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casar de burbia | Carracedelo

Mencía, una pasión incontenible

«Más que vino, Casar de Burbia es un proyecto, una filosofía, una idea… Y sobre todo es una familia. Esa interpretación de la actividad en la viña y en la bodega tiene muchísimo peso en el nuevo consumidor». Al menos así lo entiende quien lo firma y afirma, Isidro Fernández Bello.

 

Aspecto general del magnífico vinedo queCasar de Burbia posee enlas laderasde Villafranca. - B. FERnÁNDEZ

Rafael Blanco
13/01/2012

mapa de situación de la bodegaCasar de Burbia es un proyecto cerrado por volumen de producción y sólo va a crecer en calidad». Siempre situó Isidro Fernández Bello el horizonte cuantitativo de la bodega en cien mil botellas, pero nunca puso límites al de la calidad porque, probablemente incluso siendo él extremadamente ambicioso también en este sentido, ni siquiera pueda imaginárselo todavía. Lo intuye, eso sí, y hacia ese objetivo avanza con la misma ilusión de siempre, pero ahora con una mayor fe en sí mismo y en sus propias convicciones. Tampoco podía imaginarse la realidad actual de la bodega cuando en los años ochenta, todavía estudiante con la pretensión de ser ingeniero agrónomo, le dijo a su padre que lo suyo era el vino. Lo asumió Nemesio Fernández, como asumiría hoy cualquier decisión de su hijo, consciente incluso de que de alguna manera eso significaría relegar la actividad a la que tanta dedicación había regalado. Fruticultor de referencia, tuvo Nemesio que cerrar la compra de 252 parcelas en las mejores laderas de Valtuille de Abajo para componer en 1989 un viñedo que, seleccionado con mucho criterio, suma ahora 27 hectáreas, pero sobre el que llegó a realizar nada menos que nueve mil injertos para reducir el exceso de variedades blancas poco apreciadas en beneficio de la mencía.

Desde la convicción de que dispone de las mejores viñas justamente donde se abre paso el Camino de Santiago —la mítica Sapita, San Salvador y Valdepiñe— o al borde de él —La Valdaiga, El Castañal, La Xica, La Francisca…—, sobre las que identifica 52 pagos que cataloga en tres grupos por orientación, altitud y composición del suelo —arcilloso, pedregoso y mineral—, pero que diferencia uno a uno, Fernández Bello se siente obligado a dar cada día un paso más en la conquista de la calidad. Desde el año pasado tiene el mercado un blanco bivarietal

—60% godello y 40% doña blanca— que permanece tres meses sobre lías, que lleva el nombre de Cíbola (10.000 botellas; 6,00 euros) y que ha de servir de base para un barrica que se ensaya y que llevará la etiqueta de referencia de la bodega. Los tintos, cuya vinificación se determina por la procedencia y a partir del profundo conocimiento de los 52 pagos perfectamente identificados en el viñedo, representan la fruta en el Casar de Burbia (ocho meses en barrica, 50.000 botellas del 2008; 10,00 euros), la complejidad y la suavidad en el Hombros y la mineralidad en los Tebaida (dieciséis; 15.000 y 22,00) y Tebaida Número 5 (veinte, 2.200 y 50,00).

Hoy Casar de Burbia aparece entre las tres primeras del Bierzo en todas las guías importantes del país, se cita como una «bodega de autor», sus vinos tienen un enorme prestigio en Estados Unidos, donde la crítica tampoco escatima elogios, y en el centro de Europa, exporta una tercera parte de la producción.

Inquieto, observador, autodidacta e inconformista, defiende la necesidad de «volver a ilusionarnos»: «Hay que romper la rutina y hacer algo nuevo cada día. Hay que reinventarse. El vino cambia y nosotros tenemos que seguir el ritmo que nos marca», se exige. Hay bodegas en el Bierzo que están llenas de vino, incluso de buen vino. En Casar de Burbia lo hay muy bueno, excelente, pero también hay honestidad, profesionalidad y, sobre todo, pasión. Mucha, mucha pasión.

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