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[ Mi odisea desde Ushuaia a Alaska]

«Somos de donde quemamos las naves»

Sensaciones especiales. David Flecha sigue sumando kilómetros y sensaciones en su caminar por América. Colombia ha sido su último destino antes de afrontar la experiencia de otro país. Y de seguir conociendo gentes y ampliando cultura


17/05/2017

 

DAVID FLECHA | GUATAPÉ

La siguiente anécdota me la contó mi amigo Mauricio hace tiempo. Cuando Hernán Cortés llegó a México, ordenó quemar todos los barcos en uno de sus motines, con el objetivo de que ninguno de los tripulantes que desembarcaba y estaba inmerso en la lucha por la colonización pudiera rendirse, darse la vuelta y escapar en los barcos con que llegaron. De esa forma uno estaba obligado a quedarse a luchar en aquel lugar sin opción de escapatoria.

Esta crónica trata sobre eso mismo, sobre donde uno decide quedarse, aunque, en mi caso, sin ningún tipo de obligación; y si leíste la anterior crónica lo entenderás todo.

Atardecer desde Barranquilla. DAVID FLECHA

Tras varios días en Medellín volví a mover ficha y cambiar de ruta. Aproveché para volver a Guatapé, —una de las presas de agua mas importantes del país desde donde puedes ver una hermosa panorámica subido a una enorme piedra que llaman El Peñol—, y visitar en mi caso el Infinito, un camping al que accedes en barca atravesando todo ese entorno apartado de cualquier signo de civilización. Me gustaba estar allí para «resetearme» cuando las cosas estaban difíciles, trabajaba como un burro y descansaba como un marqués, ¡menuda terapia! Allí estuve unos 5 días, ayudando a Nico y Nadia en la construcción de un domo a cambio de alojamiento y comida; siempre me invitan con esa premisa, a sabiendas de que el compromiso no es trabajar, pero si echar una mano para que su proyecto crezca. Aproveché esos días para bañarme en la represa, tomar ‘aguapanelita’ con los amigos, y tener entre otros a Samu como compañero, un pitbull que a simple vista asusta un poco...pero cuando lo conoces es tan manso que por morder no muerde ni la comida, eso sí, como te descuides te deja lleno de babas.

Tras Guatapé, después de vivir como ermitaños por unos días, llegó la jornada de despedidas de esa familia que escoges, y que por muy lejos que esté y mucho tiempo que pase sabes que siempre estarán.

Cargué mi mochila y me fui rumbo a Santa Marta; en la ciudad que reposa bajo el lema «La magia de tenerlo todo», me esperaba mi antiguo compañero de viaje, Gary, con quien pude atravesar hace meses todo Argentina, Chile y parte de Bolivia. El viaje, de unas 12 horas, muestra un paisaje lleno de verde por donde quiera que mires; llegas a la ciudad y bajas del autobús cuando una bocanada de aire caliente y húmedo te espanta al contraste del frío del autobús. Allí dió Bolívar su último aliento, en una ciudad que es la antesala de uno de los paraísos más vírgenes y hermosos del país, el Parque Tayrona.

Una de las playas del Parque Tayrona. D. FLECHA

Llegar a Tayrona resulta emocionante, para acceder al interior del parque necesitas caminar durante unas tres horas entre caminos de tierra, accesos rodeados de palmeras y transitados por perezosos, monos en los árboles del camino, y algunos caballos que hacen de animales de carga para transportar alimentos al interior del parque o a los visitantes que quieran acceder subido a lomos de uno de ellos.

Cuando llegas al parque te sorprende el contraste que se crea entre la vegetación y el acceso al mar. Es un paisaje casi deshabitado en algunos sectores, donde aparte de los turistas, que no son muchos, viven, en las zonas colindantes, indígenas de tribus como los ‘kogi’,-puedes diferenciarlos muy bien porque visten con túnicas blancas hechas de un material parecido al de lo sacos de pita-, y puedes encontrar a muchos niños de esas tribus pescando a la orilla o vendiendo cocos que ellos mismos recogen.

