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La ermita y el dragón

El viajero se siente feliz, una vez más, de llegar a La Vid, el pueblo gordonés recoleto y pintoresco, coqueto y cuidado, enmarcado en un valle custodiado por montañas de rocas escarpadas, casi titánicas, verdes en las laderas de asentamiento. Algunas heridas buscando piedra y grava comercial. Cuánto han sufrido las montañas en esta tierra. Pero, a pesar de todo, pulcritud, arbolado y frutal. Verdad es, sin embargo, que se siente la mella de la despoblación, aunque el verano ponga sordina a estos tiempos difíciles para la comarca.

ALFONSO GARCÍA
12/01/2018

 

La iglesia, que apunta hacia el río Bernesga, tiene espadaña y escalera exterior, fenómeno curioso por estos pagos. Dejo el coche cerca. He decidido acompañarle hasta la ermita de San Lorenzo, que se adivina —vista de lince y prismáticos acercan la realidad— entre riscos hacia el norte. Si no tiene seguridad, pregunte, que encontrará respuesta certera y amable.

Antes de atravesar el puente que abre el camino, la delicia del lavadero, de 1931 y restaurado hace unos años, rememora formas de vida felizmente superadas. Los dos chorros generosos de agua garantizan, además, su bondad. Así que aproveche para llenar botellas y cantimplora que, sobre todo si aprieta el calor veraniego como hoy, le vendrán más que bien. Apenas pasado el río, un panel informativo. Lo copio literalmente, convencido de que cualquier información previa, posiblemente ampliada, enriquece el viaje: «La Vid tiene históricamente un gran interés por ser el pueblo de Gordón al que hacen referencia más documentos medievales, al pertenecer durante este período a la jurisdicción de San Isidoro de León. De este pasado nos queda como testigo la ermita de San Lorenzo y una torre medieval. En el interior de esta ermita se encuentra un ara, posiblemente romana, cuya inscripción se interpreta: ‘Julio Reburro cumplió gustosamente el voto prometido a los dioses Equeunuros’». Y: «La ermita se encuentra en un alto de la vía empedrada del Bernesga; la advocación de San Lorenzo está asociada a la peregrinación del Santo desde África, su lucha con el ‘cuélebre’ (símbolo del culto pagano), el transporte de una piedra de alabastro a lomos de un burro y posterior construcción de la ermita».

Ya tiene en qué pensar mientras camina, después de pasar dos pequeño túneles, carretera y ferrocarril, ambos unión de los territorios leonés y asturiano, o viceversa, que tanto monta. El camino, que ofrece, a la izquierda, un hermoso hayedo asentado en una ladera pendiente, conduce a Buiza por una collada. Esta es tierra de colladas. Lo dejamos, la dejamos para otra ocasión. Antes, a la altura de una tablilla indicadora, o antes aún siguiendo las vías del ferrocarril, el sendero queda marcado sobre la piel del monte pelado y a veces pedregoso, monte bajo con flora diversa según la época. Observo un águila planear, majestuosa, sobre el hayedo en estas horas primerizas y dominicales de agosto. Se oye el canto mañanero de los gallos, que reconcilia al caminante en su ruta y le da aliento.

Hemos llegado al camino que vertebra la ruta definitiva hacia la ermita que empieza a definirse en algún claro de la espesura del roble, en cuyo bosque la presencia de la escoba es inevitable. Se estrecha el camino, que habla de menos tránsito en los últimos tiempos. Se agradece la sombra. Y el agua de algún regatillo que, a pesar de la sequía, alegra el paisaje. Una tabla rústica anuncia una fuente. No puedo por menos que preguntarme si será la Fuente de las Virtudes, la legendaria fuente que mana las lágrimas de los santos Vicente y Pelayo, hermanos del santo Lorenzo, y que bebida el agua con fe, dicen, asegura un buen casamiento. No lo sé.

Lo que sí sé es que tardaré ya poco en llegar a la ermita. Cuando la contemplamos al lado, estamos a 1 255 m de altura, en una campa, pendiente, entre picachos descarnados, uno de los cuales, al lado del recinto sacro, está rematado con una cruz de hierro muy sencilla, como sencilla es la ermita, quizá del siglo X, cuya fama llegó a la curia romana y pontífices, que otorgaron privilegios. El mejor privilegio es, sin duda, la devoción que el pueblo tiene por su ermita, expresada siempre de forma natural y festiva, para pasar en su entorno la víspera de la festividad del santo, costumbre tan arraigada entre la mocedad, o la de quienes suben el mismo día a misa. El retorno abre paso a los verdaderos aires de fiesta que se celebran en torno a la fecha del 10 de agosto.

