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Una calle en el corazón caribeño de la ciudad

El verdadero atractivo de La Habana se encuentra en sus calles. Los vecinos las toman a diario sin intención de llegar a ningún sitio

ALFONSO GARCÍA
13/01/2017

 

Con todos los perdones y consideraciones del mundo, el verdadero monumento cubano, habanero por tanto, está en la calle. Los vecinos la toman sin intención de llegar a ningún sitio. En las calles habaneras se resuelve, se inventa o se espera y se hacen reparaciones domésticas. No está de más leer el hermoso librito La ciudad de las columnas, de Alejo Carpentier: «En todo momento —escribe— fue la calle cubana bulliciosa y parlera, con su responso de pregones, sus buhoneros entrometidos, sus dulceros anunciados por campanas mayores, sus carros de frutas, sus vendedores de cuanta cosa pudieran hallar los hombres…, mulatas barrocas en genio y figura, negras ocurrentes y comadres presumidas, pintiparadas, culiparadas, trabadas con regateos de lucimiento con el viandero de las cestas, el carbonero de carros entoldados a la manera goyesca, el heladero que no trae sorbetes de fresa el día en que sobran los mangos, o aquel otro que eleva, como el Santísimo, un mástil erizado de caramelos verdes para cambiarlos por botellas…». Los pregones, cantarines y risueños para anunciar cualquier cosa, formaron, y perviven, como parte de esta cultura caribeña. La Habana se hace con ellos singular y viva.

Si hemos de elegir una calle paradigmática del bullicio y la vida habanera, no me cabe la menor duda: quien, entre otras cosas, no conoce la calle Obispo, ha perdido la ocasión de conocer un trozo importante del corazón de La Habana. De verdad. El bullicio impresionante, el ruido y hasta el griterío se dan la mano con galerías de arte, museos, tiendas de regalos bien anunciados con la clave o la voz, helados, flores, comidas, librerías en que aún puede encontrarse con más de una joyita, parquecitos, personajes singulares —vendedores de periódicos, maniseras, coloristas del distingo o la exclusión…—, comejones (buscavidas) –atento siempre a sus propuestas del camelo-, bares con música en vivo… He llegado a la conclusión, no sé en qué medida cierta, de que la música y el baile son aquí una especie de religión festiva y diaria. «Los cubanos —se lo oigo a no pocos— tenemos cuatro líneas en la palma de la mano: la de la vida, la del amor, la del destino y la de la música». Creo que no les falta razón.

Nos situamos en un lugar emblemático de La Habana Vieja, cerquita del Capitolio, en el que fuera poderoso Centro Gallego, hoy Teatro Nacional, reciente y hermosamente restaurado. Frente a él, sin entradas enfrentadas, dicen que para evitar competencias, atravesado el Parque Central con la emblemática figura de Martí o las discusiones a voz en grito, con llegadas y marchas súbitas, sobre pelota, el Centro Asturiano, hoy convertido en interesante museo, que desemboca en la recoleta Plaza Albear y el sabroso y mítico Floridita. Aquí Hemingway en bronce contempla el turisteo musical que toma daiquiris que nada tienen que ver con los de su época ni posteriores. Cosas de la fama. Estamos en el pórtico de la calle, que desemboca en la clásica Plaza de Armas, a la que un día llevaré al lector viajero, cerca de la bahía, eje sobre el que pivotó la historia de la ciudad y se fortalece en el presente con esperanza de futuro. Ese es otro asunto. El que nos ocupa ahora tiene que ver con una calle peatonal, rectilínea y estrecha. Calle, como tantas otras, y volvemos a Carpentier, «de voluntaria angostura, propiciadora de sombras, donde ni los crepúsculos ni los amaneceres enceguecían a los transeúntes, arrojándoles demasiado sol a la cara».

