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Giannis Antetokounmpo, el último unicornio de la NBA

En su quinta temporada en los Bucks, el alero griego, hijo de emigrantes nigerianos sin papeles, sigue progresando hacia el estatus de mito

 

Antetokounmpo, de los Bucks, muy marcado por Nosh, Gasol y Rose. - EFE / TANNEN MAURY

IDOYA NOAIN
13/01/2018

El periodismo deportivo está lleno de buenos escritores, magos de la palabra que capturan la esencia de lo que se ve en canchas, terrenos de juego, cuadriláteros o pistas. La chistera se les ha quedado vacía ante Giannis Antetokounmpo. Nadie encuentra las descripciones o imágenes que logren contener en toda su extensión el fenómeno que representa el alero de los Bucks, que en su quinta temporada en Milwaukee sigue batiendo marcas de la NBA, colocando su nombre en las primeras posiciones de estadísticas que las leyes de la lógica dicen que un jugador de 23 años y 2,11 metros no debería dominar. Y mientras buscan y rebuscan el griego de raíces nigerianas sigue avanzando hacia un estatus mítico, confirmando una grandeza quizá, como titulaba recientemente ‘The New York Times’, “incalificable”.

Se intenta con los números, esos que la pasada temporada le convirtieron en el primer jugador en la historia de la NBA que acababa en el top 20 tanto en puntos como en rebotes, asistencias, robos y bloqueos, un hito que va camino de repetir con los de esta temporada: 28,7 puntos por partido (solo por detrás de James Harden), 10 rebotes, 4,6 asistencias, 1,6 robos y 1,3 bloqueos. Pero, como ha dicho Michael Redd, el último buck que llegó a un All Star antes de Antetokounmpo lo hiciera el año pasado (ganando el premio del Jugador con Mejor Progresión), “los números que está consiguiendo ahora son casi un accidente. Una vez que aprenda cómo jugar jugar...  (será) imparable. Es casi como si fuera de otro planeta. Nunca hemos visto nada como esto”.

EL VIAJE IMPROBABLE

La improbabilidad del viaje de Antetokounmpo, hasta el Olimpo del baloncesto dispara su magia. Nació en Grecia en 1994, tres años después de que sus padres llegaran desde Nigeria sin papeles, habiendo dejado con los abuelos a su primer hijo.

Tuvieron más en Sepolia, un barrio de Atenas, y allí creció Giannis, el tercero de los cinco, en esa realidad de sombras que marcan y acechan la vida y la supervivencia de millones de apátridas como ellos. Estaban los desahucios por no poder pagar 455 euros de alquiler, el miedo constante a que una visita de la policía acabara con todo... Y estaba el hambre. Para ayudar vendía en la calle con sus hermanos relojes, bolsos, gafas, juguetes. Pero “a veces la nevera estaba vacía”, como él mismo ha contado. “No vendíamos y no teníamos dinero para alimentarnos”.

En 2007 lo descubrió en una cancha de barrio Spiros Velliniatis, entrenador en el equipo de segunda división Filathlitikos. Buscaba a Thanasis, uno de los dos hermanos mayores de Antetokoumpo (ahora en el Panathinaikos), pero descubrió a Giannis jugando con sus otros dos hermanos pequeños. Y logró convencer a esos hermanos que se turnaban para usar las deportivas de que cambiaran atletismo y fútbol por el balón y los aros.

Aún tendrían que pasar cinco años más hasta que Grecia reconociera su ciudadanía. Y Antetokounmpo logró su pasaporte en 2013, justo a tiempo para poder viajar a Estados Unidos, donde su selección como 15 en el draft le desvió del camino que había previsto para él el CAI Zaragoza. “No teníamos oportunidad de ser quienes estábamos destinados a ser porque no teníamos un pedazo de papel”, ha dicho. “Hay mucha gente que solo necesita la oportunidad de volverse grande en la vida, de convertirse en algo mejor”.

El pasado, según afirma, le ha hecho el jugador que es. “No puedo aparcarlo. No puedo decir: lo conseguí, se acabó todo aquello. Siempre lo llevaré conmigo. Es donde aprendí a trabajar así”.  Y no cesa ese trabajo constante para un joven que aprendió inglés viendo a Eddie Murphy en ‘El príncipe de Zamunda’, ha creado una beca universitaria en Grecia para inmigrantes sin ciudadanía y está decidido a encargarse de su familia, especialmente tras la reciente muerte de su padre por un infarto a los 54 años.

El 34 de los Bucks, un coloso de fabulosa envergadura (221 centímetros), sigue creciendo, literal y figurativamente. Se mueve con la agilidad y velocidad de un hombre pequeño, puede cruzar la cancha en cuatro pasos, hacer un remate con un pie en el suelo, sorprender con ataques y frenar casi cualquier estrategia de defensa. Eso explica que vaya fluyendo y haya sido alero, escolta, base y otra vez alero. Lo dice su entrenador, Jason Kidd: Antetokounmpo es “todo”.

Kidd avisa de algo más. “Es como un avión que acaba de empezar a despegar”. Conviene abrocharse los cinturones. Este año ha liderado la votación para el All-Star (aunque en los últimos resultados publicados le ha superado LeBron James). Y el ascenso continúa.



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