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CONOCER LEÓN

El puente del caballero

La gesta de Don Suero, el joven que hizo historia en un puente sobre el Órbigo

 

El puente de Hospital de Órbigo donde Don Suero organizó sus famosas justas y por las que caballero y paso han entrado en la historia. Es Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural. El AYuntamiento lo ilumina con colores por la noche - JESÚS F. SALVADORES

SUSANA VERGARA PEDREIRA
17/04/2015

Había cumplido 25 años ya cuando a Don Suero le entró una locura juvenil. Empeñado en vivir una novela de caballerías, pidió permiso al rey, y lo obtuvo, para organizar unas justas. Con nueve amigos, se plantó en Hospital de Órbigo y retó a todos los caballeros que pasaban por el puente. Era el 10 de julio de 1434. Un mes y 300 lanzas rotas después, se levantó el campamento. Suero de Quiñones terminó casándose con Leonor de Tovar. Su historia aún se cuenta.

 

El viejo puente atraviesa un río que nunca nació. O lo hizo dos veces dos veces. Diecinueve ojos para salvar el gran caudal, ahora encauzado, domesticado aguas arriba por un embalse aunque antes fue bravo. Un gran paso para salvar el Órbigo, un buen nombre para este cauce que es en realidad agua de fusión, Orbi Cua, confluencia de ríos, la suma del Luna y el Omaña.

Aguas llenas de historia y leyendas. Cuentan las crónicas que ahí donde se alza el puente cruzaban ya las tribus astures, que Roma lo convirtió en una de sus calzadas, que el cauce bajó teñido de sangre, rojo todo tras la batalla entre godos y suevos, entre las huestes de Teodorico y las de Requiario cuando apenas había terminado el año 456, que árabes y cristianos midieron aquí su poder, que lo atravesó victorioso Almanzor camino de Córdoba llevando en sus alforjas como botín las campanas de Santiago de Compostela, que las grandes familias con señorío leonés dirimieron sus disputas, que los vecinos, o los ingleses, depende de quién cuente la historia, volaron sus arcos para cerrar el paso a las tropas napoleónicas, que ha sido senda de peregrinos, romeros y trashumantes, reyes, pillos y santos, que es Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural. Diecinueve arcos que ahora se antojan algo grandes pero que apenas cubrían la anchura del río antes del pantano, semejante tamaño tenía. Pero todo esto no habría sido suficiente si a su rescate no hubiera llegado un caballero.

No eran tiempos ya de lances, de historias de caballerías, quizá fuera sólo capricho de un joven hidalgo mal entretenido, ansioso de gestas, o tal vez fuera verdad que era prisionero de una dama. Fuera como haya sido, Don Suero, hijo de Diego Fernández de Quiñones y María de Toledo, noble leonés, señor de Navia, entroncado con los Aller y los Álvarez de Toledo, descendiente de los Luna, poeta de la Corte, pidió audiencia al rey, que pasaba el verano con su familia en el Castillo de la Mota, para llevar a cabo sus andanzas. Oído su propósito, Juan II no sólo le concedió el capricho, también convocó a todos los caballeros europeos a aquel remoto lugar, el puente sobre el Órbigo, el lugar donde se alzó un hospital de peregrinos, el que sería desde entonces para siempre Paso Honroso. Así que allí llegaron el 10 de julio de 1434, Año Santo para más señas, el noble leonés y nueve amigos, Lope de Estúñiga, Diego de Bazán, Pedro de Nava, Suero Gómez, Sancho de Rabanal, López de Aller, Diego de Benavides, Pedro de Ríos y Gómez de Villacorta, para batirse en un torneo incruento, sin más muertos que un caballero al que la mala fortuna quiso que resultara atravesado en un ojo, glosado por todos los juglares, nombrado por el mismísimo Don Quijote, para romper 300 lanzas por el amor de una mujer.

«Si no os place corresponderme, en verdad que no hay dicha para mí», llevaba escrito en romance Don Suero, grabada la leyenda en una cinta azul.

Cuentan las crónicas que, por amor, guardaba vigilia todos los jueves, en riguroso ayuno, y se colgó del cuello una argolla. No dice la historia qué pensaba la dama de semejante hazaña aunque sí que la bella Leonor de Tovar acabó casándose con él.

Quizá ya fuera su enamorada, eso no lo cuentan las crónicas, pero ese detalle carece de importancia porque durante 30 días, sin cesar, Don Suero y compañía, esó sí los cuentan los legajos, instalaron veinte tiendas, bloquearon el puente, retaron a todos los caballeros bajo la amenaza de hacerles vadear el río, qué vergüenza, misa por la mañana al comenzar el día, banquete al caer la noche, y rompieron 300 lanzas, ni una más porque el valido Álvaro de Luna, harto de tanto juego, cansado de tanto desatino, ordenó suspender las justas justo el mismo día en que Don Suero resultó herido. Se levantó entonces el campamento, se liberó el puente por fin para el paso de mercaderes y mercancías, se restableció la normalidad, Don Suero y sus nueve amigos se postraron primero ante las reliquias de San Isidoro y luego ante Santiago Apóstol y todo acabó. En Compostela, el noble leonés dejó la cinta en prueba de su amor y convirtió la argolla en una gargantilla de oro. Y allí siguen, en Santiago, la cinta anudada al cuello de Santiago el Menor, en la capilla de la reliquias, y la argolla en el relicario del Apóstol.

Volvió Don Suero a su tierra y se desposó con su amada Leonor. Ya no era un niño, tenía 25 años, pero su infantil locura quedó grabada para siempre en la historia. En el puente que honra aún hoy la gesta de un caballero.

Un peregrino atraviesa el puente de Hospital de Órbigo. Foto: JESÚS F. SALVADORES