Es hora de contemplar hasta donde alcanza la vista, limitada y estrecha. La belleza es agreste y dura, suavizada por diversas tonalidades verdes. Al norte, el pueblo de Villasimpliz, la patria de Vaca Moca, a donde se puede llegar siguiendo el camino bien visible. Es otra historia. Al sur, La Vid, rectilíneo y tranquilo.

Curiosidad. ¿Ha visto en algún momento, sobre la roca, las huellas de las herraduras del borriquillo de la tradición y la leyenda? No olvide, siguiendo las veladuras de lo legendario, que estamos prácticamente sobre el túnel de La Gotera, antaño mítico desfiladero en un tajo de roca y agua, escenario de la leyenda más conocida, ‘El dragón de La Gotera’, que le resumo esperando que complete sus flecos. El espacio es siempre tirano que no permite más:

Un mal día pareció un enorme dragón, de muchísimos metros de longitud, un cuerpo tan grueso que ni siquiera diez hombres uniendo sus brazos y sus cuerpos podrían haberlo abrazado, de piel sedosa y dura como las propias rocas. De color verde amarillento, sus escamas resplandecían al sol con brillo inusitado. Los ojos enormes, como dos profundos pozos, produjeron pavor a algún osado que los contemplaba fijamente desde el picacho próximo. Desde su aparición, la tranquilidad de la vida de aquellas gentes se vio truncada de tal modo, que muchas dejaron de poblar aquellas tierras en siete leguas a la redonda.

El dragón —el culubro, según la crónica— se atravesó un día con la barriga en medio del río, la cabeza en una cueva de una montaña lateral y el rabo en otra de la parte contraria. Esto atemorizó aún más a los vecinos: el agua se retenía con peligro de anegar casas y campos de Villasimpliz. Cuando el dragón se retiraba, las aguas retenidas por su cuerpo arrasaban campos y viviendas de La Vid. La vida allí se hacía imposible. Se estableció un turno entre los vecinos de ambos pueblos para ofrecer la oveja diaria que el dragón exigía para alimentarse. Si no se la daban, de nuevo soltaba el agua remansada o la seguía reteniendo.

Cuando le tocó el turno al herrero de La Vid, un tal Alfonso Avellaneda, la historia cambió de rumbo. El hombre no tenía ovejas. Y se le exigió entregar a su hija, sacrificio que, desde luego, no estaba dispuesto a aceptar. Después de dar muchas vueltas al asunto, pasar varias noches en vela y llorar en silencio amargo, se decidió.

Aunque su tierra era Tánger, Lorenzo había llegado a este lugar movido por las noticias sobre el cuélebre. Era un hábil cazador y venía acompañado de sus hermanos, más jóvenes, Vicente y Pelayo, los tres con fama de santos. Avellaneda expuso el caso a Lorenzo. Y este, utilizando durante dos días todas las habilidades y todas las armas, no consiguió hacer el menor daño al dragón, que se embravecía con espantosa soberbia. Los extraños sonidos guturales de la bestia añadían más terror al temor que ya tenían aquellas gentes. Solo al tercer día encontró la solución: templó unas barras de hierro en la fragua de Avellaneda, las envolvió en una torta de tierra y tocino. El dragón lo tragó y reventó. Los bramidos del animal fueron espantosos.

El descenso es igualmente fácil. Es una ruta sin dificultades.

De nuevo en La Vid, recuerde. ‘La torre de Isidorín’, del siglo IX aproximadamente, visigótica asturiana, con notables referencias históricas, duerme hoy el sueño del abandono en un corral en medio del caserío. Las antiguas escuelas, que iban para Centro de Interpretación del Clima y quedaron en sala de exposiciones —es bueno visitarla—, a la que deseamos larga y fructífera vida.

Una mañana intensa y reparadora. Si prefiere rematarla con comida, la carretera ofrece tres alternativas clásicas en la gastronomía de la zona. Al norte, Villamanín (Casa Ezequiel). Al sur, Ciñera (La Hornaguera) y Vega (Casa Senén).

Espero que el día le haya resultado interesante. Merece la pena.

 

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