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Honduras y su otra cara de la moneda

Cinco meses de aventura. El leonés David Flecha sigue con su caminar por el continente americano descubriendo parajes, sensaciones y llevando su viaje solidario a multitud de puntos. Honduras ha sido la última parada, que no la definitiva. A ella le seguirán otras muchas...


06/06/2017

 

DAVID FLECHA | COPÁN

¿Cuántas veces has deseado coger la mochila y perderte? ¿Empacar lo mínimo, y que sea suficiente para sentirte un poco más vivo, y darte el lujo de recuperar eso que resulta tan innato pero que, nos olvidamos muy a menudo de hacer?. Me refiero a ese instinto de aventura, de explorar, de volver un poco a tus orígenes y perderte lo suficiente, no en plan Shakelton, pero sí lo necesario para encontrarte contigo mismo.

Si lo haces demasiado rápido, corres el riesgo de que te ocurra como a mí, que te despiertes más de una mañana y no sepas donde estás, porque es un colchón, una hamaca o un suelo diferente; por un momento sentirte así de desorientado te parece preocupante, pero después entiendes que hay algo muy positivo en que te ocurra, y me refiero a que cada día tengas asegurado que vas a conocer algo nuevo, algo diferente, quien sabe si una ciudad, un mercado o una persona.

Me ha pasado ya varias veces desde que comencé este viaje, y no será la última vez, estoy seguro…pero me encanta.

Ya muy atrás dejé eso de la zona de confort, que tanto se habla hoy en día, despertarte por la mañana y tener la leche calentita y la ropa bien planchada…sinceramente…a estas alturas…¡me la sopla! Con todo lo que estoy ganando haciendo esta locura de viaje, creo que, entre otras cosas, las cenas con Manuel y Jerónimo, propietarios de Domotec y Taxidermia Flecha respectivamente, pueden esperar un poco, por muy buenos sponsors que estén siendo y quieran que les cuente mil batallas del viaje; aunque, eso si, eche un poco en falta la cocina de mi madre; uno nunca se olvida de las buenas costumbres.

El paseo junto al lago en la ciudad de Managua. D. FLECHA

Mi último destino antes de llegar a Masaya, un municipio cuyo centro es un mercado cubierto rodeado de una muralla hecha de piedra, donde puedes encontrar todo tipo de productos, y a donde puedes acceder a través de un carruaje tirado por caballos; fue Granada, una ciudad hermosa que me dejó muy buenos recuerdos de Nicaragua; y después me esperaría Managua, su capital, que reposa junto al enorme Lago Xolotlán.

Si caminas a orillas del lago, encuentras una especie de jardín gigantesco hecho con estructuras metálicas y luces de colores, que por la noche, cuando se encienden, crean un vivo mosaico y son la entrada al museo Rubén Darío, donde puedes encontrar entre otras cosas, escrito de su puño y letra el famoso poema Margarita, —que según supe allí, lo escribió en apenas cinco minutos…¡está claro que el tipo era un hacha!—. Como anécdota tengo que contar que me aprendí ese poema cuando tenía unos 14 años, y a día de hoy aún no se me ha olvidado; tanto que, cuando uno de los guías terminó de hablar del mismo, yo, en un alarde de memoria y haciéndome el seductor, comencé a recitarlo en alto mirando hacia la gente de la sala…mientras me escuchaban sonriendo; una vez terminé de hacerlo, todos se fundieron en un aplauso.

Creo que para su sorpresa la cosa dejó de tener importancia cuando, una vez acabó el aplauso, me dió por decir en plan cachondeo:

-¡No se asombren…estaba preparado! (mientras le guiñaba el ojo al guía de la visita).

Dejando los poemas de lado y la ciudad atrás, hice noche en Managua para, al día siguiente, a las 5 de la madrugada, subirme a un autobús durante 9 horas rumbo hacia Honduras.

