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La senda de ‘las Tres chopas’

La Robla crea la ‘Ruta de los robles centenarios’, que recorre el Pinar del Rabizo en busca de los quercus que sobrevivieron a la repoblación del viejo Icona, roblones que los vecinos llamaron siempre ‘Las tres chopas’

 

Uno de los ejemplares de quercus con más de un siglo de vida del Pinar del Rabizo que se visitan en la ‘Ruta de los robles centenarios’ creada por el Ayuntamiento de La Robla y que está perfectamente señalizada para poder hacerla todo el año. - MARCIANO PÉREZ

SUSANA VERGARA PEDREIRA
10/11/2017

Están ahí desde siempre. De antes de que el pinar de repoblación se extendiera por las lomas que eran de monte bajo y quercus. De cuando la carretera y su curva eran peligro mortal. De los tiempos en que no había chimenea, ni central, el carbón calentaba hogares y el río corría frío y silvestre.

Tenían nombre. ‘Las tres chopas’. En realidad, ni eran tres y, en contra de lo que pudiera indicar el nombre, ni eran chopos. Claro que tampoco el nombre de La Robla deriva de roble sino de la firma solemne con la que se cerraron de antaño los acuerdos entre ganaderos, el contrato de compra venta de ganado.

‘Las tres chopas’ son en realidad una docena de viejos robles, roblones centenarios que se mantuvieron vivos en las lenguas de pinares que el viejo Icona extendió por Camposagrado, Cuadros y El Rabizo cuando España cambiaba de década y dejaba atrás los años 40. Desde la vieja carretera, en la loma de occidente, los vecinos de La Robla veían esos grandes quercus que sobrevivieron a la plantación de pinos. Cuentan que al ingeniero del Icona le dio no sé qué talar los troncones y los dejó en medio de las tres especies de coníferas que convirtieron la colina en un frondoso bosque, una masa verde que baja desde el alto que hace frontera entre las tierras de Alba y León, el pulmón del que respira La Robla y con el que ahuyenta los humos de su central térmica, que llegó después que el bosque.

La carretera cambió de trazado pero los robles siguieron en pie. Y su recuerdo, vivo entre los mayores, los que guardan la memoria de testigos silenciados de la historia, de fosas de una guerra incivil, de búnkeres de batallas fratricidas y que, sin embargo, ha sido también santuario de amores incipientes sin pasar por los altares y reserva de piñas que adornan los belenes de la Navidad y perfuman el calor del hogar.

Quizá estuvieron solos en la loma, rodeados de monte bajo. Ahora, hay que buscarlos en la frondosidad de un bosque que nunca se ha quemado, que es santuario de setas y provisión de madera —ahora además biomasa—, que es riqueza, en dinero también, para los vecinos de cinco juntas vecinales, de La Robla y los pueblos con apellido del Fenar, de Brugos, Solana, Candanedo y Rabanal.

Ahora se pueden buscar ‘Las tres chopas’ siguiendo las indicaciones de una ruta homologada que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de La Robla para no olvidar ya nunca más a esos otros habitantes del bosque, los otros ‘vecinos’ que viven en El Rabizo. Es la PRC-LE 74, la ‘Ruta de los robles centenarios’, quince kilómetros de senda que parte de la Plaza de la Constitución, en La Robla, y conduce hasta los roblones, señalizada con las normas de la Federación de Montaña de Castilla y León y recogida en GPS. Entra la ruta en la ermita de Celada y recuerda la leyenda que allí mismo, un capitán cristiano tendió una celada a las tropas musulmanas derrotas en Covadonga y, que en su huida, en el 722, cayeron en la emboscada allí mismo, en donde ahora se alza el templo sobrio erigido para honrar a la Virgen que se apareció para ayudar a los caballeros cristianos, que reza la creencia popular que las huestes moras venían en huida de librar la primera gran batalla de la Reconquista, no en las montañas asturianas sino en territorio de Gordón, donde dos siglos después Almanzor ‘el victorioso’, el temido caudillo árabe, sucumbió también a las armas cristianas, que así lo cuenta el escudo de La Pola, ‘Mas pero a Gordón non lo prisó’ (‘Y sin embargo a Gordón no lo aprisionó’), y que allí, en la ermita de Celada, se venera a la Señora que puso en jaque por primera vez el dominio musulmán.

Quince kilómetros de ruta en busca de los viejos mástiles centenarios si se hace completa el itinerario circular, cuatro si se llega sólo hasta los robles. Y la vuelta, claro. Se puede recorrer todo el año, en invierno también, pisando la nieve que alimenta el Pinar del Rabizo, santuario de animales silvestres y especies vegetales y muestra de un patrimonio histórico, natural e industrial.

Dicen que si la recorres en silencio, escucharás el latido de la naturaleza aquí al lado, a un paso de León.

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