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Por la belleza de la costa vizcaína

ALFONSO GARCÍA
06/01/2017

 

Recorrer la provincia de Vizcaya acaba siendo la historia de una sorpresa que se apoya en permanentes descubrimientos y en la belleza natural a lo largo de múltiples y variados itinerarios. Llegamos hoy a Guernica, una villa con personalidad propia muy notable, capital histórica del País Vasco, que se convierte en eje imaginario de un triángulo, dibujado sobre el mapa en torno a la ría, que conduce a parajes inolvidables, a historias llenas de fascinación y misterio y a sueños que se pierden en el horizonte de la bravura del Cantábrico, un mar generoso también y abierto. El recorrido es siempre sugerente, pues la naturaleza ha sido pródiga en este paisaje de intensidad verde en que se sustantiva el bosque —olor penetrante y acariciador del eucalipto-, se convierte en llamada de atención la arquitectura tradicional y el mar es permanente referencia. Razones más que suficientes para que el viajero sienta la fascinación del contraste y el deseo de una nueva mirada.

Aunque hoy punto de referencia, incluso lugar para pernoctar, Guernica es una ciudad que no pasa desapercibida. Inmortalizada por Picasso en el cuadro de su mismo nombre —no deje de ver el Museo de Euskal Herria y el vídeo allí proyectado—, su Árbol es el símbolo más universal de los vascos. En torno a él y la Casa de Juntas —ha de visitarla, por su belleza arquitectónica, la importancia histórica y la carga simbólica, bien visible en la Sala de la Vidriera— se teje un más que notable núcleo histórico. La iglesia gótico-renacentista de Santa María, de solemne sencillez, el Museo de esta hoy industrial ciudad, el Parque de los Pueblos de Europa —los cuatro ecosistemas de Euskadi, esculturas de Chillida y Moore-, hoy símbolo y punto de encuentro por la paz, o los partidos de pelota vasca, cesta-punta, en el frontón Jai-Alai son atractivos suficientes.

Partimos de Guernica, por la margen derecha de la ría mirando al Cantábrico, hacia Lequeitio, con estructura aún bien palpable de típico pueblo de pescadores. Aquí ha de tener tiempo el viajero para degustar la arquitectura popular, con magníficas galerías en torno a la vista única del puerto, pasear el casco antiguo, lleno de vida, y grabar muy bien en la retina la iglesia de Santa María, esa nave gótica que parece recién llegada a puerto. Con otros palacios de interés, y especialmente el entorno físico, de una personalidad única, debe admirar el retablo flamenco del templo gótico, sin duda el más significativo de Vizcaya y uno de los más importantes de la península. Lequeitio es, en fin, sosiego para el que busca la paz en los caminos.

Hemos elegido aquí cena y cama.

La mañana nos sorprende en la carretera de la costa que conduce a Elantxobe. Está prácticamente este pueblecito de apenas medio millar de habitantes colgado sobre la montaña que cae al puerto, resguardado por dos enormes centinelas pétreos que cortan la línea del mar. Se puede llegar al puerto en coche, en una desviación que hay a la entrada. Pero, aunque cueste un poco, es preferible, contemplada la panorámica desde arriba, desde La Atalaya, iniciar la bajada a través de un sistema de escaleras, callejuelas, plazoletas y rincones de difícil olvido, aunque el retorno se haga, más que nunca, muy cuesta arriba.

Es igualmente única la contemplación del pueblo desde el mar, riqueza primera que cede hoy espacio al turismo.

Macués es el gentilicio de los habitantes de Elantxobe, derivación, según me cuentan, de una etimología popular que, en la singular pronunciación castellana de estas gentes de mar, venía de mal juez. Y todo tiene la explicación de la historia envuelta en leyenda. Dicen que hace mucho tiempo, las localidades de Bermeo y Mundaka —al otro lado de la ría— reclamaban como suya la famosa isla de Ízaro. Decidieron que el asunto se solventase en una regata —Elantxobe fue juez de la histórica disputa-, que ganó Bermeo. Lo cierto es que cada 22 de julio se recuerda el hecho con una gira marítima para pasar el día en esta singular población marinera de Elantxobe. Como no podía ser menos, hay quien asegura, aunque sea tímidamente, la existencia de un monasterio en la isla, dos de cuyos monjes atravesaban cada noche a nado la distancia que los separaba de la costa para buscar los favores de alguna moza de buen ver. Hoy la isla se somete a la contemplación desde estas poblaciones, y el mar y la serena soledad del islote permiten cualquier tipo de ensoñación.

De nuevo camina el viajero hacia Guernica, buscando el punto de apoyo que nos de paso hacia la otra orilla de la ría. Pero en ese retorno caminamos junto a la costa, y pasamos por las playas de Laga y Laida. En las proximidades, el espectáculo es único. Frente a nosotros, la entrada a la ría, y en la orilla opuesta, Mundaka y Bermeo. La naturaleza no solo es excepcional, también pone el contrapunto del sosiego al espíritu. Es este otro momento para la confirmación.

