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«El mejor vino, el que a uno le va»

Casto Pequeño Borrego
Bodegas Casto Pequeño


«¿Cuál es el mejor vino? El que le va a cada uno». La pregunta y la respuesta las hace Casto Pequeño. «El vino tiene que tener un precio y una calidad y ésta no la marcan las deós. Hay mucho fanatismo en el vino». Lo dice quien lleva haciendo y vendiendo, «no vino, sino vinos», desde 1946.

 

Casto Pequeño,en el laboratorio desde el que se pueda ver casi toda la bodega. - B. fernández

Rafael Blanco
18/10/2013

Casto Pequeño presume de ser el enólogo español de mayor edad todavía en ejercicio. A sus casi 95 años —nació en 1919 y terminó enología en Requena en 1945, con García Tena y Pascual Carrión— sigue subiendo a la bodega, hasta hace dos meses incluso a diario, pero ahora le fallan las ruedas (las piernas). Allí hace preservar el orden de las cosas y la más absoluta limpieza de unas instalaciones con capacidad para almacenar dos millones de litros, prueba vinos, repasa su propia agenda telefónica y lleva, de su puño y letra, una minuciosa contabilidad paralela. Sus anotaciones y su palabra son «contrato de por vida». Y también desarrolla teorías sobre el vino en una ordenada y extensa conversación con extraordinaria precisión de fechas, números, lugares, nombres y apellidos.

«El del vino es un mercado muy borracho. Se mueve bajo la idea de que si un vino es caro es bueno. Y no es así. El vino tiene que tener una calidad y un precio razonables», argumenta para acusar a la hostelería de encarecerlo «injustamente» y de hacerlo inaccesible para el consumidor, y éste de dejarse llevar: «Hay mucho fanatismo. El mejor vino es el que a uno le gusta, el que le va a cada uno. La gente no sabe apreciar la calidad, se deja llevar por la etiqueta... Lo que importa es el vino en sí mismo, no la marca ni la denominación de origen. Las deós no aportan nada, condicionan...».

Nostálgico de otros tiempos de la viña y el vino, recuerda que «Valderas era un vergel y hoy es una pena. La viña estaba muy repartida y todo el mundo tenía su cuevita y elaboraba cantidades pequeñas, para el gasto, pero con mucho esmero. Luego llegó el boom de las cooperativas y más tarde la caída, hasta dieciséis cerraron en la zona. Se perdió la ilusión, se abandonaron las viñas... Nosotros aprovechamos ese momento para crecer. Ahora se retoma el interés y se replanta y moderniza el viñedo. Y yo creo que ya estamos en condiciones de competir con cualquiera».

Lo dice alguien a quien el vino llevó por medio mundo —Chile, Argentina, California, Australia, Alemania, Francia, Italia...—, que conoció el sector no sólo comprándolo y vendiéndolo, sino instalando bodegas e importando maquinaria, y alguien que ha exprimido la experiencia vital como quien estruja una uva: «La vida te enseña... No es que uno sepa más, son los años».

Seleccionando, comprando y en algunos casos también embotellando vino, mueve casi medio millón de botellas al año —exporta el 40% a veinte países— en líneas de vino de mesa, de la Tierra de Castilla y León y de las denominaciones de origen Rueda, Toro y Ribera de Duero. «Tenemos la enorme ventaja de que seleccionamos la más alta calidad en función de la añada y la geografía. No nos ata nada».

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