El leonés David Flecha buceando entre corales. D. FLECHA

En Tegucigalpa, su capital, existen las ‘maras’, —me lo explicó una de las chicas que me vendió los billetes de autobús en Nicaragua-, son bandas de pandilleros que controlan los barrios de la ciudad. —Por esa razón el país es tan peligroso, a diferencia del nuestro, aquí no hay «maras». Allí, las bandas se matan entre ellos por apropiarse de otros barrios, van tatuados de arriba abajo y están armados hasta los dientes-, me contaba esta chica.

Lo cierto es que antes de llegar, todos, desde la señora que estaba sentada a mi lado en el autobús, hasta el propio chófer, me decían que tuviese cuidado, que no era un lugar seguro para esta por ahí caminando, creo que mi cara de europeo no pasaba desapercibida…yo iba un poco asustado…pero no me quedó otra cuando una vez llegué tuve que buscar donde quedarme.

Pensaba que Tegucigalpa sería una ciudad muy diferente, más subdesarrollada a lo que vi nada más llegar…pero parece una réplica de una ciudad americana…después supe que es el país con la población más bilingüe de centroamérica. Están atestados de empresas yankees…¡pero si hasta tenían Papa Jhones!

Encontré un hotel cerca del centro que, la verdad, no era el más acogedor, muy parecido a esos que a veces ves en las películas, cuya ventana da hacia una calle abarrotada de basura y de personas que van de un lado para otro, y en los portales ves a gente durmiendo con algo de comer envuelto en papeles de periódico…una vez allí me dije, —mira, tengo que dar una vuelta y ver como es esto…¡qué me va a pasar!—. Estuve caminando un poco por el centro y cenando en uno de sus restaurantes. Es cierto, el lugar no parecía muy seguro, pero siempre he pensado que es muy difícil que puedan hacerte algo si lo único que llevas encima es la poca ropa que lleves puesta. Cuando regresé al hotel ya era de noche, y no sé si fue insensato por mi parte, pero volver al hotel a esas horas no me dio ni un ápice de preocupación, menos cuando algo de la cena que me sobró la pedí para llevar y se la entregué a alguien que dormía en uno de esos portales…quizás sea ingenuo pero en esas situaciones siempre pienso, —¡qué mal me podrían hacer!—.

Al día siguiente, madruga otra vez a las 5 y sube a un autobús otras 7 horas hasta La Ceiba, una ciudad donde, desde su puerto, coges un ferry que te lleva hasta Utila….¡por fin!

Dentro del mercado de Masaya, en la foto superior; abajo David a punto de hacer una inmersión en su parada en Honduras dentro de su periplo por América que contabiliza cerca de cinco meses. D. FLECHA

A medida que dejas el puerto atrás vas notando como cambia el color del agua y cada vez se vuelve más clara…y cuando llegas a la isla, aquello, amigo…ya es otro mundo.

Dice la leyenda que Robinson Crusoe pasó como 27 años en esa isla, dice la leyenda…porque por las calles os juro que vi varias veces a un tipo que llevaba unas barbas de a saber hace cuanto tiempo, ¡y tenía menos chicha que la pata un gorrión! Si no era él…os lo juro, el tipo dejó descendencia, solo que ahora se pasea en moto o tuk-tuk,-una especie de triciclo con cabina— según quien le quiera llevar.

Tienes para escoger un sinfín de escuelas de buceo donde poder hacer los ‘fun dives’ (inmersiones), o los cursos que se te plazcan. A mí no me costó escoger, no quería perder mucho tiempo; así que comparé precios y me fui directo.

Al día siguiente ya estaba subido al barco y con el equipo de buceo a la espalda.

