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Vinos de su puño y letra

«Hay que escuchar a la viña»

Mario Rovira Roldán
Bodega y Viñedos Akilia, S.L.

«Hay que escuchar a la viña con humildad, porque la viña te lo dice y te lo da todo. Si escuchásemos al viñedo, el ochenta por ciento de los vinos que están en el mercado no se harían. Debemos reflexionar y centrarnos en lo más importante. Hay que volver a los orígenes: la viña lo es todo»

 

Mario Rovira, ante los depósitos de hormigón en los que elabora sus dos tintos ‘Akilia’. - B. FERNÁNDEZ

Rafael Blanco
28/12/2012

Mario Rovira Roldán es un barcelonés que se formó como ingeniero agrónomo en su ciudad y en Lérida y como enólogo en Tarragona. Completó el ciclo teórico con un máster en comercialización de vino y el práctico con experiencias en Nueva Zelanda, California y Francia, en este caso de la mano de Jean Claude Berrouet, a quien considera su maestro. Conoció en esa época quien sería determinante para que acabase recalando en el Bierzo: un amigo que había soñado aquí su jubilición. Cedió a la persuasión, vino y quedó tan fascinado por el entorno, el viñedo y la mencía que decidió quedarse. «La Mencía tiene un enorme potencial. Es difícil que haya en el mundo una variedad autóctona que tenga tanta fruta y que al mismo tiempo sea tan floral y mineral y tan variada en especias... si se trabaja bien», dice.

Extraordinariamente crítico con determinadas prácticas en el campo, cree que hay que ser «muy respetuoso con la cepa en el viñedo y con lo que llega a la bodega desde la viña, que es donde paso el 90% del tiempo que dedico al trabajo».

Se reafirmó en esas convicciones cuando conoció el escenario ideal para desarrollar su proyecto. Tiene como fondo de pantalla los montes Aquilianos, cuya referencia, con la licencia gráfica que facilita la lectura para los anglosajones, tomó como identidad para la bodega y también para sus vinos. El viñedo que Rovira Roldán considera ideal está en San Lorenzo, al sur de Ponferrada, una zona de producción que viene suscitando muchísimo interés por su mayor frescura. Las 2,5 hectáreas de propiedad ocupan dos laderas enfrentadas a 600 metros de altitud, con orientación este una y oeste la otra, y con dos tipologías de suelo distintas: pizarra sobre arcilla para Chano Villar (dos hectáreas) y cuarcita sobre arena para Lombano (media hectárea), que se complementan, se vinifican por separado y al mismo tiempo garantizan la máxima expresividad para sus vinos.

A partir de esa base y desde la observación de algunas otras convicciones en la elaboración —nada de sobremaduración ni grandes extracciones, poco alcohol y elegancia en el contenido en botella—, Rovira Roldán intenta «trasladar al vino lo que veo en la viña y hacer unos vinos aparentemente sencillos pero íntimamente complejos».

Para eso realiza la vinificación en depósitos prefabricados de hormigón que hizo traer de Borgoña

—«me gusta su dinámica térmica porque conserva muy bien las temperaturas sin necesidad de usar frío ni tecnología»— y barricas de roble francés que en su primer uso ha limitado el añejamiento a nueve meses, aunque el horizonte de futuro en ese sentido estaría en los doce meses. Su perfil de vino trata de evitar el peso de la madera para manifestar esencialmente las excelencias de la Mencía en su más amplia y sugerente expresión frutal y mineral. Entiende su autor que no hay entre las viníferas ninguna que sea comparable con esta variedad. Y eso es algo que merece el más absoluto respeto y la más alta consideración.

Con la convicción de que esos dos vinos son algo que «sólo se puede hacer en San Lorenzo» salen ahora al mercado unas once mil botellas que llevarán como marca un perfil de la viña y la propia razón social de la bodega en evocación del vuelo del águila a la que en ambos casos se hace referencia.



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