dibujan círculos en la superficie del agua. Las truchas suben a comer los insectos que bajan flotando, produciendo esas ondas que delatan su presencia, dando lugar a uno de los momentos más extraordinarios que se puede vivir en la pesca fluvial.

La estación avanza y las truchas comienzan a reunirse. Por fin llegan las primeras lluvias de otoño. El incremento de agua es el reclamo que muestra el camino a seguir, la vía de acceso a sus zonas de freza. Comienza su acercamiento a las zonas de desove. Para conseguirlo, en muchos casos realizan largos desplazamientos, trayecto en el que encontrarán todo tipo de obstáculos, tanto naturales como artificiales, que han de sortear, en ocasiones mediante espectaculares saltos, en otra demostración de la fuerza y bravura que las caracteriza.

TIEMPO DE CORTEJOS

El invierno definitivamente ha llegado. Pese a ello los ríos leoneses siguen teniendo vida, más vida, si cabe, que en otras épocas del año. Es tiempo de amoríos y cortejos. Diciembre y enero son sinónimo de apareamiento de salmónidos. Las pintonas ya se encuentran en sus zonas de desove. En unos casos será en las cabeceras de los ríos y en pequeños arroyos y afluentes de los mismos; en otros, en su curso medio y bajo. La provincia cuenta con 3.000 kilómetros de aguas trucheras. Cauces de montaña y de llanura, donde tendrá lugar el ceremonioso ritual de la reproducción de las truchas. Las cristalinas aguas del Torío, Curueño, Bernesga, Esla, Porma, Órbigo, Luna, Omaña, Valcarce, Burbia, Ancares, Sil, Eria, etc., son marcos naturales de belleza incomparable que nos permiten ser voyeurs durante unos días. En este momento el río no guarda ninguno de sus tesoros, ahora el río enseña lo que realmente tiene. Los grandes ejemplares que apenas se muestran el resto del año, pierden parte de su instinto de protección, haciéndoles más vulnerables. Consecuencias de la llamada del amor.

Suenan tambores de guerra, se producen las primeras contiendas entre los machos, generalmente más numerosos que las hembras. Comienzan las pugnas por ganarse la compañía de sus damas. Deforman ligeramente su maxilar inferior en forma de gancho, el cual emplean como arma de defensa en las disputas que mantendrán con individuos de su mismo sexo.

No es raro que estas finalicen con alguno de los contendientes seriamente dañado. Los machos dominantes se llevarán la gloria. Las hembras presentan su abdomen abultado por el aumento de los ovarios. Desarrollan, además, una papila genital muy prominente, a la altura del ano, por donde proyectarán las huevas al exterior. Los ejemplares sexualmente maduros más abundantes son las hembras de dos años y los machos de uno.

El cortejo tiene lugar en zonas poco profundas, con lecho de fina grava y aguas frías de corriente moderada, limpia y oxigenada, lo que permitirá una correcta filtración del agua y una adecuada oxigenación de las huevas. La temperatura óptima del agua debe estar entre 5 y 10ºC, y generalmente suele haber más actividad por las tardes. Serán las hembras las encargadas de escoger el lugar adecuado. Se ponen de costado y mediante enérgicas y rápidas batidas de su aleta caudal sacuden las pequeñas piedras del fondo, haciendo una cama donde posteriormente depositarán las huevas. Estas zonas, denominadas fregones, quedarán más claras que el resto del fondo del río, siendo fácil localizarlas. En pleno proceso puede haber un elevado número de ejemplares en cada fregón.

Mientras, los machos siguen pugnando entre sí por adquirir una posición de privilegio. Solo los más fuertes lo conseguirán, estableciéndose así un orden jerárquico. La selección natural sigue su curso. Los ejemplares que no salgan airosos de estos combates son los denominados ‘satélites’, que durante todo el proceso permanecerán a cierta distancia de la pareja esperando su oportunidad y cumplirán un importante y necesario papel de actores secundarios.

En los instantes previos a la puesta, la hembra permanece en posición arqueada con su aleta anal apoyada en el sustrato. El macho, cada cierto tiempo flirtea con ella, se aproxima y, mediante vibraciones de su cuerpo, trata de estimularla. Juegos de seducción que no tardarán en dar sus frutos. El momento cumbre se acerca. Ambos ejemplares ponen sus cuerpos paralelos, completamente excitados, con sus mandíbulas abiertas. La hembra despide toda la vida que lleva dentro, expulsa las huevas al tiempo que el macho hace lo propio con el esperma. Un manto blanco cubre el escenario durante unos breves instantes. Un baile nupcial, de apenas unos segundos, que dará comienzo a una nueva vida, a un nuevo ciclo vital. Todo el esfuerzo realizado se resume en este efímero momento. Ponen entre 1.000 y 2.000 huevas por kilo de peso, pero un elevado número de huevas y de futuros alevines serán víctimas de crecidas y pasto de distintos predadores, entre ellos las propias truchas, y no llegarán a su fase adulta.

Es importante que la pareja actúe en perfecta sincronía, la fecundación sólo será viable en los segundos posteriores a la puesta. Los machos ‘satélite’, atentos en todo momento, también acuden a expulsar el esperma, reclamando su parte de protagonismo. La puesta de una hembra puede ser cubierta por el esperma de tres o cuatro machos.

De esta forma se evita que las huevas queden sin fertilizar ante la posible esterilidad del macho dominante. Mediante el mismo sistema con que hizo la cama, la hembra cubre las huevas para protegerlas de posibles peligros. Descansará el tiempo necesario, y volverá a repetir el proceso hasta que haya depositado en el lecho del río todas las huevas que lleve en su interior.

Finalizado el proceso, los ejemplares descansan tratando de recuperar fuerzas. El desgaste ha sido desmesurado, pero apenas se producen bajas. Permanecen aletargadas, descansando, pegadas al fondo de los grandes pozos, sin apenas alimentarse. Será con la llegada de temperaturas más cálidas cuando aumenten de nuevo su actividad. Las piedras del lecho del río guardan y protegen con mimo una nueva generación de truchas que está a punto de nacer. Dependiendo de la temperatura del agua, aproximadamente dos meses después de la puesta eclosionan los pequeños alevines. El río vuelve a llenarse de vida. Una nueva generación de truchas que deberá emular a sus progenitores, y tendrán que enfrentarse a todos los peligros que anteriormente éstos superaron con éxito. Deberán ser tan fuertes como ellos, tan listas y astutas como ellos. Tendrán la obligación de dar continuidad a su especie.

 

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