Tayrona es en sí un paraíso, playas paradisiacas y de fondo un mosaico de palmeras que siguen el curso de las colinas que se divisan desde el agua. Estando allí puedes bucear con tortugas marinas si tienes suerte de verlas, o divisar , casi impasibles, alguno de los caimanes en el interior de una de las lagunas en mitad del parque. Si quieres bucear, Tayrona te ofrece también una de las mejores experiencias, porque existe una barrera de coral bajo un agua casi cristalina, donde un jardín de colores formado por los corales hacen que apenas pestañees durante la inmersión. Todo es un museo submarino.

Son kilómetros de playa salvaje donde en algunas de las mejores, como las nudistas, apenas hay gente y puedes quedarte allí como tu madre te trajo al mundo. En mi caso decidí quedarme toda una tarde, ahí, tirado como un lagarto en plan naufrago, pero sin querer ser rescatado; aprovechando que había tormenta y era increíble tener todo aquello para ti solo mientras, en el agua veías como las gotas de lluvia golpeaban toda la superficie del mar hasta que se perdía en la linea del horizonte…creo que sentí una paz inmensa contemplando todo aquello; y de alguna forma el tiempo se paró…¡me encanta esa sensación!

Tras estar varios días acampando allí, regresé a Santa Marta, me despedí de mi querido compañero de aventuras y viajé hacia Barranquilla haciendo un pacto previo de que volveríamos a encontrarnos muy pronto.

Esperaba visitar el museo del Caribe y poco más, porque apenas conocía la ciudad.

El museo muestra el paso de los años a través de diferentes culturas y tribus; y una de sus salas, la más mágica de todas, recuerda a través de videos y voces en off, algunas de las obras de García Márquez, descritas de manera detallada y bastante onírica; algo que recuerda mucho a su estilo tan particular de describir el mundo. Tras el museo aproveché la tarde para visitar el Hotel El Prado, uno de los más característicos de la ciudad por su arquitectura colonial, y que funcionaba para lavar dinero negro cuando ‘El Caracol’, uno de los narcotraficantes más famosos de Cartel de la Costa, mantuvo vínculos con los propietarios hace unos 30 años.

Para terminar el día y mi estancia en Colombia, tuve como colofón, la suerte de que me llevasen a ver el Castillo del Salgar, a solo unos metros de un barranco desde donde se puede ver una puesta de sol inolvidable, de esas que aprecias en silencio y entiendes porque algunas despedidas merecen ser sólo un punto y seguido.

Siempre me siento vulnerable cada vez que me despido de este país. Quizás porque existe un antes y un después desde la primera vez que pisé esta tierra, porque aquí aprendí que a veces encontrar lo que no esperas es mucho mejor que aquello que necesitas, o sencillamente porque es una tierra en la que si algo puedes aprender es a sentirte más joven, y el tiempo retrocede para darle a los años lo que se merecen y alguna vez olvidaste.

Por eso me quedo con la naturalidad del momento, con el abrazo de los ‘pelados’ y su risa, con el timbre de voz de la «pecosa», el olor a petricor de esta parte del mundo, y el de su arepa recién cocinada. El sabor de un jugo bien fresco, del aguapanela en compañía de amigos, y el ‘cafeshiño’ cuando sí es correspondido.

Mauricio, siempre que me voy de este país me invade un sentimiento insoportable de nostalgia. Nunca me quiero ir, y mira que he tenido razones para ‘pirarme’… pero lo que se siente aquí me pesa demasiado. Creo que de alguna forma siempre estaré en deuda con vosotros y con este país… Ese día, mientras esperaba ese consuelo que uno a veces necesita pero resulta difícil de reclamar, Mauricio se acercó a mí, me puso la mano en el hombro, sonrió y me dijo: «Amigo, somos de donde quemamos las naves».

Un caballo que transporta mercancía en el parque Tayrona. D. FLECHA

 

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