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El río helado del paraíso

Baja frío, casi helado, surcando un territorio antiguo de hombres e historia. Cruza viejos puentes, riega pastos, da vida a bosques, abre desfiladeros y luego se remansa buscando el mar tierra adentro, donde el Duero no se llama aún ni Porma y el paisaje describe historias de belleza y olvido. Treinta y tres pueblos a su vera. Decenas de rutas por las que surcar cuando el frío se anuncia en las cumbres, el cielo es azul y sopla el viento del Norte. Es el Curueño, el río helado del paraíso.

 

El Curueño baja frío, casi helado, describiendo paisajes de paraíso. - NORBERTO

El río helado del paraíso -

SUSANA VERGARA PEDREIRA
01/12/2017

Se precipita desde el Puerto de Vegarada por un territorio de lucha, conquista y olvido. Nace ya frío, a 1.560 metros sobre el nivel del mar, hasta su encuentro con el Porma, que es objeto de desacuerdo histórico entre tres pueblos: Ambasaguas, que se lleva el triunfo del nombre, Barrio de Nuestra Señora y Devesa de Curueño.

Un puñado de kilómetros surcando un territorio en el que hay vida desde el Mesolítico, el lugar que eligieron los primeros europeos para asentarse en las cuevas que ha abierto el río desde hace milenios. Siguiendo su curso trazaron los romanos la vía de conquista, La Calzada la llaman, con mayúsculas, la misma que siguieron soldados romanos y rebeldes, guiaron después los pasos de pastores, arrieros y tratantes. Para ir, y para huir.

Pero la historia comienza aguas arriba, en el Puerto de Vegarada, en los neveros, donde nace este río entre tierras. Un regato entre praderíos de alta montaña y un espectacular paisaje. Aunque toma su nombre un poco más abajo, en Redipuertas, donde el río Pinos se une al reguero de la Carva y se convierte en un cauce silvestre que se despeña por el desfiladero de Los Infiernos, se une al río Faro y se precipita en la cascada del Saltón, se abre paso en las Hoces de Valdeteja y se remansa en paz antes de fundir su nombre para siempre en un afluente del Duero.

Si el viajero sigue la ruta del río, encontrará la huella de Roma hecha piedra, en calzadas y puentes, transitables aún hoy como lo hizo el general romano y sus legiones. Es la ruta de los Puentes Históricos de Valdelugueros, para la que no hay tiempo ni época del año, pues da igual que se cubran de nieve, se tornen de mil grises en otoño, verdeen en primavera y sofoquen el calor del estío.

Montes, gargantas y pasos en este territorio que mira al cielo desde sus cumbres de más de 2.000 metros, las de Lugueros, Canseco o la Collada de Redilluera, que guía otra ruta. Si hay nieve, Vegarada es el destino. O San Isidro a través de Riopinos, donde la estación se vuelve menos tumultuosa y el esquí es en familia. A pie se puede hacer la Travesía de Arintero a Valdehuesa. Y andando se ha de pisar la maravilla de sus bosques, que son de hayas en Tejedo, de robles en Sopeña, en cordal hasta Ambasaguas, de encinas y melojos.

Es tierra de agua esta, en las lagunas glaciares de Vegarada, en las cascadas del Saltón y el Ángel en Redipuertas o en la aventura del Río de Faro. Agua que tiñe de azul la belleza de la Cueva de Llamazares, o la de Dos Hermanos, donde aparecieron los restos de los hombres del mesolítico, morenos de ojos verdes de La Braña-Arintero. Agua que se vuelve luz verde en los pastos y en sus flores, algunas únicas, a simple vista, orquídeas divinas que se vuelven maravilla, agua que es vida para las truchas o los desmanes, sapos, ranas y tritones, que da de beber a zorros, perdices y urogallos, a tejones, ciervos y ardillas, que permite sobrevivir al lobo y al gato montés, que deja crecer la seta de San Jorge y las amanitas.

Es río de culto y cultura, donde tejió el románico su belleza pionera, en Ambasaguas, en Barrio de Nuestra Señora, en Barrillos de Curueño y Santa Colomba, que tienen ruta. Tierra de arte en el plato, de carne y setas, de pollo de corral y sopa de truchas, de lechazo, embutido y cocido montañés.

Territorio sin tiempo, que no hay estación que no invite a disfrutarlo. Ahora que acecha el invierno y se adivina el calor del hogar después de una jornada en este lugar que fue Roma y Arbolio, historia y olvido.

En la tierra del río Curueño. La huella del Paraíso.

El Puerto de Vegarada, la cabecera del río Curueño, donde nace el río que vertebra un territorio de 24 pueblos. EMILIO OREJAS

Azul intenso en el interior de la Cueva de Llamazares. SANDRA FERNÁNDEZ LOMA

Cascada del Saltón, uno de los saltos de agua de la Ruta de las Cascadas del Río de Faro. EMILIO OREJAS

Paso del Curueño por Lugueros, en su piscina fluvial. EMILIO OREJAS

   
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