Ya sabe que el viajero se enriquece con los descubrimientos personales. Y así ha de ser, aunque me permita el atrevimiento de anotar algunos puntos en que detener la mirada, al margen, además, de las provocadas por las colas de espera. Es fácil que en la calle Obispo se encuentre con la habitual de su CADECA (Casa de Cambio), el lugar idóneo para hacerlo, sin atender a algún posible moscardón espontáneo que le ofrezca convertirse en cambiador.

Pronto, a la derecha, encontrará una galería de arte cubano, con especial atención a notables tallas de madera y joyería. Garantía segura, sin posibilidad de regateo, que sí ha de ejercer, con las habilidades de que disponga, en el contiguo Patio de los Artesanos, uno de los sitios más adecuados para la previsión de regalos y recuerdos. Prácticamente en frente, y bien nutrido de sombra, un parque al que llaman unos «Los Pajaritos», «Sancho Panza» otros. La evidencia del segundo nombre se ampara en una escultura, «El Sancho de La Habana», firmada por Leo D’Lázaro en 1989. Un buen lugar para el reposo y la contemplación. Encontrará otros rincones y terrazas para lo mismo y el refrigerio. No olvide que el calor de esta tierra es duro. A servidor le encanta, pegadito al parque de referencia, un barito-restaurante, al aire libre pero sombreado, donde se ofrece un buen mojito para mi gusto. Si le pierden los sabores de langosta y camarones, que no es el caso de quien se lo cuenta, los puede consumir frescos y a muy buen precio, hasta que los americanos, que pueblan ya, inequívocos, estas calles, los disparen hasta las cotas imprevisibles del dólar poderoso y universal.

Podrá admirar durante el recorrido el viajero algunos edificios emblemáticos, históricos e impresionantes. Y algunos escaparates y puertas de madera de exquisita belleza. Hablando de la nobleza de la madera, ya al final de la calle, al lado del Instituto Cubano del Libro, la Droguería Johnson, debida a Manuel Serafín Johnson Larralde (1860-1922) y Teodoro Agustín Johnson Anglada (1884-1961), científicos y profesores fundadores de una de las farmacias más prestigiosas de Cuba. Una ojeada a su disposición elegante, las maderas empleadas en mostradores y estanterías y los tarros ordenados con pulcritud no solo merecen la pena, hablan también del esplendor que un día tuvo la ciudad en el concierto mundial. El curioso Museo Nacional «28 de Septiembre», museo del Comité de la Defensa de la Revolución, enriquece la presencia museística de la calle, que, en la esquina con la calle San Ignacio, ofrece el escaparate de ropas típicas y frescas, tienda en que, si tiene tentación lógica, puede acercarse a la elegancia de la guayabera, por cierto utilizada ya por nuestros abuelos, no sé si porque muchos anduvieron como emigrantes por aquellos lares o porque fueron entre nosotros prendas veraniegas habituales.

Con este dilema poco grave sin resolver, nos plantamos en el último tramo de la calle. El Colegio Universitario San Jerónimo, espléndidamente restaurado, y el hotel Ambos Mundos. Una placa en este último nos advierte de la presencia en él de uno de los escritores imprescindibles en el aliento mágico de La Habana, Ernest Hemingway. Los interesados en asuntos de esta índole tienen aquí una cita, entre las varias posibles en la ciudad. La habitación es que pasó varias temporadas y escribió algunas de sus obras se ha convertido en un pequeño museo que aviva su memoria.

De usted depende, amigo. Depende visitar la habitación y depende tomar otro rumbo. Si le sirve de algo, he de decirle que durante mi última visita, di la vuelta y recorrí de nuevo la calle, ahora en sentido inverso hasta el punto de partida. Nunca se agotan los descubrimientos. Por ejemplo, compré un par de piezas en la Galería Forma, siempre seguridad en tales menesteres y uno de los viveros de la actual creatividad cubana. Felices descubrimientos, siempre enriquecedores, a pesar ya de tanto recorrido. No en vano aquí late el corazón de esta ciudad en que laten muchos otros corazones. Vaya usted a saber.

 

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