Pronto estamos en Arteaga, con su torre y castillo decimonónico hecho construir por la emperatriz Eugenia de Montijo sobre el solar de los Arteaga, de los que descendía. Y, apenas dos kilómetros después, a la salida de Kortezubi, una desviación, a la izquierda, nos conduce a una de las grandes sorpresas del viaje. Desde una explanada con aparcamiento y múltiples servicios, tres excelentes posibilidades. La primera son las cuevas de Santimamiñe, en un hermoso espacio a cuya entrada se accede por una escalera rústica que atraviesa una zona de bosque, de gran belleza natural y buenas pinturas rupestres. La segunda posibilidad está a poco más de media hora a pie: El Bosque Pintado por Ibarrola, que bien puede ser El Bosque Encantado, mágico ya de por sí. Se acrecienta la magia gracias al color, la imaginación y la búsqueda de las propias imágenes y sugerencias. Es un bosque que, situado el visitante en las bases que se le proponen, «invita a cada persona a recomponer las imágenes señaladas así como a añadir sus propias motivaciones históricas, mitológicas o sus estados de ánimo». En medio de cueva y bosque se abre la tercera posibilidad y la puerta del idílico Parque Natural del Valle de Oma. La suma de las tres, una sorpresa y una satisfacción inauditas. Mereció la pena.

Ya en Guernica, volvemos hacia el mar por la margen izquierda de la ría. Pasamos Forua, Murueta, Busturia, Sukarrieta —es recomendable un paseo por la isla de Txatxarramendi, donde tiene su sede el Instituto Oceanográfico— y llegamos a Mundaka, un rincón que tiene su propia atmósfera y es punto excelente para el windsurf. Las casas se apiñan en un callejero de suma complejidad, donde la mayoría de las calles son estrechas, con pasadizos y rincones inverosímiles. Además del casco antiguo, hay que visitar el Ayuntamiento, porticado, la ermita de Santa Catalina — hermosa vista frente a la isla de Ízaro—, y la iglesia renacentista, en cuyas proximidades una atalaya nos permite una vista excepcional de entrada a la ría, y una cerámica decorada, apoyada sobre atril, ilustra y explica detalles de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai.

La anteiglesia de Mundaka se encuentra ubicada en la desembocadura de la ría, área que ha sido designada por la Unesco (1984) como Reserva de la Biosfera, tanto por su singularidad natural como humana. En 1989 el Parlamento Vasco estableció un régimen jurídico especial para este primer espacio protegido de la Comunidad Autónoma «en razón de su interés natural, científico, educativo, cultural, recreativo y socioeconómico». Con una extensión de 220 km2 repartidos por 22 municipios —con los núcleos de Guernica y Bermeo como más importantes— y una población de unos 45.000 habitantes, sus asentamientos humanos son sobre todo de tipo rural y marinero. El paisaje ofrece gran diversidad, y destaca el sistema estuario, un extenso bosque de encinar cantábrico y un litoral costero con playas y acantilados, enmarcado por la presencia de la isla de Ízaro. Con un notable sistema agrario, son numerosos sus yacimientos arqueológicos y los vestigios históricos. Clima oceánico templado y húmedo. Es muy diferente su vegetación. E importante y variada la fauna (aves, mamíferos, anfibios, reptiles, insectos, peces, moluscos y crustáceos), subrayando su valor como área de paso y descanso de las migraciones de aves entre Europa y África. Pero, además de las aves, existe una equilibrada presencia de otros vertebrados (jabalí, tejón, garduña...).

Un recorrido por el itineario base que describimos en este viaje supone, sin duda, un verdadero encuentro en esta Reserva que hace de Urdaibai una experiencia extraordinaria para los amantes de la naturaleza.

Apenas 2 kilómetros más allá de Mundaka, Bermeo es el último asentamiento humano previsto en esta visita, el puerto pesquero más importante de la zona, al abrigo del monte Sollube y del cabo Machichaco, a solo 6 kilómetros y con espectacular vista de toda la costa. El mar es en Bermeo la razón de ser, y el puerto es la zona que ha de pasear el viajero. No puede olvidar, como en prácticamente los demás lugares visitados, la arquitectura popular, la iglesia de Santa Eufemia, la iglesia y claustro de San Francisco, el Museo del Pescador en la Torre de Ercilla, uno de cuya familia, Alonso, el autor de La Araucana, tiene busto próximo al puerto —en el parque que lleva su nombre, centro de la vida social— y en la columna que lo sustenta se recuerdan estos versos del Canto XXVII de la famosa obra: «Mira a Bermeo, cercado de maleza, / cabeza de Vizcaya, y sobre el puerto / los anchos muros del solar de Ercilla, / solar antes fundado que la villa».

Con estos versos aún en la memoria, la decisión del retorno. Más que nunca, hoy camino inevitable hacia la nostalgia de este mar y de sus gentes.

 

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