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El triángulo silvestre de León

A las afueras mismo de la ciudad, el Torío y el Bernesga se funden en un sólo río. Lo hacen en un triángulo natural que no ha perdido su paisaje . En donde León se abandona y la naturaleza toma de nuevo su lugar

SUSANA VERGARA PEDREIRA
25/08/2017

 

Es el triángulo silvestre de León, la ciudad entre dos ríos. Un espacio que la urbe no ha tomado aún, un lugar sin urbanizar, la senda natural del agua al final del asfalto donde León se convierte en polígono industrial y un río pierde su nombre.

Y, sin embargo, el Torío y el Bernesga llegan allí casi con el mismo caudal para fundirse en uno solo y bajar camino del Esla, el gran afluente del Duero, el río mágico de los astures, el cauce de la conquista de la antigua Roma. Llegan allí casi en igualdad de condiciones si el invierno ha sido generoso en nieves en las cumbres, más mermado el Torío en el estío. Llegan allí para confluir. Que no digan que se convierten uno en afluente de otro, que sólo unen sus caudales en un espectáculo geográfico poco usual, pues es norma en la naturaleza que el grande absorba al pequeño.

En ese triángulo en el que los dos ríos se alejan del casco urbano y la ciudad se vuelve otra vez agreste se funden para siempre el Torío y el Bernesga y sobrevive sólo el nombre de uno de ellos. Las aguas de los dos viajan desde allí camino de las huertas, la vega y los viñedos para ser parte del mítico Astura, el Esla del que hablan ya las crónicas de Floro y Paulo Orosio y cuenta milagros el santo san Isidoro.

Llega el Bernesga hasta la ciudad cruzando de norte a sur la provincia desde su nacimiento en el puerto de Pajares, apenas un hilillo de agua que recoge el deshielo de las pistas de esquí y se alimenta del Dulcepeña, el Cayeros y el Rocapeñas, los arroyos que le permiten convertirse en un cauce 1.500 metros más abajo. Recorre el agua el mismo camino que la Ruta de la Plata, vadeando ermitas y pueblos, haciendo industria para los hombres de estas tierras, moviendo molinos y turbinas, enfriando el fuego de la central térmica de la Robla, lavando el carbón, labrando un valle que se hace suave en la margen derecha y más pronunciado en la izquierda, quién sabe si por el azote de los vientos del oeste, el frío o la nieve, regando tierras de labor y sotos, convirtiendo el paisaje en grandes choperas.

Encauza la ciudad el río y lo domestica entre murones y sendas de paseo, carriles para las bicis y juegos infantiles, pero a nada que se descuida la ciudad, vuelve la naturaleza a tomar el cauce y dejan las aguas que crezcan poderosos los chopos en la orilla invadida por la civilización que se niega a dejarse domesticar, que hagan los juncales islas en mitad del agua y crucen los patos desde los jardines urbanos al río para convertirse en silvestres.

Después, 77 kilómetros más abajo de Pajares, inunda el Esla con sus aguas tras encontrarse con el Torío, que nace en las fuentes del Puerto de Piedrafita y se hace río con las aguas del Valverdín, llega helado al coto de pesca de Felmín, se convierte en paraíso paisajístico en las Hoces de Vegacervera, y se precipita durante 63 kilómetros abriendo su ribera hasta llegar a la ciudad, excavando las cárcavas, dando entidad de paisaje a La Candamia, hundiéndose hasta llegar al castro en el que Roma levantó su vicus, la ciudad donde vivían las familias de los legionarios, pasando bajo un puente histórico que es paso de peregrinos donde León se llama Puente Castro, regando chopos en la orilla y cipreses en el camposanto para morir, sólo de nombre, en un triángulo de tierra y agua, territorio natural que se mantiene indómito. A simple vista. Ahí al lado. El lugar donde la ciudad ha dejado olvidado a sus ríos. Para fortuna de la naturaleza.



Sobre estas líneas, el Bernesga a su paso por León, muy urbanizado, y el Torío cruzando Puente Castro, menos intervenido. JESÚS F. SALVADORES

 

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