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CICLISMO

Y Miguel Induráin dijo que no era no

Hace 20 años, el pentacampeón navarro colgó la bicicleta, en una Pamplona fría y triste, y nunca nada volvió a ser igual

SERGI LÓPEZ-EGEA
02/01/2017

 

El 2 de enero de 1997 el sol desapareció de la faz de Pamplona. El 2 de enero de 1997 el día se presentó frío… pero sobre todo triste. El 2 de enero de 1997, en una de las primeras conferencias de prensa sin preguntas, en un largo salón del hotel NH de Pamplona, Miguel Induráin se presentó vestido de negro y se sentó en una mesa. Ni se cabía. Silencio sepulcral, como si un notario fuera a leer el testamento de un rico anciano fallecido y con muchas tierras por repartir.

 
“Hoy 2 de enero de 1997 quiero anunciar mi retirada del ciclismo profesional”. Así empezó la lectura, con voz profunda, la de un Induráin que tras las victorias consecutivas en cinco Tours, otros dos Giros en el zurrón, había perdido la vergüenza de antaño. Sería su última comparecencia en público como ciclista profesional. Se acababa una historia, se cerraba una etapa, Induráin, sin saberlo y seguramente sin quererlo, se convertía esa fría mañana del 2 de enero de 1997, hace justo 20 años, en un mito del deporte.

LOS RECUERDOS

¿Qué pasó aquel día? ¿Qué sucedió para que Induráin tras un 1996 en el que se le atravesó el Tour, en el que fue obligado a correr la Vuelta y donde ganó el oro en la contrarreloj olímpica de Atlanta, anunciara la retirada con apenas 32 años (una temprana edad para colgar la bici dos décadas más tarde)? Los últimos meses en la vida deportiva del pentacampeón navarro fueron convulsos. Tuvo alguna duda, escuchó la oferta del equipo ONCE, que económicamente nunca le hizo temblar, pero seguramente desde que se rompió el hechizo con José Miguel Echávarri en la habitación de un hotel de Bogotá, en octubre de 1995, tras fallar el récord de la hora, Induráin siempre tuvo claro que 1996 sería su último año en activo.

Induráin había crecido y se había hecho mayor. Y con los años, incluso, se había convertido en un corredor rebelde, el que ya no escuchaba y seguía fielmente las consignas que le llegaban desde el coche, primero tintado con la publicidad de Reynolds y después de Banesto (dos firmas que tampoco existen), de la mano de Echávarri y a continuación de Eusebio Unzué.

LOS ACTOS DE REBELDÍA

Su primera acción de rebeldía, precisamente, se había originado un año antes, en Bélgica, camino de Lieja, en el Tour, cuando se fugó en compañía de Johan Bruyneel, en una etapa memorable, el día antes de la primera gran contrarreloj. Actuó por voluntad propia, atacó y puso al pelotón en jaque cuando la prudencia en la dirección del equipo dictaba que se mantuviera quieto y guardase energías para la cita cronometrada.

Llegó 1996 y el Tour se le puso cuesta arriba desde el primer chubasco holandés. La etapa de Pamplona, donde llegó rezagado, donde fue derrotado por las cuestas de Larrau, fue como un homenaje. Lloró la capital navarra con su mito subido en el podio. “¡Induráin, Induráin, Induráin!”, cantó el público con la voz entrecortada. La rebeldía de Induráin volvió a escenificarse en la cena final de París. Llegó en tejanos y rechazó el traje oficial del equipo.

Nunca quiso correr la Vuelta 1996, tras el cansancio acumulado después de ganar la medalla de oro de Atlanta, en la contrarreloj, por delante de Abraham Olano. Se enteró en la Vuelta a Burgos, apenas 15 días antes. Frente al micrófono del siempre recordado Pedro González, en la retransmisión de TVE, dejó claro que si participaba en la ronda española era porque lo obligaban.

UNA CITA EN ALICANTE

Apenas cuatro días antes del inicio de aquella fatídica edición de la Vuelta, Echávarri, en un bar de Alicante (por aquel entonces Induráin tenía un chalet a las afueras de Benidorm), se citó con su jefe de filas para decirle que si finalmente no quería ir a la Vuelta, convencería a los ejecutivos de Banesto, quienes de hecho eran los que habían forzado a la dirección técnica del equipo a alinear a Induráin en la Vuelta tras no conseguir el sexto Tour.

Aceptó, pero enfermó y subiendo el Fito, camino de los Lagos de Covadonga, abandonó la Vuelta, siendo la última vez que se puso un dorsal oficial a la espalda. Comenzó un viaje por toda España, repleto de critériums de exhibición, que no fueron otra cosa que el contacto de Induráin con su público –el mismo que lo aclamó en la Vuelta, en Córdoba o en Albacete, donde la policía tuvo que intervenir para abrirle paso entre el público—camino de una retirada anunciada.

LA CONFESIÓN DE PRUDEN

El 2 de enero de 1997 los que ya no iban a ser gregarios de Induráin en el Banesto se encontraban concentrados en el hotel El Toro, a las afueras de Pamplona. Cada vez hacía más frío y la nieve confirmó su amenaza. Su hermano Pruden, en la cafetería, ponía cara de circunstancias, como todos y comentaba la presunta oferta del equipo ONCE –hasta un diario deportivo de Madrid había sacado una portada con un montaje de Induráin vestido con el uniforme amarillo del conjunto de los cupones--. “Era la mitad de la mitad de lo que ganaba; por debajo de lo que le han ofrecido a Olano para liderar el Banesto”. Echávarri había fichado al corredor guipuzcoano, sabedor de que necesitaba un líder, de que Induráin difícilmente continuaría como corredor profesional.

El 2 de enero de 1997 Induráin salió del hotel NH de Pamplona en compañía de su mujer Marisa y su hijo primogénito Miguel, apenas un bebé, y se fue hacia su chalet de Olaz. Solo atendió a Pedro González, para un directo del Telediario. Nunca nada más seria igual. Por la noche nevó. Eran lágrimas heladas por la retirada del pentacampeón navarro.El 2 de enero de 1997 Induráin dijo que no era no.

 

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