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Su majestad la alfarería

Jiménez de Jamuz saca pecho y presume de ser la primera Zona de Interés Artesanal de la provincia. Un título para impulsar a los maestros del barro, quienes a golpe de torno siguen modelando una tradición y la propia vida del pueblo, que abraza la arcilla y escribe otro capítulo del arte con mayúsculas

 

El colorido que sorprendió a Gaudí es precisamente uno de los elementos identitarios de los llamados ‘cacharros jiminiegos’,modelados y cocidos con el tesón y la paciencia que sólo dan los años en el oficio. -

a. valencia
11/05/2018

Cuando el calor empieza a apretar afuera y la primavera se esfuerza por florecer, en Jiménez hay trajín con los cacharros. Tierra de alfareros, de comediantes, de mayos... Tierra de tradiciones tan arraigadas como el barro que sale de los ricos terrenos del municipio que enamoró a Gaudí. No solo el ‘tesoro’ que esconde su suelo conquistó al genio catalán, sino el buen hacer de sus alfareros modelando la belleza rojiza de la tierra de esta zona.

Alguien escribió que «la sabiduría de cada generación es nuestra propia sangre. Así hay que mirar las raíces y huellas del pasado». Desde antiguo, en Jiménez el barro ha sido complemento indiscutible. Fuente de riqueza y de empleo. La artesanía se lleva por bandera como seña de identidad de un pueblo que intenta, como otros muchos, capear la tan repetida despoblación.

El Valle del Jamuz quiere dar un paso al frente. Una zancada que cada año impulsa con la feria de artesanía, una muestra, que se celebra este domingo, cargada de cariño, tesón y buenas intenciones. De labores modeladas al torno con la paciencia que dan los años y la maestría de quien lleva décadas acariciando el barro.

Una insistencia que se tradujo en buenas noticias el pasado 13 de abril, cuando la consejera de Economía y Hacienda, Pilar Del Olmo, hacía oficial el reconocimiento de Zona de Interés Artesanal (ZIA). Un título concedido a Jiménez de Jamuz que se alza como tercer pueblo en toda la comunidad en ostentarlo. Junto a Portillo, en Valladolid, y Las Merindades, en Burgos, el pueblo leonés completa las localidades donde la tradición proyecta futuro. Eso es, precisamente, lo que quieren en esta tierra, que el reconocimiento se traduzca en valores reales, en vida y visitantes al pueblo y, por supuesto, en un impulso a la alfarería.

Un oficio reconocido con varios siglos de antigüedad, que se ha mantenido de manera ininterrumpida hasta la actualidad y se ha plasmado incluso en la apertura de un Alfar Museo que se puede visitar. Un lugar con tanto encanto como el que rezuma la artesanía y el barro y que custodia un horno árabe como apenas quedan.

Bucear en la historia alfarera de Jiménez es, como poco, proponerse un viaje en el tiempo. Abróchense los cinturones. Ya en el Catastro de Ensenada de 1752 se describe la existencia de 42 alfareros en Jiménez de Jamuz, lo que le convertía en el núcleo más importante de la comunidad en esta materia. A mediados del siglo XX la cifra de estos profesionales superaba el centenar.

El barro rojizo de Jiménez se ganó el respeto de Gaudí, que no dudó de su belleza para la construcción del Palacio Episcopal de Astorga. Un binomio que ya es eterno aunque se estima que comenzó en 1891, cuando el arquitecto visitó los alfares jiminiegos, quedando sorprendido por los colores, el vidriado y las decoraciones con ‘pintos’ que los alfareros daban a sus ‘cacharros’ tradicionales. En ese momento, Gaudí decidió que los ladrillos que conformarían nervaturas, arcos de puertas y ventanas, chimeneas y en general la decoración interior del Palacio astorgano serían realizados en los alfares jiminiegos. Desde 1891 hasta 1893 varias fábricas de la localidad se encargaron de producir dichas dovelas.

Es precisamente ese colorido que sorprendió al genio catalán uno de los elementos identitarios de los llamados ‘cacharros jiminiegos’, que están elaborados con barro local de gran calidad, una arcilla autóctona de mucha plasticidad que se extrae de fincas situadas en las proximidades del pueblo. Son piezas con una decoración sencilla pero de gran belleza, por la armonía de sus proporciones, que además mantienen su utilidad para cocinar, almacenar líquidos o conservar alimentos. Recipientes siempre útiles.

Forma, todo ello, un puzzle imposible de repetir en otro lugar. Precisamente, una alfarería tan propia que ha llevado a la Junta ha conceder la distinción de Zona de Interés Artesanal. Una distinción que se entrega únicamente a municipios o áreas geográficas del territorio autonómico que destacan por su tradición en el sector y, además de servir para promocionar esta actividad, conlleva un trato preferente en las subvenciones de la Dirección General de Comercio y Consumo que se convocarán este ejercicio. Castilla y León cuenta con tres Zonas de Interés Artesanal, un título administrativo que implica una mayor difusión del trabajo de los profesionales integrados en ellas y, sobre todo, una puntuación adicional en las ayudas de autonómicas al sector previstas para 2018.

Es bien sabido que quizá ninguna provincia española conserve el patrimonio de artesanía viva como el que se cuece en tierras leonesas. En un recorrido por Jiménez de Jamuz los alfareros se anclan en las viejas costumbres de tratar este oficio noble lejos de la maquinaria moderna y con unas habilidades heredadas de generación en generación.

En Jiménez se conservan los mejores alfareros de la provincia y es el núcleo más importante de León donde se da cobijo a esta artesanía. En la actualidad son cinco los alfares que se aferran a una tradición que escribe el arte con mayúsculas: Alfarería Taruso, Alfarería San Miguel, Alfarería Esteban y María Teresa, Alfarería La Catedral del Barro y el Alfar Museo, de titularidad municipal.

Los maestros saben que el secreto esta en una coordinación absoluta de manos, pies y mente. El barro cobra vida entre sus dedos y a vuelta de torno ellos ha modelado la suya propia. Un testimonio venerable y cultural que no podemos dejar que desaparezca. Y es por eso que ellos, los cinco, son auténticos magos capaces de acercar al visitante a un mundo, para muchos, desconocido que, sin embargo, forma parte de nuestra cultura más básica.

«‘Artesano’ — escribe el decorador Pascua Ortega en la introducción del libro Artesano. El buen hacer español (editorial Turner)— se relaciona más con el arte que con la propia mano, aunque esta sea imprescindible en su realización. Y, curiosamente, ‘artesanía’ suena como una hermana menor del Arte con mayúscula, un poco despistada y menos considerada, sin saber por qué, cuando en realidad es la ‘Marta’ de las hermanas, es la útil, la que desempeña una función práctica, la más necesaria para el día a día y la que más facilita la comodidad y la calidad de vida de los humanos. Y todo ello sin olvidar la vocación de bella manualidad armónica y creativa que la vincula, y a veces muy próximamente, con su glamuroso pariente, el Arte». Pues dicho y hecho. He aquí su majestad la alfarería.

   
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