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LUGARES FIGURADOS

Moradas de la música

LUIS CARNICERO / Arquitecto y poeta

 

Moradas de la música -

01/12/2017

Con qué ritmo divino dejan su armonía las cumbres en la línea del cielo; con qué geometría se quiebran para que las rasgueen las nubes; con qué canto estallan las cuevas en el valle de cuencos —piensa— si sólo un álamo gris que avanzara, acertaría a ir comulgando oquedades en las ruinas de roca.

Va recorriendo Valdeteja, de La Vecilla a Lugueros, para llegar a Llamazares y, desde la humedad de sus prados, ascender al Bodón. Lleva consigo un papel plegado que tiene impreso un poema, una partitura en cuatro tiempos y un pequeño instrumento de viento.

Las cruces del cementerio transforman el aire. Y él respira. Baja presta el agua desgarrada entre cembos. La vallina es piel de escarcha en la que el mediodía osa grabar el perfil de las crestas. Camina temblando. El monte muestra cicatrices tan bellas que sólo acierta a imitarlas, en planta y alzado, el cristal del carámbano. Y entra en un sedo en forma de V, hollando con miedo, como si temiera apagar la eufonía de la hierba, ascendiendo, cruzando un hayedo, sin importarle perderse.

El hermosísimo bosque insinúa un camino y tras él una collada le llevará hasta la cima, ante las cabeceras del Curueño, bajo el zigzag de algún vuelo. Pero él busca la Cuevona, enfilando con lentitud una llera, hasta que llega rendido, entre piedras rotas, penetrando en su ojo-boca, sombra sonora, elevando la mirada a través del ventano por el que se cuela el celaje marcando el tiempo como si fuera un reloj.

Para decir la nada se arrodilla, entregándose a lo oscuro del gran santuario. Recita, de Octavio Paz, sólo entonando vocales, u aue e ia… Piedra de Sol. Luego, después de sentir «cuatro treinta y tres», el Silencio, de Cage, hace sonar un Sol grave durante siete segundos en su humilde ocarina. Sobre la Cueva de las Horas, ser y ceguera, acorde espiral, como un don derramado, se eleva el Sol.

Y vibran los valles ardiendo de música, incendiados de voz.

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