En los cinco días que estuve en la isla no dejé de bucear mañana y tarde; ¡y lo hice con todo tipo de fauna marina! Peces globo, mantarayas, tortugas marinas, morenas, peces león, loro, barracudas, langostas, y todo tipo de corales…¡incluso tuvimos la oportunidad de bucear con delfines! Estábamos subidos al barco de retorno al muelle cuando al fondo empezamos a notar que algo agitaba la superficie muy rápido. Cuando nos dimos cuenta de que eran delfines, aquello parecía una carrera por ver quien se ponía antes el equipo; no tardaron mucho en decir quien quería meterse a bucear con ellos cuando yo ya tenía todo el equipo puesto.

Meterte al agua viendo como nadan bajo la superficie es alucinante, más cuando sabes que están en total libertad y no dejas de escuchar bajo el agua el sonido tan característico que hacen mientras parece que jueguen entre ellos.

De todos esos días, la mayor pena fue que no fuera temporada del tiburón ballena, porque haber buceado con ese animal si que habría sido alucinante.

En los ratos libres en la isla, lo mejor que puedes hacer es desconectar, olvidarte del mundo y disfrutar del paisaje y el tiempo, leer, pasear o incluso volver al agua en forma de «snorkel», que tampoco te deja indiferente.

Por las noches, claro está, toca fiesta, y no hay día que te puedas librar…con sombrero de paja y camisa de flores incluida, y que llame bien la atención…¡qué se note que estás en el p*** caribe y lo estás dando todo!

Creo que, a pesar de que lo mío sea otro ambiente y prefiera la montaña…podría acostumbrarse a ese ritmo de vida…

Tras pasar cinco días en la isla volví a coger maletas rumbo al norte, tenía que volver a La Ceiba en el ferry, y desde allí por carretera hacia Copán Ruinas, un municipio que casi hace frontera entre Honduras y Guatemala, pero que ya os contaré en la próxima crónica.

Me ocurrió algo curioso cuando viajaba hacia Copán, y es que en el asiento de al lado, iba una chica que cuando la escuchaba hablar notaba que era española, así que le pregunté:

-¿De dónde eres?, —de España-; —sí…eso me parecía, ‚¿pero de que ciudad?

Cuando me dijo que era de León empecé a reírme yo solo…y cuando le pregunté de que parte, va y me dice: —De Navajera—. Yo ya no podía más…-¡Qué me dices!

En ese momento le enseñé el logo del Ayuntamiento de Villquilambre, que llevaba bordado en una de mis camisas.

-¿Y eso?-, me pregunta. —¡Villaquilambre es uno de mis sponsors…somos vecinos!

Elena Vicente, que así se llama la chica, llevaba viajando un tiempo por centroamérica con Quique, y no tenían ningún plan establecido. Tenían pensado irse a California, y sobre la marcha ir trabajando un poco. Eran dos chicos encantadores, que transmitían una simpatía extraordinaria…si es que…¡qué majos somos los de León!

Seguro que les va genial, porque transmitían muy buena impresión. La verdad es que encontrarte gente de tu propio país es muy agradable, pero que sea de tu propio pueblo…¡eso ya es demasiado!

Tras haberme topado con ellos, por un instante, ya no me sentía tan aislado. Mientras viajas encuentras todo tipo de personas, pero que encuentres a alguien con quien podrías haberte cruzado infinidad de veces y tengas que conocerlo al otro lado del mundo es, cuanto menos, curioso, y sientes que tu locura, al ser compartida, tiene más sentido, y nunca dejas de sorprenderte.

Quique y Elena decidieron también coger la mochila y recorrer mundo, descubrir lo que hay al otro lado del charco sin que nadie tenga que contártelo. Recuperar, como os dije, ese instinto de aventura, de lanzarse a lo desconocido y perderse en el mejor de los sentidos; de invertir, al fin y al cabo, en una juventud que nunca volverá.

Yo no viajo en compañía como lo hacen ellos, que seguro se cuidan el uno del otro, pero no me siento solo, porque sé que cuando escribo, tu estás al otro lado del papel, y todas estas historias que te cuento, las imaginas tal como yo las vivo, y de esta forma, compartir este viaje tiene aún más sentido.

 

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